El orgullo de ser mamerto

“Ya no es necesario que usted se levante oyendo ‘La internacional’ o que ande con ‘El capital’ y un disco de trova cubana debajo del brazo para ser llamado mamerto”

Por: Alvaro Julian Diaz Charry
Junio 27, 2017
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El orgullo de ser mamerto

A través del tiempo, el termino “mamerto” ha tenido diferentes acepciones: de pocas luces, que se “mama”, o abandona fácilmente. Sin embargo en Colombia, la acepción original de mamerto está vinculada con el Partido Comunista Colombiano (PCC). Cuando promediaban los años 60 empezaron a surgir organizaciones de izquierda que vieron en la Revolución Cubana una esperanza de reivindicación de un poder que derribara al establecimiento y emanara directamente del pueblo. Antes de que este movimiento político cobrara fuerza, las luchas populares en nuestro país se erigían irónicamente en torno a figuras como Alberto Lleras o Laureano Gómez. Lo que terminó generando la violencia partidista de los años cincuenta, en donde el pueblo ponía los muertos, pero no tenía ninguna posibilidad real de acceso al poder.

Así pues, luego del frente nacional, las agremiaciones sindicales, campesinas y el movimiento estudiantil buscaron alternativas a los partidos tradicionales, y fue entonces donde en muchas partes, la gente adopto la ideología marxista para describir la desigualdad entre el capital y el trabajo, así como la evidente lucha de clases, en la que los no privilegiados llevaban siempre las de perder.

A pesar de la fuerza del PCC y los diferentes movimientos de izquierda, sus militantes continuaron moviéndose en los resquicios de la sociedad colombiana. Que en su mayoría continuaba consagrada a la camándula y a los partidos liberal y conservador.

Con los años lo que ocurrió, es que ya no es necesario que usted se levante oyendo “La internacional” o que ande con “El capital” (de Karl Marx) y un disco de trova cubana debajo del brazo para ser llamado mamerto. Ni siquiera tiene que militar en algún grupo de izquierda. Basta con que usted asuma comportamientos o creencias que esas masas conservadoras puedan considerar “izquierdosas”. Esto es, si usted condena los TLC, el exagerado presupuesto de guerra, el aparato de la justicia penal militar, las imposiciones de los organismos internacionales de crédito, el poder del capital financiero o la privatización y venta del patrimonio público. Incluso si le parece que la heroicidad de los miembros de la fuerza pública no compensa su corrupción. O que las comunidades deberían tener el derecho de decidir si quieren a una multinacional minera explotando su territorio. Corre usted el riesgo de ser calificado con este apelativo.

En nuestros días, las redes sociales y los foros de opinión en línea se han convertido en auténticos hervideros de controversia y no en pocas ocasiones de agresión contra el que piensa diferente. Lo que debemos considerar es que, si hemos de ser atacados por no cohonestar con los ideales de los seguidores del señor del ubérrimo, o por no agitar las banderas del odio junto al señor de cargaderas. Por ser empáticos con la diferencia y el sufrimiento de otros, así estos se encuentren en latitudes olvidadas del globo como Siria o Afganistán, y no profesen nuestras mismas preferencias políticas o sexuales. Por no pensar que los beneficios a los menos favorecidos de alguna forma amenazan nuestra posición. Por no solo preocuparnos por aquellos que se parecen a nosotros.

Pese a las controversias y ataques. En los últimos años hemos visto cómo las personas con una visión libertaria del mundo son cada vez más. Y aunque no entonen cánticos anticapitalistas ni anden por ahí con los libros de Marx y Althuser en una mochila, podrían juntos dar la pelea para construir un país diferente al que nos heredaron los que enarbolaban los trapos rojiazules manchados de sangre humilde y tal vez puedan poner finalmente en el poder a alguien digno de ser llamado “mamerto”.

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