El revuelo en EAFIT por la charla de la exguerrillera Sandra Ramírez abre el debate si la universidad un espacio para todas las ideas o solo para las "correctas"?

Hace poco, en Medellín, se presentó un incidente particular. Una exguerrillera asistió a un encuentro de diálogo invitada por las autoridades universitarias; mientras este transcurría, un joven entre el público la increpó afirmando que, por su pasado violento, no debería estar allí sino en la cárcel. Este evento ha causado un gran revuelo en redes sociales, donde se ha convocado incluso a un plantón para pedir la renuncia de la rectora de esta prestigiosa institución.

Pareciera que la opinión digital se inclina a favor del joven, exacerbando los ánimos contra las autoridades académicas. Sin embargo, en un ambiente de contienda electoral, conviene reflexionar con calma: un clima tan caldeado no propicia el actuar inteligente que produce bienestar social.

El concepto de Universidad

La universidad representa la universalidad del conocimiento; se supone que es el ágora donde deben caber todas las posturas para ser debatidas civilizadamente. Como dijo Aristóteles: “Una mente educada es aquella capaz de escuchar una idea, entenderla, estar en desacuerdo y no enojarse ni con ella ni con quien la expone”.

Si una institución solo admite las ideas consideradas “correctas” y prohíbe las disruptivas o chocantes, deja de ser una universidad para convertirse en una secta. Creer que se adoctrina a un estudiante de educación superior por exponerlo a ciertas ideas es una falacia; el estudiante ya posee herramientas para distinguir el bien del mal y ejercer su libre pensamiento. Además, el evento en EAFIT no era de asistencia obligatoria. Por tanto, la administración actuó bajo la lógica del concepto real de universidad.

El espinoso camino de la paz

Ocupémonos ahora de la figura del excombatiente. Es un hecho innegable que los grupos armados ilegales cometieron actos abominables. Sin embargo, debemos entender el contexto: en Colombia lo que ha habido es una guerra civil, un escenario donde los humanos pueden transformarse en bestias.

Si queremos un país mejor, debemos acabar con la guerra. La historia nos ha enseñado que el intento de terminarla únicamente mediante la fuerza del Estado —incluso bajo el liderazgo del expresidente Uribe— no ha sido suficiente porque las condiciones estructurales que alimentan la violencia persisten. Las guerrillas no surgieron por aburrimiento, sino en medio de historias de exclusión y desprecio.

El Estado colombiano ha comprendido que es necesario un pacto para modificar esas condiciones, no simplemente "matar y matar", táctica que no ha funcionado. La persona increpada participó en un acuerdo de paz, abandonó las armas y se incorporó a la vida civil. Atacarla antes de que hable solo demuestra que, como sociedad, no hemos educado nuestra mente para el diálogo.

El peligro del discurso del "bate"

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La actitud del joven Toledo, conocido en redes por amedrentar a quienes no piensan como él —a veces con un bate en mano—, refleja una falta de habilidades cognitivas para el intercambio de ideas. Este joven aspira a un cargo público con un discurso que parece premiar el desafío violento sobre la verdad razonada.

Debemos preguntarnos: ¿queremos que sigan existiendo guerrilleros solo por nuestra incapacidad de resistir ideas que no nos gustan? Hay que insistir en el diálogo y procurar que quienes dejaron las armas no tengan que volver a ellas. Un verdadero representante del pueblo debe buscar el bienestar de todos, incluso de aquellos con quienes no está de acuerdo. Debemos alcanzar, finalmente, la verdadera mentalidad de la universalidad del conocimiento.

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