Comienza 2026 y nos encontramos, una vez más, en el umbral del tiempo. No es un umbral abstracto: el panorama se dibuja en nuestras ciudades que se expanden con desigualdad, en los territorios rurales heridos por las violencias, en los cuerpos cansados de multitudes que sostienen la vida cotidiana, en comunidades que resisten mientras buscan formas más justas de vivir. Todo ello gobernado por economías extractivistas, lógicas violentas de acumulación, sagas de guerra y exclusión. En este presente inquieto, mirar atrás es reconocer los restos, las rupturas, los aprendizajes y las huellas que hemos dejado y que también nos habitan.
La sensación de punto de inflexión no es solo una idea filosófica. Se manifiesta en ríos que se agotan, montañas intervenidas, barrios fragmentados, economías precarias, desplazamientos forzados, violencias que mutan sin desaparecer, instituciones que no funcionan. Las viejas certezas del progreso lineal se han resquebrajado porque dejaron demasiadas vidas y territorios a la intemperie. También se fractura la fábula antropocéntrica: no somos el centro ni la medida del mundo. Somos una forma de vida entre muchas otras, y nuestras maneras de habitar han tensado los equilibrios de las que coexisten con nosotros.
Habitar, hoy, implica preguntarnos por las consecuencias de esas diversas formas de vida. No basta con contemplar el tiempo que pasa: podemos explorar cambios en el habitar, abrir la pregunta por otros ritmos, otras relaciones, otras economías del cuidado y del vínculo, otras formas de convivir. El gesto inicial quizá consista en mirar de frente lo que evitamos o descuidamos ver: las pérdidas irreparables, los vínculos rotos, los territorios despojados, pero también las semillas de esperanza que siguen insistiendo en medio del daño.
No basta con contemplar el tiempo que pasa: podemos explorar cambios en el habitar
En ese horizonte parece plausible recordar que explorar nuevas formas de habitar no significa solo cambiar palabras o narraciones íntimas; significa ensayar otras prácticas de mundo: relaciones más sobrias con la tierra y con los ecosistemas, solidaridades que se tejen desde abajo, comunidades que se organizan para defender los bienes comunes, instituciones que exorcizan el autoritarismo; formas de vida que no reproduzcan la violencia como precio del desarrollo.
En Colombia - país de heridas abiertas y de persistencias colectivas -, habitar hoy es hacerlo entre contrastes: entre ciudades que crecen hacia arriba y periferias que sobreviven desde la escasez; entre promesas de paz que avanzan lentamente y comunidades sufrientes de las violencias que siguen sosteniendo la esperanza con su trabajo silencioso; entre el despojo y el regreso al territorio; entre la fractura y la reconstrucción paciente de la vida común.
En este filo del tiempo conviven lo que se apaga y lo que nace. No todo renace - algunas pérdidas no vuelven -, pero aun así emergen gestos de cuidado, organización, comunicación y memoria que muestran que otros modos de habitar son posibles. Esas expresiones nos muestran caminos alternativos: tal vez una posibilidad, aquí y ahora, no sea solo buscar sentido particular de existencia, entre viejas convenciones y formas de estar en el mundo, sino reconocernos en un nosotros más amplio, para impulsar los propios cambios del habitar que cuidan la vida, los territorios y la dignidad compartida.
Si hay una huella que valga la pena dejar, quizá sea aquella que no pretende dominar el tiempo, sino aprender a vivirlo con responsabilidad, creatividad y sentido de mundo en común.
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