Opinión

El títere rey

Tendrá que demostrar Duque -en campaña y un eventual gobierno- su autonomía plasmada en la soberanía de sus decisiones, y que pondrá a Uribe en su lugar cuando trate de manipularlo

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Mayo 29, 2018
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El títere rey
Por lo pronto bastaría que el candidato, definiera y aclarara, de una vez por todas, su posición frente al proceso de paz

“…eres una marioneta y eso es aún peor,
porque tienes la cabeza de madera”
Las Aventuras de Pinocho
Carlo Collodi

 

 

 

Mientras contemplaba con fascinación un cerezo resplandeciente de primavera, el viejo Kikuhiko esperaba con ansías la visita de su más querido pariente. No obstante, un hiriente y agudo temor lo calcinaba: no poder recordar quién era su nieto; varias veces había olvidado el color de su pelo, el sonido de su sonrisa e incluso llegó a balbucear su nombre para ocultar un eclipse de su memoria. Su miedo no era fortuito, una tarde llegó a confundirlo con su hermano menor, fallecido décadas atrás en una tenaz e inservible guerra. Por eso, cuando lo vio entrar -y pudo reconocerlo- una amplia sonrisa se abrió paso triunfal en su rostro. El niño de once años lo miraba con curiosidad desde el umbral de la puerta, y sin perder el tiempo -pero sometido a cierta interrogación- saludó a su abuelo. Sin embargo, algo en la escena no encajaba. Ese niño alegre y afectuoso, que abrazaba a Kikuhiko no era su nieto, era un actor contratado por sus familiares para suplir la carga, cada vez más onerosa -y fastidiosa- de tener que visitar al viejo. Kikuhiko lo supo desde siempre y desde siempre estuvo agradecido. Años después, en paz y convencido del amor de su familia, fallecería.

Hace más de veinticinco años Japón detectó un grave problema social que se avecinaba: en el futuro nadie podría -dadas las bajas tasas de crecimiento demográfico-  cuidar de los viejos. En ese momento, los expertos japoneses decidieron darle una solución milenaria al trágico porvenir que anunciaba ancianos llagados de soledad y descuido: dotar de humanidad a las cosas inanimadas. Soplar de vida a lo inerte. En otras palabras, diseñar, desarrollar y construir robots para cumplir la labor -a todas luces humana- de cuidar, escuchar y proteger a sus viejos. Hoy en día son varias las alternativas a disposición del público en el mercado. Los ancianos japoneses -igual que hacía Kikuhiko con el actor- agradecen y aplauden la iniciativa. Sin embargo, algo parece estar equivocado.

La fascinación del hombre por encontrar sus propios rasgos y emociones en los objetos es ancestral. Ya en la antigua Grecia se relataba el mito de Pigmalión, el rey que indispuesto ante la presencia -y permanencia- del imperfecto amor humano, decide crear una bella escultura de la cual se enamora y quien se convertiría, gracias a la intervención de Afrodita, en Galatea su esposa de carne y hueso. Incluso desde nuestra niñez, nos cuentan, una y otra vez, la historia del viejo Gepetto, carpintero de peluca inquieta, que convierte a un pedazo de madera parlanchina en la cura para su indecible soledad: el caprichoso y egoísta Pinocho que varias veces hace llorar a su padre putativo convirtiéndose en un gran ejemplo de los contratiempos -posibles- de la celebrada inteligencia artificial.

No obstante, el gran riesgo de hacer humano lo inanimado reposa en la incapacidad mísera del objeto de serlo a plenitud. Un objeto es imposible de recrear la experiencia humana del contacto y la interacción, y mucho menos es capaz de enseñarnos empatía y humanidad verdadera. La profesora del M.I.T Sherry Turkle  (sobre quien también escribí en la columna pasada), afirma que el inminente peligro de dotar de humanidad al objeto (robot o trozo de madera) significa -e implica- vivir experiencias emocionales precarias y mediocres. Un objeto, por más sofisticado que sea no podrá equipararse -por ahora- a una persona; solo será una versión simulada, un remedo de realidad, una actuación más. Subraya la disciplinada y brillante Turkle que este profundo apetito por la interacción con objetos revela en quien lo ejerce un notorio sentido de egoísmo y una personalidad narcisa y posesiva. Parece obvio: un objeto, sea cual sea, jamás nos rechazará, jamás nos llevará la contraria o abandonará, y nos concederá, sin reparos, la condición de maestros absolutos de su proceder y porvenir.

De lo anterior pareciera necesario concluir que si existe un rasgo favorable para calificar la humanidad como tal, es la autonomía que cada quien despliega y su propia voluntad de ser y mantenerse soberano.

 

 

En varios escenarios, se le ha tildado de marioneta del expresidente
quien -de nuevo- cegado por su patológica ansía de poder
ha puesto a un ser inanimado bajo su entera tutela y control: un títere rey.

 

 

En las últimas semanas, y seguramente en las venideras, se ha acusado -y acusará- al candidato Iván Duque (hoy ya en segunda vuelta y con amplias opciones de triunfar) de títere del siniestro Álvaro Uribe Vélez. Su inexperiencia en cargos públicos, así como su falta de resonancia en nuestra historia reciente lo han hecho blanco de críticas y cuestionamientos. En varios escenarios, se le ha tildado de marioneta del expresidente quien -de nuevo- cegado por su patológica ansía de poder ha puesto a un ser inanimado bajo su entera tutela y control: un títere rey.

Tendrá que demostrar el candidato Duque, en lo que queda de campaña -y si es el caso en su gobierno- que valora, y proyecta, su condición humana a partir del ejercicio pleno y satisfactorio de su autonomía, plasmada en la soberanía de sus decisiones, y que sabrá poner en su lugar a Uribe cuando éste trate de manipularlo a su favor. Si Duque encarna un gobernante, cuando así lo disponga y crea conveniente, deberá oponerse al exmandatario y hacerlo a un lado. Por lo pronto me bastaría que el candidato, definiera y aclarara, de una vez por todas, su posición frente al proceso de paz y su deber constitucional de honrar lo pactado. De lo contrario, desde hoy debe hacerse responsable -en el ejercicio de esa misma autonomía- de las muertes que cause un recrudecimiento del conflicto por la desintegración del acuerdo, a sabiendas de que el sospechoso titiritero es conocido por jamás asumir las consecuencias de sus actos.

@CamiloFidel

 

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