Opinión

El proceso de paz del ELN comienza muy distinto al de las Farc

Llegamos al proceso con el ELN unos “esperanzados”, otros “escépticos”, exaltando que este no nace sobre el triángulo de las bermudas de la polarización política

Por:
noviembre 27, 2022
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El hecho más importante del gobierno ha sido la apertura del proceso de paz con el ELN y, como es natural, el país lo ha recibido con una expectativa enorme.

No obstante que todos los gobiernos de los últimos cuarenta años han abierto procesos de paz, este que se abrió con el ELN comienza mostrando características muy particulares.

A diferencia de lo que ocurrió en los diálogos con las Farc, esta vez el país no se aproxima dividiéndose entre los dos bandos que se polarizaron. Por el contrario, el mapa de hoy se distribuye entre los que podríamos denominar el grupo de los “esperanzados”, por una parte, y el grupo de “escépticos”, por la otra. A decir, el grupo de quienes confían en que el proceso del ELN va a llegar a la paz y el grupo de quienes guardan serias y poderosas dudas sobre si ese proceso puede llegar a buen término.

Identificar la diferencia radical que existe entre la forma como el país recibe hoy el proceso de paz con el ELN y la forma como recibió en su momento el de las Farc es muy importante porque su comprensión cabal les permitirá establecer, tanto al equipo del gobierno como al del ELN, un nuevo tipo de relación entre la sociedad y el proceso que lideran.

Desde un comienzo, al proceso de las Farc lo metieron en las antilógicas de las derechas y las izquierdas, obnubilados por el empecinamiento de creer que el mundo comienza y termina en un sartal de ideologías.

Ese craso error los condujo a una de las peores lecturas de la política de todos los tiempos: la que dividió a los colombianos entre “amigos” y “enemigos” de la paz. Fue por cuenta de la crasa incapacidad política de los conductores de ese proceso que terminaron los colombianos metidos en una polarización que no han logrado superar y que sigue haciendo daño.

Cuando destaco que los colombianos estamos aproximándonos al proceso con el ELN, los unos como “esperanzados” y los otros como “escépticos”, lo hago para exaltar el hecho de que este proceso no nace parado en el triángulo de las bermudas de la polarización política. Es preciso exaltar que no se trata de un proceso que nos divide y nos enemista a los colombianos, por la sencilla razón de que los esperanzados comprendemos y respetamos las razones por las cuales los escépticos son escépticos y los escépticos, a su vez, también comprenden y respetan las razones por las cuales los esperanzados somos esperanzados. No existe contradicción moral o política alguna entre los unos y los otros. Es más, muchos esperanzados albergan serias dudas sobre el proceso, solo que han decidido disponer el alma en modo “optimista” y son muchos, también, los escépticos que comparten planteamientos con los esperanzados, solo que aún no han decidido dar el paso al frente.

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Negociadores del gobierno y del ELN, los colombianos no estamos divididos frente a su proceso

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Esto, para decirles a los negociadores del gobierno y del ELN que los colombianos no estamos divididos frente a su proceso y que sobre sus hombros reposan la oportunidad y la responsabilidad de unirnos alrededor de las causas nobles de nuestra nacionalidad.

-Sobre ustedes reposan la oportunidad y la responsabilidad de darle sentido moral a nuestra historia en un momento tan difícil

La experiencia de los procesos de paz nos muestra que ubicar el proceso en alguno de los tres escenarios mencionados conlleva necesariamente a destinos completamente diferentes.

Primero, cuando los conductores de un proceso de paz se meten en las antilógicas de las derechas y las izquierdas, entonces terminan convirtiendo la mesa de negociación en un campo de batalla ideológico. Algo así como si los procesos de paz fueran una extensión de la guerra. La continuación de la guerra por otros medios. Los procesos de paz como una táctica más de la estrategia de guerra. ¿Recuerdan el Caguán?

Segundo, lo que ocurrió en el proceso de La Habana, cuando los negociadores de lado y lado decidieron montarse en la narrativa de que Colombia estaba partida entre los amigos de la paz y los enemigos de la paz. Por ese camino terminaron convirtiendo la mesa de negociación en la trinchera desde la cual le disparaban a más de medio país. Allí las Farc y el gobierno de la época se inventaron el extraño modelo de intentar la paz derrotando política y moralmente a más de medio país. Por eso hicieron lo que hicieron y por eso pasó lo que pasó.

El tercer modelo consiste en que los negociadores entiendan que la sociedad no es la enemiga de la paz sino su necesaria legitimadora. Su juez natural. En ese orden de ideas, es normal que un proceso de paz, al cabo de tantos años de dolores y frustraciones, comience siendo observado por quienes lo miran esperanzados y por quienes lo miran con reservas, sin que ello ponga en duda que la enorme mayoría de los colombianos queremos la paz. Cuando así lo entienden, los equipos convierten la mesa en un escenario de creatividad política para generar hechos que vayan multiplicando la confianza social en el proceso.

Así es cuando los procesos de paz comprenden que el juego cierto consiste en generar hechos que hagan que el mayor número posible de escépticos se vayan pasando al grupo de los esperanzados. Eso quiere decir que cada vez va creciendo la legitimidad del proceso de paz. Quiere decir que los “Hechos de paz” se van convirtiendo en “Hechos de legitimidad”.

Por eso me pareció tan importante ver a Pablo Beltrán, jefe negociador del ELN, repetir en las entrevistas de esta semana que el lenguaje del proceso de paz será el de los hechos.

Me llena de esperanza que Colombia comience a ver que el planteamiento de la paz puede pasar del “quizás, quizás, quizás” de las Farc al de los “hechos, hechos, hechos” del ELN.

 

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