El Pacto Histórico, entre el sancocho nacional y un sancocho de sapos

La principal fortaleza del Pacto es que no se configura como un modelo partidista. El lío es que a la olla de ese sancocho se le han condimentado varios sapos

Por: Fredy Alexánder Chaverra Colorado
abril 21, 2022
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El Pacto Histórico, entre el sancocho nacional y un sancocho de sapos
Fotos: Wikimedia/Instagram Petro

En la base constitutiva del Pacto Histórico se sintetiza la mayor transformación de la centro-izquierda colombiana en lo que va del siglo. Y no creo exagerar. La principal fortaleza del Pacto recae en que no se configura como un modelo exclusivamente partidista en la base electoral de la izquierda tradicional —como lo fue la creación del Polo en 2005—, sino que busca agrupar en una plataforma nacional a un denso entramado de partidos políticos —algunos de corte liberal y de clara inspiración socialdemócrata—, movimientos sociales y tendencias políticas. Echando mano de una consideración clásica en la narrativa sociopolítica: la creación de un movimiento de movimientos.

Para algunos, el Pacto Histórico es la más digna representación del sancocho nacional propuesto por Jaime Bateman en la década de los ochenta. No deja de resultar curioso que cada que emerge un proceso de unidad o confluencia entre los sectores de centro-izquierda se retome la clásica expresión de Bateman. Solo hay que recordar que así lo hizo Navarro en la instalación de las sesiones de la asamblea constituyente en 1991 y lo volvería a considerar 15 años después cuando el Polo Democrático Independiente y Alternativa Democrática se fusionaron para crear el Polo Democrático Alternativo. Al parecer, el sancocho nacional es un plato tan atemporal como intermitente.

Volviendo al Pacto Histórico, su naturaleza dinámica e inorgánica, caracterizada por la agregación progresiva de emprendimientos políticos (disidentes liberales, Fuerza Ciudadana e Independientes) y sociales (movimiento Ríos Vivos) a una centralidad cimentada en cuatro personerías jurídicas partidistas (Polo, Up, Mais y Colombia Humana), responde a la necesidad de articular cientos de expresiones locales y regionales a un proyecto electoral a escala nacional, eso explica el porqué el Pacto no se reduce a la figura omnipresente de Petro o que eventualmente se extinga —en su núcleo central — en las cenizas de la segunda vuelta. Sin olvidar a Bateman, habrá sancocho del Pacto Histórico para rato.

El lío es que a la olla de ese sancocho de estirpe nacional se le han condimentado varios sapos y renacuajos que lo pueden tornar indigerible o francamente desagradable. Y fue Gustavo Bolívar quien acuñó la expresión “sancocho de sapos”, deformando el espíritu de la clásica expresión de Bateman y enlazando su sentido a una de las frases más recordadas de Santos (cuando afirmaba que el proceso de paz obligaba a tragarse muchos sapos), así que no deja de resultar hilarante que fuera tras el aterrizaje a la jefatura de campaña de Alfonso Prada un santista de primera línea-, que a Bolívar no le quedara de otra y se viera obligado a aceptar que su dieta en temporada electoral no resulta muy suculenta.

Personalmente, no me cabe la menor duda de que esa tragadera de sapos se debe a un inminente y demencial afán por crecer más allá de la izquierda; es decir, por trascender de ese excesivo localismo (representado en el Polo, la UP y Poder Ciudadano) para proyectarse en las huestes de un liberalismo de raíz socialdemócrata (encarnada por Luis Fernando Velasco y Roy Barreras) y así allanar terreno para posicionarse en el centro; por estos días, representado -en términos de estructura política- en los vestigios del santismo, algunos sectores del Partido Verde y tendencias liberales.

Es una lógica que lleva a concluir que el centro es un puerto de llegada para cantar victoria, ya sea en primera o segunda vuelta, y al centro pretenden llegar tanto Petro como Fico; el primero tras agrupar el pleno de la izquierda en un movimiento de movimientos con cierta resonancia personalista; y el segundo, tras oxigenar a una derecha clientelista y tradicional renuente a quedar atrapada en el desprestigiado fantasma del “duquismo” (la involución del uribismo).

El único consuelo que le queda a Gustavo Bolívar es que sí puede medir las proporciones de su nueva dieta; es decir, determinar el balance de las proporciones, ya que puede escoger, según su animosidad cotidiana, entre el sapo gigante, los sapos y los renacuajos. El sapo fue Alfonso Prada (algunos ya habían digerido el sapo fusionado en la dupla Roy-Benedetti), a los que se pueden agregar, ya sea como sapos o renacuajos —no voy a imponer un criterio diferenciador—, a Piedad Córdoba y Álex Flórez, Piedad en medio de graves señalamientos (y sin capital electoral); y Flórez, aliado político de Quintero y machista de primera línea (y sin mayor capital electoral).

Pero el sapo gigante es el que falta por entrar a la olla de ese sancocho histórico, y no llegará de la Picota como lo quieren hacer ver los medios del stablishment o si acaso será el diminuto Luis Pérez, para nada, llegará como un invitado de altísima importancia y pisando un tapete rojo, me refiero a César Gaviria, un sapo gigante al que muchos ya nos empezamos, resignadamente y sin mayor consuelo, a acostumbrar.

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