El periodismo ha muerto. Descanse en paz

El periodismo ha muerto. Descanse en paz

Desde que los grandes empresarios compraron los medios de comunicación, los resultados son evidentes: un periodismo ideologizado, de lenguaje totalitario, politizado

Por: Ramiro Guzmán Arteaga
agosto 29, 2023
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El periodismo ha muerto. Descanse en paz

En cierta ocasión, el maestro del periodismo Miguel Ángel Bastenier (1940-2017) abrió una conferencia en Barranquilla, con una sentencia lacónica: “El periodismo ha muerto”. Los periodistas que asistimos quedamos estupefactos.

Hoy, casi veinte años después, su sentencia queda confirmada: el periodismo ha muerto. Y no solo en Colombia sino en el mundo. Pasaron sus épocas doradas, en el mundo, con el periodismo norteamericano, cuando el periodismo de investigación tumbó al presidente Richard Nixon y fue ejemplo mundial; en Colombia, cuando El Espectador destapó esa especie de Caja de Pandora de la corrupción que fue el Grupo Gran Colombiano, con los autopréstamos del banquero y empresario Jaime Michelsen Uribe, quien finalmente terminó preso y falleció, diría yo, de pena moral (4 de julio de 1998).

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Era sin duda la época de oro del periodismo de investigación, en el que en el mundo aún se vivía y se creía en la democracia, el libre mercado, los Derechos Humanos y la responsabilidad social y libre expresión del periodismo.

Pero hoy las cosas han cambiado porque (solo me detendré en el periodismo) desde que la verdad se convirtió en una mercancía que se compra y se vende, los grandes empresarios compraron los medios de comunicación, con los resultados que saltan a la vista: el de un periodismo ideologizado, con un lenguaje totalitario, politizado, que se sirve de términos y adjetivos difamatorios hábilmente utilizados con “guate quirúrgico”, con consecuencias devastadoras en la esfera y la opinión pública. 

Con algunos medios de comunicación que hacen evocar las estrategias imperantes en los medios oficiales del Tercer Reich hitleriano (léanse los 11 principios de la propaganda nazi, de Joseph Goebbels).

En Colombia hoy estamos pagando las consecuencias de esa compra. También nos enfrentamos, en la mayoría de los casos, a un periodismo superfluo, gaseoso, light, que le interesa más el escándalo que la investigación sistemática, que confunde lo hipotético con la verdad, que busca condicionar mañosamente a la opinión pública.

Que le pone sello de veracidad a lo que aún no está confirmado y, peor aún, a las mentiras. Un periodismo que cuando los hechos demuestran que lo que se está transmitiendo es mentira entonces opta por confundir a la audiencia, por contaminarla y ponerla a hablar y replicar las mentiras, sin sentido crítico ni independencia.

Se acabó el concepto de la esfera pública con independencia y sentido crítico, del grupo de personas que se reunían a hablar en un café, en un bar, en un parque, con total independencia y argumentos propios, construidos con información imparcial de los medios de comunicación, porque entró el periodismo ideologizado a transmitir desde las primeras emisiones de la mañana esa amalgama de noticias revueltas con comentarios, noticias adjetivadas en las que califican o descalifican un hecho a conveniencia.

Sin fantasía ni nostalgia del pasado glorioso del periodismo (pues no hay época perfecta) resulta evidente que se acabaron las noticias en su pura y sana esencia. En ellas se informaban los hechos amparados en la fórmula periodística del qué, cómo, dónde, cuándo y por qué sucedían los hechos.

Ahora y se introdujo un nuevo formato u “estilo” de noticia en el que el periodista opina sobre los hechos al tiempo que es juez y parte. Manipula los hechos. Los envenena a conveniencia. Los géneros periodísticos quedaron reducidos a un mazacote indescifrable que solo busca confundir a la audiencia.

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En Colombia, lo digo porque así lo percibo y lo viví desde sus entrañas, aún nos queda EL ESPECTADOR, con explicación casi pedagógica de los hechos, con mucha independencia. Don Fidel Cano, mantiene su palabra, las mismas que le escuché decir en la Universidad del Sinú durante una conferencia: “la línea editorial de EL ESPECTADOR se mantendrá mientras yo esté al frente. La independencia no la negocio, primero por encima de mi cadáver”. Y en verdad que la ha mantenido.

Hay quienes piensan que la crisis del periodismo obedece a la falta de profesionalización, con el desbarajuste que se origina desde cuando la Corte Constitucional tumbó la ley 51 de 1975 que le daba soporte al Estatuto del Periodista (de este tema me ocuparé en otra ocasión).

Tal vez sea cierto, pero las razones van mucho más allá, las causas, repito, independiente, incluso de que se sea empírico o egresado de los programas de Comunicación Social, es que los grandes medios fueron comprados por los grandes empresarios a nivel mundial y nacional, por banqueros.

De modo que no nos hagamos ilusiones porque “el periodismo ha muerto”, sentenció el maestro Miguel Ángel Bastenier, con un desparpajo increíble, que rayaba con la amargura. Y hoy no me cabe la menor duda de que así ha sido. Requiescat in pace.

(*) Comunicador social- Periodista, docente de la Universidad del Sinú-Elías Bechara Zainum

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