El posible efecto mariposa de la ley del decomiso de la dosis personal

La prohibición sin educación y prevención es inocua. Además, con la medida el consumo seguramente no terminará, de hecho ni siquiera disminuirá

Por: Andrés Cubides
Septiembre 14, 2018
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El posible efecto mariposa de la ley del decomiso de la dosis personal

Una de las primeras y más importantes propuestas del actual gobierno para terminar con el tráfico de sustancias psicoactivas no legales (léase marihuana, cocaína, bazuco, heroína, etc.) es muy clara: la prohibición del consumo por medio del decomiso de estas sustancias a quienes las portan en mayor o menor cantidad. La novedad es que se enfoca especialmente en el transporte en menores cantidades.

Diariamente es normal ver decomisos y arrestos debido al movimiento y venta de grandes cantidades de estupefacientes, lo que no se ve tanto —y sería muy complicado de emitir en los medios de comunicación masivos— es la incautación de pequeñas cantidades de droga. Lo anterior debido a razones como la ley que permite el porte y consumo de la dosis mínima y a la incapacidad de hacer públicas todas estas incautaciones.

Ahora, y en medio del alboroto causado por el proyecto de ley que busca eliminar o al menos decomisar la llamada “dosis personal”, los vacíos y las preguntas generadas por el proyecto parecen ser más numerosas que las respuestas y las soluciones parecen ser menos certeras que los problemas que pueden generar decisiones tomadas por personas que parecen conocer poco la historia de las prohibiciones —sean radicales, administrativas o caprichosas— y que tal vez nunca han conocido el poder de las adicciones en carne propia, o no lo han querido aceptar.

Tomar una decisión de tan grandes magnitudes —como la de retroceder en el proceso de transformación de la adicción de un tabú moral al de una enfermedad que puede ser tratada es una inconsciencia colectiva— es complejo. Se han invertido años de estudios, de ensayo-error, de testimonios y vivencias de personas que han caído profundamente en adicciones y el resultado siempre parece ser el mismo.

La prohibición sin educación y prevención es inocua. De hecho, la prohibición en sí es prácticamente absurda, si no me cree remítase por favor a la prohibición del alcohol en Estados Unidos o a la época del auge del narcotráfico en los años setenta y ochenta en el mundo, por no centrarnos solamente en Colombia. Estas prohibiciones  generaron mayor consumo debido a su misma misiva de curiosidad ad hoc y al punto principal de esta alocución: si se decomisa la dosis mínima, ¿qué impedirá al adicto buscar otra dosis para saciar su adicción?

¿Será que se espera ingenuamente que el adicto le entregue la droga al policía que está cumpliendo con su labor y a posteriori se marche a su casa —si es que tiene alguna— a reflexionar sobre lo sucedido y decida por obra de una ley que no comprende dejar de consumir y rehabilitarse en un centro especializado —el cual probablemente no puede pagar ya que existen pocos o nulos gratuitos y apadrinados por el estado— a voluntad y por el hecho simple del decomiso?

Si no se ha podido ganar o al menos acercar el fin de la guerra contra las drogas con los pocos planes gubernamentales, educativos y preventivos, ¿cómo se podrá ganar con un simple decomiso? Este solo lleva a una espiral eterna de fabricación por demanda, transporte y corrupción, violencia por el dominio del mercado, creación de lugares de distribución y microtráfico, venta, compra, decomiso y de nuevo compra para poder consumir, pero ahora a escondidas para que no haya problemas con la moral y las buena costumbres de la nación.

¿Acaso esto no conlleva igual que el negocio del robo y reventa de celulares a una mayor demanda —en este caso de estupefacientes— debido a los decomisos y a las débiles políticas estatales de prevención? Seguramente el consumo no terminará, ni siquiera disminuirá. Bueno, quizás en los reportes entregados por el gobierno.

No obstante, lo más probable es que haya más oferta debido a la alta demanda. El consumidor buscará su placer o al menos calmar su ansiedad. El vendedor subirá el precio con el pretexto de aquello de los controles policiales y de que cada vez es más difícil conseguir la mercancía y moverla. El precio se inflará, habrá más producción y la oferta superará la demanda.

Además, esto y la imposibilidad de sacar la droga a los mercados externos generarán la necesidad de ampliar el mercado interno —microtráfico—, lo cual conllevará a la venta a menor precio y al imperativo de las mafias de conseguir a quién venderle su producto, regalado al principio, y después con pago efectivo o en especie o como sea, y finalmente al envenenamiento aún más profundo de la sociedad, en especial de las jóvenes mentes vulnerables, empobrecidas, poco educadas, atraídas al consumo por los medios de comunicación poseídos por grandes mercaderes que venden una vida fácil y rápidos escapes al hambre y la ignorancia —léase narconovelas musicales—. Más adictos, menos soluciones.

Esperemos que lo dicho anteriormente no sea más que supuestos y que no llegue a ser una interpretación premonitoria, pero por si acaso la historia nos ha enseñado que es peligroso comenzar un efecto mariposa sin antes haber previsto sus posibles variables, resultados y efectos.

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