El presidente electo es lo de menos

“Poco o nada me importaba en junio de 2018 quién sería elegido como presidente. Aun así voté, convencido de la utilidad de mi voto, guiado solamente por mis preferencias”

Por: gabriel nieto
Junio 13, 2018
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El presidente electo es lo de menos

Los medios de comunicación, las redes sociales, las reuniones familiares, los cafés, las oficinas, las calles, todo se impregnó del rabioso bullicio electoral. Era el mes de junio del año 2018 y en medio de ese ruido cuyos ecos lograron dividir a nuestra frágil sociedad, terminamos de olvidar que en el fondo éramos todos hermanos huérfanos de un mismo padre, de un mismo Estado que hacía mucho había dejado de mirarnos como simples ciudadanos.

Votaron, en su mayoría, quienes habían depositado en el enojo su esperanza de encontrar un camino para volver a tener un padre, un hermano mayor, un protector. Porque era de esa carencia de donde provenían sus mayores miedos, y por ende, sus mayores angustias e infelicidades. Muchos de ellos eran los mismos que cada cuatro años volvían a las urnas con la ingenua convicción de que un hombre, un presidente, podía cambiar a una nación. ¿Qué nos faltaba, en ese entonces, para comprender que un presidente no es lo mismo que un país?

Aun así, a pesar de la molesta alharaca en que se convirtieron los gritos de las fanaticadas, la polarización, irónicamente, sacó a flote aquello en lo que nos parecíamos. Prácticamente todos queríamos castigar, así fuera con un sufragio, a aquellos que representaban, desde sus posiciones de poder, su cruel ineficacia para gobernarnos. Era tal nuestra confusión por esos días, que aceptamos compartir la carga que era la locura de los caudillos por la presidencia, y convertimos en nuestros, sus triunfos y sus derrotas. Mientras tanto, en cada uno de nuestros barrios, de nuestras comunas, de nuestras veredas, playas, llanos, pueblos, montañas y ciudades, Colombia solo nos reclamaba una voluntad real de ser mejores seres humanos. No, un presidente no es lo mismo que un país.

Ahora bien, quien mira en la noche al cielo podría pensar fácilmente que la oscuridad estará allí por siempre, pero ignoraría, en tal caso, que si en un comienzo todo era tinieblas, las estrellas que titilan son la prueba de que es la luz la que ha venido ganando terreno. Cuatro años antes de aquel junio de 2018 no existía ni la ilusión de la polarización. Ni siquiera eso teníamos: la mera posibilidad de dos miradas opuestas. Eso era ya un gran avance. Cuán perezosos fueron los que no interpretaron en el fondo de dicha polarización, una manifestación de la torpeza natural de quienes presenciaban, por primera vez en sus vidas, visiones de país realmente opuestas.

Cuánto pudimos aprender en ese momento el uno del otro. Porque aquella fue, también, la oportunidad de escuchar y conocer a quien pensaba distinto. ¿Cómo más podíamos saber, de ahí en adelante, quién era ese al que nos habían querido hacer creer que era nuestro rival, a pesar de que compartiera nuestros mismos problemas y nuestras mismas carencias?

Lo que quiero decir, a fin de cuentas, es que poco o nada me importaba en junio de 2018 quién sería elegido como presidente. Aun así voté, convencido de la utilidad de mi voto, guiado solamente por mis preferencias de simple ciudadano (negándome a creer, de paso, que estaba en juego mi victoria o mi derrota), y convencido también de que los verdaderos cambios que necesitaba mi país solo serían posibles en la medida en que aprendiera de las lecciones profundas y poco evidentes que nos dejaban a todos aquellos días.

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