El Pacto Histórico debe decidir: romper con el caudillismo de Petro o seguir arrodillado ante su Calígula. Ningún hombre puede adueñarse de la democracia

Man in a warm jacket takes a selfie on a cobblestone street with historic buildings and a crowd behind him, black-and-white photo. - El Pacto Historico debe prescindir de Calígula
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Petro ya no gobierna Colombia. Pero el Pacto Histórico todavía no ha demostrado que pueda vivir sin él.

Y aquí aparece Calígula.

Calígula es la equivalencia política de Petro en sus excesos: megalomanía, personalismo, pérdida de la medida y confusión entre el hombre y el poder. El gobernante que convierte su figura en el centro de la vida política, hasta confundir proyecto y obediencia.

Petro dejó la Presidencia, pero continúa gravitando sobre su movimiento. Esa dependencia revela una debilidad: una cosa es construir un proyecto alrededor de ideas y otra organizarlo alrededor de un hombre. El partido que justifica todo pierde capacidad de corregir.

Calígula representa el poder convertido en extensión de la personalidad del gobernante. La comparación con Petro surge de la confrontación permanente, la personalización de la política, la resistencia a los límites y la tendencia a convertir cualquier discusión nacional en una batalla alrededor de su figura. Su herencia incluye la cultura política que dejó.

Petro llegó al poder mediante elecciones democráticas. Pero ganar elecciones no convierte al gobernante en propietario de la democracia. El voto entrega autoridad para gobernar, no autorización para disponer de las instituciones a voluntad. Un presidente no recibe las llaves de la República.

Las democracias tampoco necesitan un golpe de Estado para deteriorarse. Un gobernante elegido puede utilizar su legitimidad electoral para ampliar su influencia, debilitar controles y presentar a las instituciones que lo contradicen como enemigas de la voluntad popular.

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La democracia puede ser subvertida utilizando instrumentos democráticos.

La demagogia encuentra allí su escenario: dividir al país entre quienes supuestamente representan al pueblo y quienes son señalados como sus enemigos. La crítica deja de entenderse como desacuerdo legítimo y comienza a presentarse como una agresión contra la causa. La legitimidad electoral puede abrir paso a la concentración del poder.

Pero Petro ya no está en la Casa de Nariño.

Y, sin embargo, el capítulo no termina.

Persisten cuestionamientos, denuncias e investigaciones relacionados con asuntos de su administración y su entorno político: salud, presupuesto, Fuerzas Armadas, política energética, contratación, financiación electoral y actuaciones de personas cercanas al poder. También hay controversias sobre Paz Total, organizaciones armadas y las denuncias conocidas bajo la expresión «voto fusil».

No todos esos asuntos tienen la misma naturaleza ni implican responsabilidades personales de Petro. Algunos deberán esclarecerse; otros podrían resultar infundados. Pero son demasiadas controversias para que un movimiento político responsable renuncie a examinarlas críticamente.

¿Qué ocurre cuando la confrontación política termina desplazando la discusión sobre esos hechos?

La protesta es un derecho democrático. Pero cuando cada controversia deriva en una batalla entre seguidores y adversarios, el debate sobre las decisiones públicas puede quedar sepultado bajo acusaciones de persecución y consignas partidistas. Convertir la protesta en una cortina para impedir que el poder rinda cuentas sería otra cosa.

Una controversia desplaza a la anterior. La sociedad se indigna durante unos días y después aparece otra. Lo extraordinario comienza a parecer cotidiano. Acostumbrarse al exceso debilita la capacidad de juzgarlo.

El escándalo deja de escandalizar.

Calígula encarna una advertencia: cuando la voluntad del gobernante se convierte en medida de todas las cosas, quienes lo rodean pueden terminar defendiendo sus excesos para conservar su lugar junto al poder.

Las democracias necesitan más que elecciones y leyes. Necesitan tradiciones políticas: aceptar al adversario, respetar los controles, reconocer los límites y comprender que no todo lo que un gobernante puede hacer debe hacerlo.

Cuando esas tradiciones se debilitan, partido, líder y Estado comienzan a entrelazarse. El partido deja de ejercer control sobre su dirigente y empieza a justificarlo. El dirigente encuentra en sus seguidores una prolongación de su autoridad. Las instituciones corren el riesgo de convertirse en instrumentos partidistas.

Por eso la responsabilidad no está solamente en Petro.

También está en quienes lo acompañaron.

¿Quién le puso límites? ¿Quién estuvo dispuesto a decirle que no? ¿Quién defendió el proyecto cuando defenderlo significaba contrariar al líder?

Los seguidores pueden tolerar en su dirigente aquello que condenarían en el adversario. La fidelidad partidista termina pesando más que las reglas democráticas. Cuando la causa sirve para justificar al caudillo, el partido deja de controlarlo y comienza a protegerlo.

La justicia deberá establecer las responsabilidades que correspondan, sin privilegios ni condenas anticipadas. Nadie puede reclamar inmunidad política frente a investigaciones legítimas ni ser declarado culpable por recibir una denuncia.

Colombia tendrá que acostumbrarse también, posiblemente, a palabras como indictment y extradición, sin convertirlas en consignas partidistas. Si alguna actuación judicial las hace pertinentes, deberán prevalecer las pruebas, la ley y las garantías.

Colombia no puede inventarse una excepción patriótica para proteger a un político.

Ni de izquierda. Ni de derecha. Ni presidente. Ni expresidente.

El Pacto Histórico tiene pendiente una decisión: defender al hombre o defender el proyecto. La izquierda puede volver a gobernar Colombia, pero debe demostrar que puede hacerlo sin depender de un solo dirigente.

Calígula representa el poder cuando pierde la medida. Petro debe representar para el Pacto Histórico la advertencia de lo que ocurre cuando un dirigente termina creyéndose indispensable para una causa.

Si escoge al hombre, seguirá dependiendo de su Calígula. Si escoge la democracia, tendrá que prescindir políticamente de él.

No para complacer a sus adversarios. Para salvarse a sí mismo.

Colombia no necesita otro caudillo. Necesita partidos capaces de sobrevivir a sus caudillos.

El Estado puede tener presidentes; la democracia no puede tener propietarios.

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Por Germán Alberto Bermúdez Ordoñez

Soy escritor, educador y veterano de guerra colombiano. Mi trayectoria integra liderazgo militar, pedagogía humanista y reflexión filosófica, orientada a comprender y transformar los procesos humanos y sociales en contextos de conflicto, posconflicto y construcción de paz.