El sospechoso bipolarismo de Duque

"Me temo que con eso el presidente solo escondía un desalmado y codicioso plan para acorralar a la nueva pobrecia colombiana entre el miedo y el hambre"

Por: omar orlando tovar troches
mayo 20, 2020
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El sospechoso bipolarismo de Duque
Foto: Presidencia

Antes de seguir, y ante un muy probable pero asombroso proceso involutivo de una buena parte de la desesperada sociedad, es preciso acudir a las obvias aclaraciones.

El término bipolarismo, según el portal de la Clínica de Mayo, se refiere a una afección mental relacionada con el trastorno bipolar, antes denominado depresión maníaca, que "es una enfermedad mental que causa cambios extremos en el estado de ánimo que comprenden altos emocionales (manía o hipomanía) y bajos emocionales (depresión)”.

Siguiendo con las necesarias obviedades, se le recuerda a la escasa clientela lectora que Duque es el apellido del elegido presidente de Colombia, aunque las apariencias y sus actuaciones demuestren lo contrario.

Al momento de escribir estas notas, ya ha obrado efecto, en la sociedad colombiana, la enredada pero muy efectiva estrategia de confundir y dividir, diseñada y llevada a cabo por el equipo a cargo del gobierno nacional, consistente en hacer anuncios apocalípticos sobre la pandemia, retractarse, calmar a la población complaciéndola con exquisitos manejos de los datos locales sobre la pandemia, para luego llamar a la solidaridad la esperanza y nuevamente asestar el golpe con propaganda de terror.

En un principio, con horrorosas proyecciones estadísticas se nos amedrentó y se nos convenció para que nos autoguardáramos y aceptáramos con reverencial temor las recomendaciones de cuarentena inteligente, prescritas por el inteligente equipo de gobierno. A fe que tras ver las horrorosas imágenes de Italia, España y Ecuador, el miedo obligó a cumplir al pie de la palabra el famoso confinamiento.

Tras los justos reclamos de toda, si toda la sociedad colombiana, exigiéndole a Uribe y sus muchachos en el gobierno nacional, unas mínimas garantías económicas para poder cumplir con el encierro, el adusto y a la vez jovial encargado de la presidencia de Colombia, don Duque, empezó con su faceta maniaca o hipomaniaca de alebrestarse y alebrestar a la gente ofreciendo ríos de recursos, ayudas, mercados, auxilios y bonos a los necesitados, que éramos, somos casi todos. Todo un jolgorio de anuncios y decretos presidenciales (ver).

Tan pronto el regocijo por las prontas ayudas corrió por todo el territorio patrio, el segundo país más feliz del mundo relajó su autocuidado y ya no fue tan inteligente en su cuarentena. Algunos otros, la mayoría de los colombianos, los no tan felices, arreciaron en sus reclamos, saliendo a taponar calles y carreteras, en vista de que la muy simbólica bandera roja de sus casas no sirvió para avisar sobre el hambre que se irradiaba y se irradia por un grande número de hogares de colombianos, atrapados entre el miedo y el hambre.

Entre tanto, el adusto y jovial encargado de la presidencia de Colombia seguía haciendo serísimas y hasta enojadas advertencias para aquellos que osaren infringir sus inteligentes mandatos de cuarentena inteligente, mientras se reunía con banqueros y grandes empresarios para evaluar cuánta plata habían dejado de ganar. Sí. No perdida, sino dejada de ganar, por culpa de la irresponsabilidad de esa gleba que ahora desperdiciaba las valiosísimas ayudas en parrandas y bebetas.

Enojado, sumido en un episodio de depresión por la mala fortuna de sus amigos y patrocinadores oficiales, nuevamente se reunió con su inteligente equipo de trabajo para buscar la manera de obligar a los irresponsables fiesteros a abandonar su cómodo encierro, para que retomaran sus emprendimientos callejeros o acudieran presurosos a las oficinas y factorías en beneficio de la gente de bien de este país, sus amigos los banqueros y grandes empresarios. Tomó los datos, sus datos, sobre la pandemia y anunció con orgulloso, pero fingido acento, la proximidad del esperado hecho: el aplanamiento de la curva del contagio, según lo demostraban los datos, sus datos.

Una vez más lanzó serísimas amenazas en contra de los facinerosos indisciplinados que ponían y ponen en riesgo la salud y la vida de la gente de bien. Instó a la parroquia para que continuara con sus oraciones y el cumplimiento de la cuarentena inteligente, en juiciosa espera de los subsidios y las ayudas económicas, advirtiendo nuevamente a viejitos y enfermos con preexistencias sobre el grave riesgo de salir a la calle. A renglón seguido anunció que era necesario abrir la economía. Conminó a no prestar atención a la infundada alharaca de la alcaldesa capitalina y de otros folclóricos mandatarios locales acerca de seguir en cuarentena con cierre de fronteras (ver).

A estas alturas, el colombiano promedio no sabe en qué o en quién creer, está al garete del vertiginoso caudal de información al que está expuesto. Se oyen voces que advierten sobre conjuras internacionales para promover la venta de sospechosas vacunas contra el COVID-19. Se habla de manipulación de la sociedad y de la inmunidad de rebaño (ver). Lo cierto es que entre conspiración y conspiración y entre decreto y decreto, silenciosamente se fueron colando las odiosas propuestas de una reforma laboral y un radical cambio de las reglas del mercado laboral, bajo el sofisma de que todos, ahora sí todos, tiene que poner, pero preferiblemente los trabajadores y los emprendedores callejeros, para reactivar la economía.

Mucho me temo que esa sospechosa bipolaridad de Duque escondía un desalmado y codicioso plan para acorralar a la nueva pobrecia colombiana entre el miedo y el hambre, para llevarla a escoger entre aceptar un nuevo pero desventajosos escenario de reforma laboral, en el que nuevamente las inmensas mayorías, ahora más empobrecidas, deben echar en sus hombros, la carga de la apertura de la economía y el rescate de los amigos del presidente, poniendo en riesgo su salud y su vida o morirse de hambre. Así de inhumanos son estos supuestos bipolares que nos gobiernan.

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