El superhéroe de mi casa

'Hoy mi viejo, que ya pasa de los 70 años, sigue siendo mi superhéroe de verdad'

Por: Nelson Cárdenas
junio 19, 2016
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El superhéroe de mi casa

El mundo de los niños es un mundo distinto al de los grandes. Desde la perspectiva de quien se inicia en la vida, las cosas se juzgan por el tamaño descomunal que posee el universo cotidiano de las cosas hechas para seres que son tres veces más grandes. Un angosto zaguán es un campo de fútbol, una roca grande es una montaña, las tareas de matemáticas la piedra de Rosseta, la profesora de Religión era Torquemada.

Para mí, por ejemplo, mi papá era mi superhéroe particular. Desde mi punto de vista, mi viejo todo lo podía, todo lo sabía. Sus palabras eran destinos fijos en mi vida. Si algo decía era que porque así era, porque así sucedería. No lograba distinguir bien entre sus fantasías y su decisiones serias, tanto así que cuando una vez dijo que construiríamos una piscina en el solar, como salía en los programas de la televisión, y ni corto ni perezoso intenté con un cincel romper el piso encementado del lugar que creí conveniente para ello. Mi abuela, que no era muy dada a los sueños, me explicó la diferencia bien clarito con un pellizco.

Mi viejo, que era zapatero, tenía como muchos hombres de entonces, afición por las manualidades, por construir con las manos. Aparte de nuestros primeros zapatos, hizo para mi hermano y para mi morrales de colegio, juguetes de madera y nos ponía en el mundo. En la primera foto que tengo montado en una bicicleta hay un palo ajustado por atrás del sillín, que él adaptó para poder sostenernos mientras aprendíamos. Lo recuerdo inflando el flotador de plástico rojo y blanco con el que íbamos a la quebrada, enseñándonos a atar los cordones de los guayos y enseñándonos a patear la pelota a la manera  de sus futbolistas preferidos, Garrincha y Pelé.

Trepado en la barda que separaba la casa nuestra de la de la abuela también lo vi moviendo la antena de la televisión para poder coger bien la señal para que pudiéramos ver a Pacheco en Animalandia, o cambiando la susodicha antena por otra diferente cuando llegó la televisión a color, o caminando con mucho cuidado por el techo para cambiar alguna teja rota que hacía gotera en la casa.

El hombre que podía abrir cualquier frasco, que reparaba cualquier aparato, el que me ponía en su piernas para jugar al caballito y levantarme por el aire, el que me dejó coger el volante del carro del que era conductor, el que me decía que hoy me había portado mal y anotaba ese día con negro en un almanaque, el que una sola vez me dio con esa chancleta que me faltó para reprenderme, el que salía por las mañanas en su bicicleta y jugaba al futbol, el que era solidario pero que también sabía decir que no, el que peleaba con mi mamá pero que también la tomaba de la cintura para darle besos, ese era mi papá, mi superhéroe.

Con el tiempo uno va creciendo y el cambio de tamaño trae también los cambios de perspectivas y para cuando uno tiene la altura de sus superhéroes o los sobrepasa, con la soberbia boba de los adolescentes tiene uno de dónde cuestionar a sus padres, levantando el dedo para señalar a su superhéroe, no por incapacidad sino por negligencia y rompe con ellos un poco. En mi caso particular ese señalamiento fue dramático y me puso distante de él por muchos años.

La muerte temprana de mi vieja que cogió camino saltando de un puente revolcó la estructura familiar hasta sus cimientos y las acusaciones dichas y calladas pusieron todo patas arriba, poniendo entre nosotros, entre mi viejo y yo una distancia que solo se recuperó cuando yo fui él, cuando yo fui papá de una chuequita (así les decimos en Santander cariñosamente a los niños. Ahí juzgarán ustedes lo que nosotros llamamos cariño). Cuando la sostuve en mis brazos y me enseño ella sin saberlo qué era el amor, supe también que si mi papá me quería una décima parte de lo que yo podía escuchar dentro mío, ese hombre me quería el universo entero. Pero aún me faltaban lecciones.

Recuerdo con especial certeza la aparición de pelos blancos en su pecho y los relaciono, vaya usted a saber por qué, con la carátula de un disco de Julio Iglesias, del cuál mi viejo era muy gustoso. Un día, cerca de “mis 33 años”, como se llamaba ese LP del azucarado hispano, aparecieron en el mío, en mi pecho, los primeros pelos blancos. Tuve entonces la certeza de que era, ahora sí por completo, mi viejo. Y con desazón y emoción profunda, descubrí que, con canas en el pecho, una hija ya corriendo por ahí y un divorcio en la espalda, no tenía ni puta idea de qué hacer con la vida. No sabía cuál era el camino a tomar, si una decisión u otra eran las correctas, si estaba queriendo o traicionando. Y me enteré entonces que mi papá tampoco sabía nada entonces y que uno no sabe nada nunca con certeza. Y que con todo y todo, los viejos toman decisiones y se apañan con sus cagadones o sus pequeños triunfos y ponen la cara alegre aunque les muerda el corazón por dentro, para amortiguarle los golpes a los hijos.

El Supermán reluciente de mi infancia adquirió un poco entonces la dimensión de un Chapulín Colorado, que aunque nada lo puede se anima y va. Un verdadero superhéroe carente de cualquier superpoder, pero consciente de lo que se espera de él, se pone su capa de bayetilla y va. Muerto del susto, pero sonriente para sus hijos.

Hoy mi viejo, que ya pasa de los 70 años, sigue siendo un refugio de humanidad tranquila. Sigue saliendo en su bicicleta casi a diario y aún se anima a hacer arreglos en su casa. Una amiga me contó que lo vio un domingo barriendo la entrada de su negocio, que aún atiende. Ya no tiene que hacerse el fuerte y se deja abrazar y aprendió a decir “lo quiero mucho” y a decirle a sus nietas que las extraña. Juega como jugó con nosotros y nos sigue enseñando a ser personas y a recibir la vida como venga, si tanto aspaviento y con gratitud. Y por eso, con lágrimas alegres por decirlo, sigue siendo mi superhéroe de verdad.

@NelsonCardena

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