El Rómulo Gallegos 2015: un esteta con rabo de paja que juega con fuego

"Él pregona cánones estéticos, cuando ni siquiera respeta los cánones éticos y violenta el sano principio de la lealtad"

Por: Juan Mario Sánchez Cuervo
abril 19, 2018
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El Rómulo Gallegos 2015: un esteta con rabo de paja que juega con fuego
Foto: Alba Ciudad / Wikimedia

Hace algunos meses el señor Pablo Montoya, el escritor colombiano más laureado en los últimos años (Rómulo Gallegos, 2015; José Donoso, 2016; Casa de las Américas, 2017), publicó un artículo incendiario titulado La novela colombiana actual: canon, marketing y periodismo. Es un ensayo emocional, presuntuoso y presuroso que, como todo lo suyo, deslumbra por la afectación del discurso y lo almibarado de la erudición. Pero, en ese texto subyace la diatriba de un vendedor fracasado, el dolor del resentimiento, el cáncer de la envidia, la costra del encono y lo amargo de la cicuta, que ni siquiera la floritura del estilo y la ampulosidad del lenguaje logra maquillar. Tal parece que a ese señor, entronizado de súbito en el pedestal falso del Olimpo, y ataviado con dos o tres coronas de laurel, la “gloria” se le subió a la cabeza embriagándolo con el vértigo y la obnubilación de un protagonismo exacerbado. De ahí proviene esa altisonancia suya que quiere dictar cátedra sobre lo estético, los cánones del arte, los principios de la literariedad, y de paso, aprovecha para despotricar de sus colegas y acometer contra los escritores que ejercen simultáneamente el periodismo.

Pablo Montoya inaugura algo viejo, porque a la usanza de la “santa” Inquisición, expone al escarnio público un Índice de libros y autores “prohibidos”, que no caben dentro de lo que él concibe desde su lectura sesgada y miope como acto literario. Esa persecución rabiosa cae, en primer lugar, sobre los best sellers de la literatura colombiana de las dos últimas décadas. En su lista negra aparecen autores de mi entraña (y de la entraña de miles de lectores), a los que admiro y respeto, y cuyo pecado capital, para nuestro reciente Rómulo Gallegos, consiste en que venden decenas de miles de libros, y venden precisamente porque sus producciones artísticas son buenas y gozan del beneplácito del pueblo lector. Pablo Montoya se siente un esteta plenipotenciario y dictador de los cánones literarios, pasando de largo ante el canon sine qua non, es decir aquel antiquísimo principio en el que coincidimos tanto ateos como creyentes a la hora de nombrar a Dios: Vox populi, vox Dei, la voz del pueblo es la voz de Dios. Y al lado del pueblo está el factor tiempo, ellos son los justos jueces y a la vez verdugos de toda producción artística. Los premios o reconocimientos obedecen a criterios subjetivos, en cambio, el pueblo no se equivoca y elige a los mejores y a los que ama.

En la descabellada defenestración y en el estrafalario índice de Pablo Montoya figuran libros, que salvo la insensatez no reconocería como magníficas obras literarias: Angosta, de Héctor Abad Faciolince; La luz difícil, de Tomás González; Satanás, de Mario Mendoza; El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, entre otras. De manera muy especial se encarniza con la rubicunda ceguera de un toro de lidia en contra de Héctor Abad Faciolince: para empezar, en su diatriba lo ataca implícita, pero muy claramente, en cuanto al destacado papel que como periodista de amplia trayectoria y prestigio, desempeña el autor Del olvido que seremos en nuestro país. De hecho en su ensayo ve con malos ojos la labor que nuestros periodistas-escritores cumplen a diario desde diferentes espacios. Con tal actitud, desconoce la importancia que tiene en la actualidad la interrelación entre literatura y periodismo: maridaje valioso, porque ha enriquecido las letras y en el que han sobresalido figuras locales e internacionales extraordinarias: Eduardo Zalamea, Gabriel García Márquez, Ernest Hemingway, Albert Camus, Truman Capote, Mario Vargas Llosa, Eduardo Galeano, Rodolfo Walsh, John Reed, Arturo Pérez-Reverte, etc., y el ya mencionado Héctor Abad Faciolince. Es un despropósito sugerir que los escritores-periodistas de nuestro país convierten sus columnas, o espacios en medios masivos de comunicación, en una tribuna glamorosa desde la cual inflan sus egos y “venden” una imagen que los favorece ante la opinión pública. Insinuar algo así es desprestigiar el noble y valiente oficio de los periodistas, y me parece además una actitud obscenamente atrevida y malintencionada.

Siguiendo con el encono de Pablo Montoya hacia Héctor Abad Faciolince, me atrevo a aseverar que si no despotrica Del olvido que seremos (ganas no le faltan), no es porque reconozca el hito que marcó esa novela en Hispanoamérica y en otras partes del mundo, sino porque sabe que si se mete con esa obra maestra ipso facto pasaría de inquisidor a hereje. También me atrevo a asegurar, con justificadas razones, que es la producción literaria más querida por los lectores colombianos en la última década, y si mal no estoy también la más vendida. Ese resquemor suyo hacia Héctor Abad es de vieja data, y nada de raro tiene que se haya originado porque el afamado escritor-periodista no le dio “bombo” desde una de esas tribunas, cuando Pablo Montoya estaba en el limbo literario, y era un total desconocido: en Colombia solo existía un Pablo Montoya, y no era el escritor, sino, para su infortunio, el reconocido automovilista Juan Pablo Montoya. Héctor Abad “vende”, es un brillante periodista, es un buen escritor, los lectores lo eligieron, y para colmo tiene “ángel” y estrella: “las uvas están verdes, dijo la zorra”. Yo también tengo mis más y mis menos con Héctor Abad Faciolince, y lo hice público hace poco, a propósito de un comentario irresponsable y sin fundamentos en su cuenta de Twitter, entre otras cosas porque sumerge sus ñatas en asuntos políticos, lo que no cuadra bien con su estatura literaria. Pero de ahí a desconocer su importancia en las letras hispanoamericanas es miopía malintencionada.

Pablo Montoya cita mefistofélicamente a un profesor universitario quien opinó que Angosta era la Divina Comedia colombiana. Por esa cita, que él acomoda en la desfachatez de su ensayo, se rasga las vestiduras con la pretensión mórbida de ridiculizar una novela destacada en la literatura latinoamericana. Nadie es tan idiota como para malinterpretar las palabras de aquel académico, pues en ningún momento afirma que Angosta es igual de portentosa que la Divina Comedia de Dante Alighieri; la mayoría infiere, en cambio, que hay puntos de encuentro entre una y otra obra, y que ambas son una alegoría. De hecho, en Angosta existen un hotel llamado “La Comedia”, una Virginia (se da el fenómeno de la paronimia con respecto al poeta Virgilio), una Beatriz, y, en esencia, la ciudad Angosta consta de tres niveles, tres castas, tres climas. Es pues una ciudad con sus purgatorios, infiernos y cielos. Suficiente ilustración, salvo que un escritor talentoso, pero obcecado por la envidia, interprete otra cosa.

Como Pablo Montoya no “vende”, acude a una lógica amañada, según la cual la calidad literaria de una novela es inversamente proporcional al número de ejemplares vendidos. De los best sellers colombianos, en su criterio, solo se salva Cien años de soledad de Gabo, pero ni modo que diga otra cosa porque sería escandaloso. Sin embargo, pega el grito en el cielo por el tiraje de un millón de ejemplares de Crónica de una muerte anunciada en el año de 1981: se lo quisiera él, me lo quisiera yo y todo escritor que no practique la falsa modestia farisea ni la doble moral. Hay otra afrenta del Rómulo Gallegos 2015, esta vez para el público: de sus palabras uno deduce que los lectores colombianos se comportan como patéticos oligofrénicos a la hora de comprar un libro. Los lectores no son caballos ciegos e hipnotizados, guiados a la diabla por unos cocheros mezquinos, es decir, las editoriales y los editores a los que él denomina mercaderes de lo literario. Y bueno, en esto último sí le doy toda la razón. Los editores, además, son personajes difíciles, mañosos, calculadores, les encanta que les rindan pleitesía y gozan de unos caprichos ridículos. Yo, que jamás he odiado a nadie, tendría en un editor la oportunidad perfecta para odiar de un modo muy especial. Pero los editores de vez en cuando aciertan, y de qué manera, con autores y obras extraordinarias.

Le tengo una mala noticia a la gula de “gloria” e inmortalidad del señor Pablo Montoya: muchos escritores que recibieron el Rómulo Gallegos pasaron al olvido. Inclusive hay nombres de Premios Nobel del pasado y del presente que hoy pocos recuerdan: Sully Prudhomme, Patrick Modiano, Alice Munro, Mo Yan, Tomas Tranströmer, Herta Müller, Jean-Marie Gustave Le Clezio… Y del otro lado existen autores que jamás tuvieron reconocimiento ni fueron laureados, pero se ganaron el afecto del pueblo lector y se quedarán en nuestra memoria para siempre: Franz Kafka, Henry Miller, Charles Bukowski, Ana Frank... y en nuestro contexto, Eduardo Zalamea, autor de Cuatro años a bordo de mí mismo, novela que marcó un antes y después de la literatura colombiana; y por supuesto, ese joven prodigio llamado Andrés Caicedo.

Pablo Montoya pretende instaurar una nueva-vieja estética, y unos novedosos-arcaicos cánones decimonónicos, una especie de retorno fatal a la rigidez y normatividad del neoclasicismo, o a una refinada época victoriana de la literatura: deambula como una impulsiva y caprichosa reina buscando a quien decapitar, conforme a las reglas de su estrecho y psico-rígido código de erudición descontextualizada. En efecto, su concepto de lo que entendemos por arte, es no solo inflexible, sino y sobre todo deplorable. Al constituirse en adorador de la forma se queda anclado en un parnasianismo a secas y marmóreo. Nuestro Rómulo Gallegos 2015, defiende una estética que se parece a un cisne colosal atrapado en una fastuosa y extemporánea jaula de oro. En su empalagoso concepto de canon literario no habría espacio para la sencillez silvestre de Ana Frank, para las irreverencias de charles Bukowski o el Marqués de Sade, para la simplicidad de un Mario Benedetti, y menos para las obras de carácter citadino, a veces sicodélicas, de sus actuales colegas colombianos. Más bien condena a estos últimos porque abordan las distintas violencias que padece Colombia desde siempre, y según él con un tratamiento del tema caracterizado por “complejidades estructurales exiguas”. Estoy en las antípodas de esa visión restringida, pues comparto el pensamiento del poeta decimonónico Philip James Bailey: “la simplicidad es el primer paso de la naturaleza y el último del arte”. Qué paradoja: un poeta decimonónico adelantado a su tiempo, y de esta esquina un poeta versión siglo XXI con amaneramientos decimonónicos. La auténtica complejidad que debe tener el género narrativo por excelencia, según Milan Kundera en El arte de la novela, es la reflexión alrededor de la misteriosa e insondable naturaleza humana.

“En mi humilde opinión —dice Henry Miller— el arte consiste en llegar hasta las últimas consecuencias. Si comienzas con tambores, tienes que acabar con dinamita o TNT”.  Estoy absolutamente de acuerdo, y aplicado al género narrativo quiere decir que este no solo debe provocar un goce estético,  también debe tocar al lector de tal manera que lo logre conmover, emocionar, desgarrar, y si es del caso, acudiendo a la última de todas las consecuencias, es decir, arrasar con los mismos cánones establecidos.  Prefiero llorar con El olvido que seremos, que dormirme con Tríptico de la Infamia. También prefiero el arte untado de pueblo y para el pueblo (y si de paso “vende”, magnífico), y no aquel que se ata a unos cánones estéticos, pero sincrónicos. Por eso, si Pablo Montoya no “vende” es porque no se conecta con el canon vox populi, vox Dei: se ganó el Rómulo Gallegos y no “vende”, y puedo asegurar que si alguna vez se gana el Nobel seguirá sin “vender”, porque su innegable buena pluma solo genera sopor y bostezos.

En otro exabrupto mayúsculo (porque de exabruptos pequeños y grandes está hecho su ensayo), Pablo Montoya insinúa, que son los espacios universitarios y académicos desde donde se debe formular una “crítica juiciosa, regular y seria”. Yo pasé por la facultad, me licencié en letras y poco aprendí de crítica literaria y de literatura. La calle y mis lecturas me forjaron como escritor. A propósito, lo citadino y contemporáneo aparece poco en sus obras, porque sus ojos eclipsados y ausentes habitan en el séptimo cielo de un pasado remoto. Él es uno de los indiferentes, de los que habló el poeta cubano Nicolás Guillén: Mire la calle. / ¿Cómo puede usted ser/ indiferente a ese gran río/ de huesos, a ese gran río/ de sueños, a ese gran río/ de sangre, a ese gran río?

Quiero terminar con una perla, que justifica el título del presente ensayo: Pablo tiene ese rabo de paja, y acorde con el incendio de su texto, ya mismo me ocuparé de su cola vulnerable a la flama. Él pregona cánones estéticos, cuando ni siquiera respeta los cánones éticos y violenta el sano principio de la lealtad. Mi examigo, en un párrafo de su Tríptico de la infamia (Penguin Random House, 2014), luego de citar los mismos versículos de un salmo que yo también cito en mi novela La otra cara de la muerte (Fondo Editorial Eafit, 2012), pone en boca de Goulart, uno de sus personajes de esa infamia, una idea y reflexión sui géneris de mi protagonista Juan Aguilera, quien se auto define como teólogo ateo. Pablo, con astucia tonta, por lo evidente, parafraseó maliciosamente las palabras de mi personaje Juan Aguilera: sí, astucia tonta porque el plagio soterrado no resiste maquillajes ni coloretes. En jurisprudencia no existe plagio pequeño o grande, así que abarca desde una idea o frase original hasta un texto completo. Hoy, en la era del facilismo, copiar y pegar está de moda, y los pequeños plagios pululan por doquier, y los parafraseos maliciosos nos abruman. Cuando confronté al indelicado escritor me contestó que en él había ecos de Juan Rulfo, Borges, Octavio Paz… pero no reconoció el eco de un tal Juan Mario Sánchez Cuervo. El estilo y la voz del esteta decimonónico son eso: ecos, e incluso eco de ecos. El esteta rabo de paja, desleal con un amigo de entonces e irrespetuoso con un colega de bajo perfil, nunca habló ni escribió sobre La otra cara de la muerte, pero sí asumió el enorme esfuerzo de leerla con avara minuciosidad para buscar algo que le pudiera servir para su infamia. Y ahora viene a hablarnos de cánones estéticos aquel que desconoce los cánones de la ética. Él provocó un juego maquiavélico, yo aquí le dejo este fuego con el que su rabo de paja empezará a arder.

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