Opinión

El principio del final del indigenismo

Guayasamín realizó siempre una forma esquemática que resulta un retrato desagradable que repitió incansablemente desde los años cincuenta

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mayo 29, 2021
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El principio del final del indigenismo
Guayasamín, Galería Duque Arango de Medellín, muestra Dolor y Esperanza

Estamos en continuo movimiento. La tecnología nos hace seres diferentes, nos cambia los hábitos, nos encierra en pantallas mientras, sin movernos, viajamos virtualmente por el mundo. La multiplicidad es el orden y el objetivo. Las horas no marcan horarios sino tiempos diferentes. El presente es un vértigo que vive dentro de una rapidez alucinante. Es el espíritu de la época. Somos pero no estamos. En este n vacío nos deja a la merced de algo tan rápido que ya no vale la pena esperar. Ni si quiere para voltearse y contemplar nuestras propias estatuas de sal.

Pero de pronto, la galería Duque Arango en Medellín, presenta la exposición más caduca de la pintura latinoamericana pero, con el horror de la vigencia del tema.

Con la exposición de un viejo artista ecuatoriano Oswaldo Guayasamín (1919-1999) quien tuvo la suerte de acogerse e inflar sus precios inmerecidos con la política Indigenista de los Estados Unidos.

“Franz Boas, el padre fundador de la antropología social, creó una Escuela Internacional de Arqueología y Etnología Americana con énfasis en el hemisferio occidental, visión que no pudo materializar. Fue por la revolución mexicana en México de 1910 cuando las políticas indígenas tuvieron sus inicios. Un incremento posterior en las dinámicas de las políticas indigenistas pudo ser visible en 1920 dentro del contexto de la estabilización política de la revolución.  Estas instituciones apuntaban a la asimilación de la ya establecida colonización hispana, mediante la educación” anota Juan Krasberberg.

Esta política colonialista norteamericana pretendía aceptar algunos gestos retorcidos como los de Guayasamín. Era también crear una región transparente entre las desigualdades abismales, que resultaron siendo un fracaso en el siglo XX.

Niña llorando,1980-Cabeza,1970

Guayasamín realizó siempre una forma esquemática que resulta un retrato desagradable que repitió incansablemente desde los años cincuenta. Como estudió en el muralista mexicano Rafael Orozco, Guayasamín estuvo consciente de mantener la línea como protagonista del contorno. Las caras divididas en dos mantienen ejes simétricos, la nariz tubular da un frente poderoso, los ojos con sus ojeras profundas que se enmarcan con las cejas muestran un rasgo fundamental porque expresan la tristeza, el miedo, el desaliento de no futuro. Aparecen unas veces silenciadas; otras, son un grito que nadie oye en su desesperanza. Lo mismo sucede con el trabajo del cuerpo. Resulta una figura humana esquelética, retorcida con manos enormes expresivas de un trabajo con la tierra y la explotación de sus vidas.

Paradójicamente, en este presente tecnológico, todo ese mundo que se rebeló en México sigue igual. Los indígenas mantienen sus lenguas y sus costumbres ancestrales. Pero en la confusión diabólica de los presentes, se encuentra el gran abismo.

 

Cabeza y mano,1987

Lo pudimos observar recientemente en sus marchas y en sus luchas en Colombia, donde su protagonismo estuvo presente pero, bajo la ausencia de resultados que le otorguen dignidad a sus intereses, siempre divididos.

El pasado inmediato carece de continuidad. El sociólogo sacará a la superficie el problema del consumo, sin lograr consolarnos. Walter Benjamin pensó en el poder de su pensamiento y luchó en un desesperado intento de salvar lo muerto, trayendo lo viejo a la vida otra vez, con la esperanza de que con esta operación se conservara la esencia humana…

Menos con Wayasamín que ya con su horrible y agotada pintura no redime nada.

 

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