Opinión

El Nobel de Bob Dylan

Quizás, en contra del desconcierto y la crítica primaria, se acertó rotundamente la pasada semana en Estocolmo

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octubre 17, 2016
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La literatura es menos una bodega de valores culturales acabados que una máquina para darles vida plena, escribe Daniel Albright en su libro reciente Panaesthetics/On the Unity and Diversity of the Arts [Yale University Press, 2014]. Uno de los dispositivos con que cuenta el mundo actual para entender este hecho es precisamente el Premio Nobel de Literatura.

Los valores culturales mutan de civilización a civilización. Sin embargo, dentro de cada una de ellas encuentran comunes denominadores que generan identidades y solidaridades. Lo dice Joseph Conrad en el Negro del ´Narciso´: Una Historia del Mar: el novelista “habla de la sutil pero invencible convicción de solidaridad en sueños, dichas, penas, aspiraciones, ilusiones, esperanzas que unifican mujeres y hombres como humanidad, desde los muertos a los vivos y los vivos a los no nacidos aún”. La creación literaria tiene así el poder de transformar el sentimiento popular crudo y agreste en uno sensible y fuertemente expresivo que mantenga el sentido vivo de pertenencia a estas comunidades de valores.

Además, la literatura es una herramienta de asimilación cultural. Leemos para entender, nos dice Albright, lo que la tribu espera [o no espera] de nosotros y contrastarnos frente a sus ideales. Nuestros sistemas volitivos son en parte innatos y en otra van forjados por el entono cultural.

La literatura pero sobre todo la música tienden a ser particularmente invasivos. Es difícil no permitir su influjo. Finalmente la sensibilidad, el código moral y el esquema organizativo de realidades ficticias terminan filtrándose en individuos y sociedades.  Hace algunos años, en una entrevista, Mario Vargas Llosa recordaba el caso de algún colega escritor de juventud que le aconsejó no leer a nadie con el fin de mantener el estilo limpio e inmune.

Y literatura, como música, abren las puertas del sistema nervioso de quien formula su propuesta creativa. En una de los  cursos magníficos sobre cultura griega en su memorable Muro Blanco le oí a Andrés Holguín, a propósito de Homero, que la ficción literaria nacía finalmente cuando era posible que el lector experimentara el fenómeno de la alteridad: ser otro, como lo quiso Arthur Rimbaud en Je est un autre [Yo soy otro]. Por esta razón, la literatura es esencialmente liberatoria: el encuentro de aquel país extraño, descrito por Borges, donde la filosofía es literatura fantástica. Todos queremos ser otro.

La fantasía que despierta valores podría ser una definición apta de literatura. Bob Dylan es en esta óptica un poeta que apela a la amplitud melódica. Al contrario de Stravinsky, para quien –vaya paradoja- la música es incapaz de expresar cualquier cosa, Dylan acude al lenguaje musical del rock. Posiblemente sin saber que se circunscribe a la prescripción de Monteverdi en su Octavo Libro de Madrigales [1638], donde la música se divide en stile molle [estilo suave]   stile temperato   [estilo calmado] y stile concitato [estilo excitado]. Común a música clásica y rock.

 

 

El pseudomorfismo de poesía a música existe
en obras de William Blake, William Butler Yeats y Percy Shelley,
quienes escribieron poesía que se enmarcara en ciertas formas de melodía

 

 

Que todo arte aspira a la condición de música fue planteamiento de Kant, en lo que bautizó Anders-streben en su análisis de la belleza y la autonomía estéticas. El escritor inglés Walter Pater aplicó la noción a la Escuela de Giorgione y en especial a la obra El Concierto de Tiziano. Se habla de pseudomorfismo artístico. Es decir, transformaciones de literatura a pintura, de pintura a literatura, de poesía a música, de música a poesía, de pintura a música y de música a pintura. El pseudomorfismo de poesía a música existe en obras de William Blake, William Butler Yeats y Percy Shelley, por ejemplo, quienes escribieron poesía que se enmarcara en ciertas formas de melodía. Más recientemente Kurt Weill y Bertolt Brecht.

Albright en su libro sobre panestética cita además dos casos notables contemporáneos: Louis Jordan y Bob Dylan. Por razón de estructura idiomática, poemas en lengua alemana, inglesa, portuguesa e italiana, más que en español y francés, brindan al compositor materia prima útil para lanzarse a la búsqueda del kantiano Anders-streben. O la condición infalible de música.

Desde Ferdinand de Saussure a Jacques Derrida el lenguaje es advertido como un encadenamiento de significados sucesivos y diferidos que no cristalizan nada. Cualquier intento acaba en otro significado encubierto. Wittgenstein otorga superioridad significativa a la música.  Y analistas de corte postmoderno como Andrzej Warmisnki y Paul de Man encuentran una incompatibilidad fundamental entre principios gramaticales estereotípicos y significados ricos y multiformes.

¿Encontrar significado más intenso y comprensivo a determinada forma artística empuja a otra ruta expresiva? ¿Se tiene que saltar de pintura a escultura o de literatura a música? Kant lo intuyó, dejando claro que el fenómeno estético es más fuerte cuando se produce la liberación. Por otra parte, las formas artísticas se unen fluidamente porque jamás han estado separadas en modo tajante.

 

 

Bob Dylan ha compuesto poesía surrealista
y la ha expresado melódicamente en el género
que mejor lo comunica con sus contemporáneos: el rock. 

 

Para Wagner, el baile –ni siquiera la música- era la forma suprema. El nuevo Nobel de Literatura Bob Dylan ha compuesto poesía surrealista y la ha expresado melódicamente en el género que mejor lo comunica con sus contemporáneos: el rock. La vía doble [poética y musical] que conduce a su liberación propia y rompe el encierro de los significados previsto por Saussure y Derrida. Así a los miembros de una minoría global no nos simpatice el buen o el mal rock.

Todo objeto, circunstancia o ser tiene la capacidad para suscitar creación. Verbalizar, musicalizar, pintar, esculpir, danzar son las opciones disponibles. El decurso histórico de la creación evidencia que la imaginación multimedia  también existe y es siempre posible.

La labor del crítico –del inevitable e inefable crítico- es evaluar la calidad intrínseca de la creación suscrita a una o varias formas. La academia sueca lo ha hecho al otorgar al Premio Nobel a Allen Zimmerman, más conocido como Bob Dylan, poeta y compositor  nacido en la entraña del medio oeste estadounidense, quien viene escribiendo y cantando hermosamente –a veces con nostalgia, a veces con candor, a veces con apagada felicidad- la vida de sus coterráneos. Donde hay valores que cobran vida y asperezas que se elevan con la óptica de encanto y esplendor suya. Tal es el sentido de la literatura.

Quizás  -en contra del desconcierto y la crítica primaria- se acertó rotundamente la pasada semana en Estocolmo.

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