El terrorista moderno

El día del atentado despertó sin sobresaltos, permaneció un buen rato en la cama pereceando, exhalando bostezos y con ganas de pronto volver a su lejana morada...

Por: Víctor Rojas
enero 24, 2019
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El terrorista moderno
Foto: Pixabay

Lo primero que hizo para llevar a cabo sus diabólicos planes fue entregarse a la lectura de ficciones. Necesitaba con urgencia saber cómo regresar del más allá, lugar donde llevaba viviendo desde la infortunada tarde en que las autoridades lo habían dado de baja en un enfrentamiento que él mismo consideró desventajoso. Si al menos en esa ocasión hubiera tenido las dos manos para responder a los disparos, pero no. Aún le estaba cicatrizando el sobaco derecho después de que sus compañeros de causa le habían tenido que cercenar de raíz el brazo. Eso por haberse descuidado al manipular una barra de explosivo cuyo nombre no sabía pronunciar. El caso es que esa tarde los balazos en su cuerpo lo mandaron a vivir a la sombría ultratumba y de allí un espíritu sanguinario lo conminó a regresar.

Se entregó a la lectura de relatos literarios cuando alguien del más allá le recomendó que estudiara a los escritores de la Ultima Thule, pues en ellos encontraría las artimañas que lo devolverían al mundo de los vivientes. Ese alguien le hizo énfasis en que ojeara la saga de Angantyr, un guerrero nórdico que resucita para entregarse a proferir mentiras entre sus dolientes. Y si esa saga no le bastaba, debería entonces examinar con calma la obra de la sueca Selma Lagerlöf, especialista en describir el regreso de muertos que quieren ejecutar venganzas. Le habló también de algunos escritores latinos del trópico. Se refirió en concreto al creador de los difuntos que conspiran en Comala y al carioca que concibió a Vadinho, el bohemio aquel que muere en carnaval pero que después de pasar aburrido un buen tiempo en ultratumba regresa para mitigar la libido de su bella mujer.

Fue así, después de consagradas lecturas, que encontró el secreto de cómo regresar del más allá. Al hacerlo no quiso adquirir una figura diferente a la que tenía cuando lo mataron. Regresó sin el brazo que ya había perdido, pero con la firme decisión de aprender a conducir autos con cajas de cambios manuales. Se inscribió en una escuela de automovilismo, aunque ya sabía manejar. La verdad es que ahora quería que sus actos terroristas estuvieran dentro del marco de la ley. Consideraba ruin, antiestético y cobarde maniobrar un carro bomba sin licencia de conducir. Frunció el ceño cuando recibió el pase de manejar. En las restricciones del conductor había omitido escribir que manejaba solo con el brazo izquierdo.

Paso seguido se dio a otear periódicos donde se anunciaba la venta de coches usados. Compró una camioneta en muy buen estado. Sin embargo, tan pronto como se la entregaron la llevó al taller para que le hicieran mantenimiento mecánico. Eso antes de llevarla a los controles de movilidad obligatorios y de haber pagado el seguro contra accidentes imprevistos. Quería que todo estuviera en orden y de acuerdo a las disposiciones policiales. Reconsideró que un terrorista moderno no roba autos para cometer sangrientas diabluras. Después de lavar y lustrar con detenimiento la camioneta, se entregó a cargarla con ochenta kilos de materia explosiva, de esa cuyo nombre no sabía pronunciar. Al incorporarle el dispositivo de accionar estuvo a punto de volar en mil añicos, pero no, porque los muertos solo mueren una vez en la vida.

Cuando todo lo concerniente al vehículo estuvo en regla, se dedicó a poner en orden sus propios documentos de identificación. Estaba convencido que el supremo deber de un terrorista moderno es el facilitarle a fiscales y policías que descubran con celeridad quién es el salvaje autor del abominable suceso. Era consciente de que su nombre estaba en el registro rojo de inteligencia del Estado, en calidad de subversivo peligroso, y que por equivocación a cualquier momento lo podrían detener. Así que, en una billetera nueva guardó su cédula de ciudadanía después de haberla limpiado con vaho de su boca. También guardó el pase de conducir, nuevo, limpio, brillante. Una tarjeta de crédito, que nunca había usado, y el carnet del servicio médico.

Al despuntar el día en que llevó a cabo el atentado, despertó sin sobresaltos. Permaneció un buen rato en la cama pereceando, exhalando bostezos y con ganas de pronto volver a su lejana morada. Se conmovió al escuchar los sonidos del campo. El canto de un gallo a lo lejos, la resonancia del viento en la copa de los árboles y ese continuo murmullo del riachuelo que cruzaba a un lado de su casona. Desayunó con una taza de café ralo y dos huevos cocidos que había preparado en la noche. No mostró ningún afán a pesar de que sentía que los minutos corrían inexorables y que la distancia que lo separaba del citadino lugar donde haría explotar la camioneta era enorme.

Se hizo a la carretera, pedregosa y polvorienta. Nada de pánico sufrió con el vaivén del vehículo sobre los baches del camino. Tres horas más tarde, en el preciso instante en que entró a la autopista, sintió ganas de fumar a pesar de que había dejado de comprar cigarrillos desde hacía por lo menos tres lustros. Cuando estaba asomándose al lugar de su cruel objetivo supo que llegaría una hora tarde. Pero no se inmutó, había aprendido que un terrorista moderno no se preocupa por el tiempo. Lo asistió, eso sí, durante unos instantes el síndrome del cobarde. En esas entró de sopapo en lo que consideraba el sitio donde debería hacer estallar el carro bomba. Y así sucedió. Lo último que escuchó fue el insignificante ruido que se hace cuando se espicha un botón. Ahora de nuevo se encuentra en su nebulosa comarca, a la espera de que algún sanguinario del mundo de los vivientes lo vuelva a llamar.

 

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