El suicidio de Andrés Caicedo, 43 años después

Estas fueron las horas finales previas a tomarse las 60 pepas de Seconal y la carta con la que le anunció a su mamá, 2 años antes, su decisión de quitarse la vida

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marzo 04, 2020
El suicidio de Andrés Caicedo, 43 años después

Se sabe que el día anterior recibió una caja de libros de Colcultura con la primera edición de ¡Que viva la Música! Se sabe que al otro día fue a almorzar a la casa de nuestros padres, que les mostró el libro, que les pidió, después del almuerzo, que lo bajaran a la Avenida Sexta para regresar al apartamento del edificio donde vivía.  Se sabe que mi madre lo besó y le dijo: “Vente a pasar sábado y domingo con nosotros”. Se sabe que nunca más hubo un sábado y domingo para Andrés Caicedo. Se dice que mucha gente lo vio caminando por la Avenida Sexta, apresurado, como siempre. De arriba a abajo, de izquierda a derecha… se sabe que entró a su apartamento. Se sabe que se sentó a escribir dos largas cartas: una a su novia Patricia Restrepo, otra a su amigo epistolar, el crítico de cine español Miguel Marías.

4 de marzo de 1977. Lo último que el escritor escribe son dos cartas.

Se sabe que la carta a Miguel Marías todavía estaba en el rodillo de su máquina de escribir cuando mi padre llegó a ver a su hijo muerto. Se sabe que Carlos Alberto Caicedo la removió de la máquina y a los pocos días se la envió al destinatario anunciándole la muerte del amigo entrañable que nunca conoció. Sé que cuando finalmente me encontré cara a cara con Miguel Marías 41 años después de estos acontecimientos, él me dijo: “no nos conocíamos, pero nos conocíamos muy bien”, y del bolsillo sacó dos cartas escritas por el amigo epistolar y galantemente me las obsequió. Cartas y más cartas. Se sabe, se comprueba, que amaba escribir cartas. Se sabe, se comprueba, que hacía copias de ellas, Se sabe, se comprueba, que las deseaba publicar algún día. Así le escribió a su amado amigo Jaime Manrique.

Se sabe que ese día, cuatro de marzo, se tomó 60 seconales. Uno tras otro. Se sabe que se sentó en su escritorio y que dijo algo así como “que no se me vaya a reventar la cabeza”, y esa, su cabeza, intacta, cayó sobre su fiel máquina de escribir. Un escritor muerto sobre palabras recién escritas. La tinta fresca. La muerte fresca, inmediata.

Se sabe que quien llegó primero, completamente sola, fue mi madre. A ver, a cargar al hijo muerto. En tardes tropicales y en noches de invierno, sus palabras: como lo movió del escritorio a la cama, como le cerró los ojos, como le acarició el pelo. Como le habló hasta que llegó la ambulancia. La voz de la madre 43 años después. La madre a la que Andrés Caicedo le escribe la carta de “suicidio” que aparece aquí. Una carta escrita a mano, en 1975, dos años antes de su verdadero suicidio. El hijo le deja saber a su madre sus planes y sus razones. Se sabe que la madre guardó el original. Se sabe también que la madre le respondió al hijo. Se sabe que esas dos cartas originales existieron. Se sabe también que ya no existen. Ni la original del hijo, ni la original de la madre. Desaparecidas. Se sabe que no se sabe porque se desaparecieron.

Se sabe que hace muchos años, cuando se conoció la carta del suicidio que no fue suicidio, se hizo una copia. Se sabe que apareció por primera vez en Mi cuerpo es una celda, de Alberto Fuguet (Norma, 2008). Gracias a esa copia la carta se conoce, se lee, se oye en el documental Todo comenzó por el fin, de Luis Ospina. La carta con el original desaparecido rueda y rueda en librerías, en bibliotecas, en salas de cine.  Aquí está, de nuevo. Para recordar este 4 de marzo del 2020 al autor de estas trágicas y elocuentes palabras. El mismo año cuando muy pronto saldrá el libro Correspondencia, publicado por Editorial Planeta, que incluye cartas como esta.

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