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El precio del pollo y el huevo suben más que el salario mínimo

Hace un año debía destinarse el 28% del salario mínimo diario para comprar una pechuga; hoy es necesario gastar el 37%. El huevo le sigue los pasos

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febrero 17, 2022
El precio del pollo y el huevo suben más que el salario mínimo

En la década de 1960, el pollo y el huevo eran un lujo para la mayoría de los hogares. De ahí, probablemente, expresiones como “¿Quién pidió pollo?” o “Tal producto vale un huevo”, para hacer alusión a que es caro o costoso. En ese entonces, el huevo lo consumía el 30% de la población y el pollo solo llegaba a la mesa de las familias colombianas en ocasiones especiales (Aguilera, Banco de la República, 2014).

Para atender este déficit alimentario y el crecimiento poblacional, el Estado y la iniciativa privada impulsaron la avicultura. Como resultado, esta actividad se fue convirtiendo en la más dinámica del sector pecuario, a tal punto que el pollo es la carne más consumida por los colombianos desde 2006 (Aguilera).

Entre 1980 y 2013, medida en toneladas, la producción de pollo aumentó 7,5% promedio anual, la de cerdo 2,9% y la de res 1,1%. Para el período 2014-2020, el crecimiento promedio anual fue de 3,5%, 8,8% y -1,9%, respectivamente. Aunque el crecimiento de la producción de carne de cerdo superó al de la avicultura en este último periodo, el pollo sigue siendo el rey de las carnes. En 2020, se produjeron 1,6 millones de toneladas de pollo, 605 mil toneladas de carne de bovino y 469 mil toneladas de carne de cerdo.

El precio del pollo y el huevo suben más que el salario mínimo

En enero del 2022, el precio mayorista del kilo de pechuga de pollo costó en Bogotá $12.367, 43,5% más que un año atrás, cuando se pagaba por ella $8.617 (Boletines DANE-SIPSA, enero 2021 y enero 2022).

Este aumento en los precios ha afectado el consumo de una proteína animal básica para la seguridad alimentaria de la ciudadanía porque, mientras a enero del año pasado con un salario mínimo se podían comprar 105 kilogramos de pechuga de pollo, a enero del 2022 la capacidad cayó a 80,9 kilogramos. Hace un año debía destinarse el 28% del salario mínimo diario para comprar una pechuga; hoy es necesario gastar el 37%.

El precio del pollo también se ha encarecido frente a las otras carnes. En enero del 2020, por ejemplo, la relación entre el valor de un kilo de lomo de cerdo y el de uno de pechuga de pollo era de 1 a 2, mientras que hoy es de 1 a 1,5. Es decir, si antes por cada peso que se gastaba en un kilo de pechuga era necesario destinar 2 para comprar un kilo de lomo de cerdo sin hueso, hoy se necesitan solo 1,5 pesos para hacerse al kilo de cerdo. La relación se redujo en -25%, lo que muestra un encarecimiento relativo del pollo frente al cerdo.

Para el huevo tipo A (variedad predominante en el mercado) la tendencia es igual a la de la carne de pollo. En Bogotá, entre enero de 2021 y enero de 2022, el precio del producto creció 30% (DANE), tres veces más que el salario mínimo. Esto afecta el bolsillo especialmente de los hogares en los estratos populares, quienes suelen consumir esta proteína durante el almuerzo, pero también de los estratos altos, en los que se suele servir al desayuno o en la cena.

Una cadena de valor enlazada con las importaciones

La avicultura es la principal actividad pecuaria del país. Representa el 14,3% del PIB agropecuario y el 36,5% del PIB pecuario, y genera 400 mil empleos directos e indirectos (Ministerio de Agricultura, 2020).

El principal costo de la producción avícola es el alimento de los animales. En la producción de pollos de engorde este pesa el 70% y en las gallinas en etapa de postura (cuando ponen huevos) el 71%. Los animales se alimentan con una mezcla de maíz amarillo, fríjol soya y torta de soya, en su gran mayoría suplidos con compras al extranjero. En 2021, el país importó cerca de 8 millones de toneladas de cereales (DANE, importaciones), y la actividad más demandante de estas compras fue la avicultura.

Según Fenalce, el gremio de los cerealeros colombianos, en 2021 se importaron 5,34 millones de toneladas de maíz amarillo (68% del total de las compras externas de cereales), provenientes de Estados Unidos (65,95%), Argentina (17,6%) y Brasil (16,34%). Estas adquisiciones se hacen al amparo de las bajas arancelarias establecidas en los TLC firmados con cada uno de esos países y con quienes Colombia tiene déficit comercial, tanto general como agropecuario (MinComercio, Informe sobre acuerdos comerciales vigentes, 2021, pp. 72 y 108).

Las cifras anteriores corresponden a las importaciones oficiales. Sin embargo, existe una controversia entre productores e importadores de maíz amarillo alrededor del contrabando técnico, que es aquel que pasa por las aduanas, pero se registra en una partida arancelaria que no corresponde con las características plenas del producto importado para obtener beneficios arancelarios o declararlo a un precio ficticio. En 2017, Fenalce señaló que el contrabando técnico de maíz amarillo entre 2012 y 2016 le habría costado $1,25 billones al fisco colombiano por los aranceles dejados de percibir. Para 2021, el gremio señaló que la continuidad de esta práctica, la cual crea distorsiones de mercado, pone en desventaja a los maiceros colombianos y genera riesgos para la salud pública y el “bienestar en la producción animal” (Fenalce, 2021).

Según datos del Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural (2019), la avicultura adquiere el 91% de las importaciones de fríjol soya y el 90% de la torta de soya que entra al país. Si se cruzan datos del Ministerio con los de Fenalce, se tiene que la cifra es muy similar para el maíz amarillo. Entre enero y septiembre de 2019, el país importó 4,6 millones de toneladas de maíz amarillo (Fenalce). En este mismo período, el consumo de este cereal en la avicultura ascendió a 4,45 millones de toneladas (MinAgricultura), es decir, el 97% de las compras externas. Lo anterior significa que el principal costo de producción del sector está altamente expuesto a los vaivenes de los precios internacionales de las materias primas y de la tasa de cambio.

La provisión de productos de la avicultura en puntos de venta al consumidor final, como muslos y contramuslos, entre otras partes del pollo, también está siendo paulatinamente copada con importaciones, en medio de la creciente inversión extranjera en el sector. En 2015, las importaciones de carne de pollo provenientes principalmente de Estados Unidos ascendieron a 43 millones de dólares (MinAgricultura). Si este valor se compara con el PIB del sector calculado por el DANE en la cuenta satélite de la agroindustria avícola, se tiene que, en 2015, las compras al extranjero equivalieron al 2,82% del PIB de la actividad. En cambio, las importaciones representaron el 5,32% del PIB de la actividad en 2019 y el 7,37% en 2020. En un lustro el peso de las importaciones en el PIB aumentó 2,6 veces.

A partir de 2011, la multinacional Cargill inició su entrada a la cadena avícola en el territorio nacional, primero como proveedor de concentrados para la nutrición animal, y después, en 2017 y 2018, con la compra de Pollos El Bucanero y Campollo, ocurrida en el marco de un proceso de integración vertical de la compañía. Con esto, se convirtió en el segundo jugador de la avicultura colombiana, por debajo de Mac Pollo.

La entrada en el mercado local de la principal multinacional agrícola del mundo mostró que el negocio se abrió a una nueva fase, en la que, además de la provisión de las materias primas y la tecnología, inversionistas extranjeros empezaron a hacerse con la propiedad de las redes nacionales de transformación y distribución al consumidor final.

La avicultura colombiana en 2020 produjo $22,1 billones, 86,39% más que en 2011 (DANE, Cuenta Satélite Agroindustria Avícola, 2021). Entre 2011 y 2020, el crecimiento promedio de la actividad fue 8,64%, un valor levemente superior al de todo el sector agropecuario (8,5%) y al de la ganadería (5,3%). Esta expansión se ha apalancado, desde la perspectiva de los productos que ofrece la agroindustria, con las crecientes importaciones para la alimentación de los animales. Las importaciones de maíz amarillo, fríjol soya y torta de soya, entre 2011 y 2020 pasaron de 4,87 a 6,12 millones de toneladas —una variación del 26%—, una dependencia que ha influido en los procesos de acumulación de la actividad y en la distribución de las rentas que genera (ver cuadro).


La mayor parte de las rentas avícolas se está yendo en pagar las importaciones

Durante la última década, el consumo intermedio de la avicultura, que se refiere a las materias primas y otros insumos que se necesitan para levantar un pollo o una gallina ponedora y son mayoritariamente de origen importado, ha aumentado su participación en los ingresos totales de la actividad. En 2010, de cada 100 pesos de ingresos, se destinaban $74 al pago del consumo intermedio. Una década después, el dato subió a $79.

El mayor peso relativo del consumo intermedio en los ingresos de la avicultura se ha dado en detrimento de la remuneración al trabajo y del Excedente Bruto de Explotación (EBE) —nombre con el que se le denomina la remuneración al capital en las cuentas del PIB—. De esta manera, aunque el sector completa medio siglo de sostenida expansión, en la última década su capacidad de generar excedentes y su contribución al ahorro nacional han bajado en términos relativos. En otras palabras, en la actividad están capturando cada vez más rentas las materias primas importadas que los empresarios y los trabajadores del país.

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