El virus que mata

"Quitémonos el sombrero frente a la vida y la muerte"

Por: Guillermo Pérez La Rotta
abril 02, 2020
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El virus que mata
Foto: Pixabay

"La muerte es grande. Somos los suyos de riente boca" (Rainer María Rilke).

La muerte es una gran señora a la que los humanos tememos y que llevamos adentro por el simple hecho de existir. Tiene múltiples formas desde la naturaleza y su ley, pero los humanos bajo delirante libertad la ejercemos día a día, a pesar del viejo mandamiento de no matar. Ahora que recorre el planeta bajo la forma de un virus que la naturaleza creó, genera en los humanos un miedo que a su vez tiene múltiples formas, y por supuesto, la ciencia lucha contra la enfermedad, de la cual por ahora no existe vacuna. Ya compiten los países del primer mundo por el antídoto, con cierta avidez política y económica. Admiramos la ciencia que, por su conocimiento de la naturaleza, nos ha permitido dominarla, según dicen algunos; y yo digo, que esa ciencia crea ventajas asombrosas, y algo soberbias, lo cual se advierte cuando volvemos y miramos cara a cara a natura.

Hermosa y terrible la naturaleza. Contradictoria como un demonio, según pensaba Goethe, o racional, como muchos creen, porque desentrañan sus misterios. Para bien de la humanidad, decimos. Y para mal, digo yo. Esa es la contradicción inherente a nuestra libertad. Y no basta para resolverla tener un Dios, y confiar en las religiones, porque los hombres matan a nombre de Dios desde siempre. Y el mal y el bien se vuelven relativos en la historia. Aunque reconocemos que hay valores universales. Pero también, que siempre están en juego, como en un golpe de dados. Basta con mirar nuestro propio acontecer actual y lo veremos, sobre todo cuando advertimos las jugadas del poder, en cualquier rincón del planeta, iguales a las de antaño. Solo que aún más letales, por gracia de la ciencia.

La muerte es una gran señora, y la ciencia le ha hecho buenas jugadas para demorarla. La muerte la ofrece natura pero también la imponen los humanos. Por eso, digo que ahora, cuando natura produjo el virus, cunde el pánico, y también frases soberbias, sí, como “Vamos a derrotar a ese enemigo”, “La humanidad tiene un gran desafío, pero vamos a triunfar” —después de los miles de muertos, claro está—.

Transportando quizás a los enemigos humanos hacia el plano de la naturaleza. Pero ella no es un enemigo. Ella simplemente actúa, y nos trajo hasta aquí. Orgullosos, egoístas, ávidos de dinero y poder, cada vez más desprendidos, en apariencia, de ella. Y cuando nos abraza total y plena con la muerte, entonces corremos a nuestras casas a resguardarnos. En otra época llegaba la plaga, la peste, el cólera o la viruela y los humanos morían por millones, sabiendo sencillamente que era una ley terrible, sombría, y había algo de resignación. Y hasta cierta sabiduría de eros, como ocurre en los cuentos del Decamerón, creados en la Italia que hoy sufre impotente. Ahora, creemos que podemos dominar a la naturaleza hasta el infinito. Y algo de ello es verdad. Pero miren no más, que la naturaleza vuelve y nos recuerda nuestra enorme fragilidad, en medio del don maravilloso que brinda.

Pero entonces, si ponemos en perspectiva a la muerte, yo recuerdo hoy que la humanidad toda, y las organizaciones que la representan para actuar, deberíamos reconocer, como poniendo un poco en la balanza, toda la muerte que entregamos día a día. Pues, cuando se enseñorea bajo las balas o los cañones, los humanos ni pestañeamos cuando vemos la noticia que sale en la red o la televisión. No pestañeamos cuando un dictador de Turquía chantajea a Europa, abriendo su frontera para que quede atrapada la gente entre ese país y Grecia. Y Europa, el llamado primer mundo, es impotente. Miseria que viene de otro dictador de Siria, respaldado por otro dictador de Rusia y un gobierno autoritario de Irán. Todos ellos responsables, junto con las fanáticos islamistas, de la muerte de millones de seres. Y el virus solo ha matado, por misterio de natura, solo a diez mil.

Igual ocurre, dependiendo para donde miremos en los cuatro puntos cardinales de este planeta. Porque el señor Trump no es la excepción, y logró separar a miles de niños centroamericanos de su padres en esa frontera infernal del primer mundo. Y es tan racista y nacionalista, como cualquier dictador de antaño, y con soberbia sale de su boca torcida hacia abajo, con su boca de desprecio, que la vacuna contra el virus debe ser para ellos, o que ellos la van a sintetizar primero. Pero ni remotamente piensa en la humanidad. Esa humanidad cosmopolita que soñaba Kant, y que doscientos años después en alguna medida lo es, pero que globaliza también, junto con los bienes materiales y espirituales —con gran desigualdad, naturalmente—, el mal soberano, la muerte soberana.

Otra reflexión que surge ahora es que debemos parar la producción y el mercadeo de bienes, personas y servicios en un grado sumo, para contener al virus, para bajar el número de muertos. Eso sí nos frena, pero no las quemas de los bosques, ni la inexorable contaminación de la casa que es el planeta, porque la humanidad hace mucho que se cree soberana, con la ciencia a la cabeza y el poder que la aprovecha. Ha perdido todo respeto por la naturaleza que es el alfa y omega. No puede sino producir, consumir y ganar dinero, a costa de cualquier precio, a costa del hambre y la miseria de millones. Creo que en muchos sentidos, hemos perdido la dignidad. ¡Y somos tan contradictorios, fanáticos descarriados!

Recordemos hoy que la civilización está en peligro debido a una crisis de proporciones enormes, y que el virus no es sino un signo de ello, no porque ese animal lo quiera decir desde algún sentido divino y a la vez castigador; sino porque nos pone en la cara, otra vez, el destino de la vida unida a la muerte, y el misterio de ser y existir en este planeta perdido en la absoluta inmensidad del universo. Hemos perdido todo sentido de lo sagrado. Y de mil formas, despreciamos la vida, desde nuestra conciencia y nuestro poder racionalista, capitalista. Matamos tiburones para comer sus aletas.

Quemamos millones de hectáreas de la Amazonia, y nos reímos con cinismo de ello, pues hemos de sembrar soya o poner miles de vacas allí. Y entonces sale un siniestro señor a decir que nosotros los brasileros tenemos derecho al desarrollo económico. Y los japoneses siguen matando ballenas, dizque para la investigación científica. Un día sacarán petróleo del polo norte. Y el señor Duque nos quiere imponer al fracking y la mina en Saturbán. Y así, por todo el planeta. Miremos otra vez al microbio. Y reconozcamos, con la conciencia humana, que hay que ofrendar a la vida sagrada, y a la muerte, sagrada. Quitémonos el sombrero frente a la vida y la muerte. Y abramos nuestro corazón e inteligencia a conservar la vida, hasta donde podamos, antes de que llegue la muerte natural y su inexorable ley.

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