¿El país que nos dejan o la Colombia que construimos?

“No sé qué es peor, si dejar el país en manos de abogados utilitaristas, en manos de los políticos corruptos o en la de economistas, amigos leales del rentismo”

Por: Guillermo Solarte Lindo
Agosto 13, 2018
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¿El país que nos dejan o la Colombia que construimos?
Foto: Flickr Mark Koester - CC BY 2.0

Creo que fue Gabo aquel que dijo que en Colombia la clase alta quería ser inglesa, la media americana y la baja mejicana. Creo también que el ministro de hacienda pensando en la clase media americana argumenta que la clase media colombiana debe pagar tantos o más impuestos que la de EE.UU., y así en ese debate de las reformas tributarias nos meten cada tanto para ajustar el modelo. Como suelen decir los economistas de siempre, aceitar la máquina de la gobernanza macroeconómica es la meta.

No sé qué es peor, si dejar el país en manos de abogados utilitaristas, en manos de los políticos corruptos o en la de economistas, amigos leales del rentismo. Parece que esta última opción es igual o peor que dejar la paz en manos de congresistas. Pues bien, este texto tiene dos patas: lo económico visto con la lupa de un profano y la paz desde un corazón pacifista.

Si la paz no es liderada por la ciudadanía irá poco a poco convirtiéndose en otra guerra o conflicto armado, como lo han llamado algunos durante estos últimos 60 años, o como también lo han negado otros. Sabemos porque lo hemos vivido que hubo acuerdos para terminar la violencia y fracasaron. Somos un país de posconflictos fracasados, en términos de víctimas. Podría decir para provocar algo de inquietud que ha habido más víctimas después de cada acuerdo, es decir en los posconflictos, que en la guerra misma. Así es.

Habría que ser más precisos y decir que no ha parado la confrontación armada. El posconflicto, iniciado en el 57, después del pacto de liberales y conservadores y del turno en el poder de cada partido, dejó tantos muertos o más que la misma violencia; después, en el 91 con la nueva constitución, se inicia otro posconflicto lleno de muertos y víctimas, tantos o más que en el posconflicto anterior. Lo mismo sucedió con el posconflicto derivado de lo que se llamó el pacto de Ralito, y ahora llegamos al acuerdo de paz con Farc y ya avanzamos sin ninguna misericordia en el número de muertos y víctimas.

Para muchos analistas la conclusión de estos fracasos ha sido lo que denominan la no ocupación del territorio por parte del Estado, para otros la idea dominante es que los posconflictos anteriores se hicieron a medias, no incluyeron a todas las fuerzas en conflicto. Así podemos definir las hipótesis que concluyen de forma rotunda una realidad: hemos fracasado. Nosotros no, es la élite política la responsable de que no se haya logrado nunca consolidar la paz. Será también por culpa de esa misma élite que este posconflicto culmine de igual manera que los anteriores.

Hemos sido una de las democracias más violentas de occidente, donde la población civil ha sido la más afectada. A casi todos nosotros, de alguna manera, nos ha tocado llevar en el alma algún dolor provocado por los violentos, pero no nos engañemos, nosotros no somos una cultura violenta, somos una democracia en crisis permanente, con incapacidad manifiesta para la solución de los problemas que agobian, pero con una versatilidad inmensa para fabricar leyes que en apariencia arreglan esos problemas o los diluyen o los esconden.

La debilidad de la ley nace en la legitimidad de las instituciones que las crean, eso escuché a un amigo filósofo en medio de una discusión sobre por qué fracasamos. Ese día extendimos la discusión hasta un punto que en ese momento quisimos resaltar llamándolo “la conciencia de lo justo”, que no sería otra cosa que la ausencia de capacidad crítica de aquellos que tienen algún tipo de poder para defender lo justo por encima de cualquier cosa, aun de la misma ley cuando esta es injusta.

Los líderes políticos no han sabido conducir el país por la senda de la convivencia pacífica, o en otras palabras, quizás más precisas: sus intereses han estado siempre y a lo largo de los siglos por encima del bien común. Estremece ver las cifras o si se prefiere el rastro de dolor y miedo en este territorio. Sin embargo, enmudece aún más el silencio o la mentira de tantos otros sobre ese drama profundo que vivieron y viven muchísimos colombianos, hombres y mujeres, niños y niñas y tantos jóvenes que deambulan por las calles pidiendo dinero para sobrevivir en un país que insisten los políticos de la corrupción y el crimen en llamar patria. La conciencia de lo justo en aquellos que detentan algún poder político desapareció, se esfumó se la tragó el afán de lucro.

Allí puede estar una de las razones de que, en medio del entusiasmo generado en mí por el acuerdo con las Farc, nació un inmenso miedo de que este posconflicto sea tan o más dramático que los otros a los que hice alusión, y lo siento así, porque han aprendido a matar con más precisión y mayor impunidad, porque las órdenes se dan desde lugares más oscuros y diversos y delincuenciales. No quiero llenarlos de estadísticas de la muerte, en todo caso, en este país la muerte va en un coche mucho más rápido que las estadísticas: mientras incorporamos un muerto a la base de datos del crimen, ya se están produciendo otros más a una velocidad espeluznante. En eso que llamo conciencia de los justo y la relación de esto con el acuerdo de paz con Farc está claro que lo único verdaderamente humano es la defensa, si quieren ponerlos en términos meramente pragmáticos, del descenso de muertos y víctimas de todo tipo. Eso dicen todas las cifras oficiales y no oficiales, nacionales e internacionales. Así es.

No creo que la discusión, entonces, sea sobre indicadores económicos y sociales. El manejo de la economía siempre ha sido el mismo: eficaz en la contención de una revuelta social y también exitosa en el logro de una estabilidad económica que alcanza a ocultar la inmensa desigualdad social. Algunos cínicos de la tecnocracia han terminado por denominar de forma exitosa este fenómeno, algo así como “tenemos una buena gobernanza macroeconómica”, mientras que otros de forma afanosa casi gritan del éxito de eso que llaman “la resilencia económica.” Si no fuera por la pobreza eterna y la angustia en la que vive un alto porcentaje de la ciudadanía, rural y urbana, podría uno reír del uso de ese lenguaje, casi que perfecto, para ocultar lo que sucede, lo que ha venido sucediendo por décadas.

Lo que nos han dejado cada cuatro años en lo económico es muy parecido, con ligeras diferencias, que se notan un poco más marcadas a largo plazo: en 20 o 30 años han cambiado algunos indicadores económicos y sociales tan poco que apenas se nota. En Cauca muy poco, en Chocó y la Guajira casi nada. En los cinturones de miseria de las grandes ciudades se puede ver el tamaño del crecimiento o para precisar, el tipo de distribución de la riqueza generada por años de extracción de petróleo y minerales y de lo que llaman la financiarización de la economía. Esta puede entenderse a partir de algo simple: la banca es como una alcancía que usted va llenando con su dinero y que de vez en cuando la mira, la tantea y siente que progresa. De pronto un día usted va a sacar su dinero y está vacía. Cuando reclama y le dicen que no se preocupe que está en otro lado seguro. Unos meses después lee un titular de prensa que dice que hay crisis y la banca quebró, pero que no se preocupe que todos, es decir, el Estado, responderá. Puede usted no creerlo, pero así es. Una excelente explicación sobre esto la pueden ver en clave de humor en este programa inglés:

De esto se puede escribir tanto y podríamos llegar al fondo de un pozo en donde estarían las ruinas de muchos y el tesoro, con todo nuestro dinero, convertido en fondos que nuestro propio dinero rescata de quiebra en quiebra o si prefieren de crisis en crisis. No es este espacio el lugar para hacer este análisis, pero dejo en el aire una cuestión que está detrás de nuestro estancamiento económico desde hace décadas. Dejo en claro otra de mis posiciones radicales: si el crecimiento no soluciona la desigualdad estamos estancados o más bien estamos enfangados.

Este es un panorama que se renueva feliz cada cuatro años de la mano de las promesas que los políticos construyen para vender ilusiones a partir de otra premisa: “la economía no tiene que ser exitosa debe parecerlo”. O como decían los cínicos de no sé cuándo: la economía va bien y el país va mal. Esos economistas del éxito tienen claro algo que es realmente falaz: se trata de crear optimismo. Una buena manera de hacer esto es, por ejemplo, la reconceptualización y ¿qué es esto? En corto y en tono humor: pobreza es no tener con qué comer, pobreza multidimensional es lo mismo pero feliz.

En síntesis, lo económico y social sigue igual, pero con ligeras variaciones. Por su parte, la política tradicional se ha deteriorado de tal manera que es muy difícil saber si vamos hacia un abismo o si el abismo son ellos, o peor aún: nos han hecho creer que debemos disfrutar la caída, ¡morir riendo! A eso se limita la promesa de felicidad, y a otra que se convierte en la mayor de las paradojas democráticas: defiende lo que no tienes.

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