Opinión

El negocio del miedo

Aquí cada exmilitar o expolicía de rango tiene su propia agencia de seguriddad, un emporio exitoso basado en conservar en alza el nivel de miedo y vender protección

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marzo 03, 2022
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El negocio del miedo
Los esquemas de seguridad le cuestan al Estado cerca de medio billón de pesos al año. Foto: Leonel Cordero

El mejor negocio de la seguridad privada es la inseguridad. Aquí cada exmilitar o expolicía de rango tiene su propia agencia, un emporio exitoso basado en conservar en alza el nivel de miedo y vender protección.

Blindajes, armas, celadurías o guardaespaldas son suculenta mercancía, un decorado aplastante que se ha tomado a la sociedad e inflama su característico arribismo, de manera que quien mayor decorado de protección pueda exhibir, más significativo viene a resultar en la escala del caos; cuanto más grande la camioneta o la caravana que va por la calle arremetiendo contra la ciudadanía, más digna de adulación es la bestia que anda en ella.

A eso le llaman, y los propios protegidos se babean diciéndolo:  esquema de seguridad, y en general salvo que se trate del “esquema” de narcotraficantes o empresarios privados, lo paga toda la sociedad con impuestos; cerca de medio billón de pesos del presupuesto público cada año, plata que serviría para un libro se destina más bien a cebar esa aspiración demostrativa, todos quieren su esquema, los políticos más viles, los funcionarios más serviles, cada mezquino en alguna posición pública consigue adjudicarse su esquema y darse un baño de categoría.

Esto se nutre de muchachos sin trabajo y sin ilusión, que no tienen otra que uniformarse en el ejército. Los comandantes proveen para ellos el mejor consejo: hacer, mijo, curso de celador o guardaespaldas, volverse fuerte en un “esquema de protección”. Dicho más fácil, curso para brillarle el ego al doctor y la doctora, esperarlos en el restaurante en función de que la gente sepa que allí cena un duro, sacarles los perros a mear, y reírse complacientes con los niños del mister cuando van a fiestas hasta la madrugada. A los guardaespaldas de los funcionarios mediocres les pagan menos y se les agranda el trasero viendo morir las horas entretanto esperan sentados dentro de un blindado al doctor. A los de narcotraficantes y criminales les va mejor en la paga, pero toca cumplir quehaceres por lo general más agresivos.


Tal vez no alcancen a imaginar el asco que da saber que un porcentaje de cada peso pagado en impuestos se destine por siempre a mantener su vanidad.


Si las calles no fueran o no dieran la idea de patio del infierno carcelario, los dueños de la seguridad privada verían disminuir sus finanzas. Así que toca mover violencia o tolerarla en convenientes dosis. Con noción de terror más vende el negocio de la seguridad, más blindados y guardaespaldas colman el escenario y más resplandece la imagen de los políticos, de los servidores y los depredadores públicos que suben en ella en cuanto mayor cantidad de cuidadores agreguen a su séquito.

Ante esto parece como chiste que a Angela Merkel —recordarán que fue por 16 años Canciller de Alemania, una de las mujeres más influyentes en toda la historia política de Europa—, hace unos días le robaron la cartera cuando ella por sí sola hacía compras en el supermercado al que acostumbra ir incluso desde el tiempo cuando gobernó. El guardaespaldas que la acompañaba —no anda con más que ese único vigilante—, no se percató del incidente.

A diferencia de Colombia, es un orgullo democrático para los altos empleados oficiales no llevar escolta, ir caminando o hacer la misma fila de ingreso que todos a un espectáculo. Salvo que se trate de una estrella de rock, se entiende que a una persona normal o decente le produciría vergüenza andar por ahí rodeado de centinelas.

Sería tiempo para que los funcionarios (Congreso, Cortes, corporaciones, y muchos de la rama ejecutiva) prescindan de esa colosal y costosa estructura de seguridad que no necesitan. Casi nadie los reconoce por sus méritos y ningún riesgo los ronda salvo el de parecer eso que suele denominarse despectivamente como el ciudadano de a pie.  Sería tiempo de que se bajaran de sus pedestales más inicuos, estos son una afrenta; tal vez no alcancen a imaginar el asco que da saber que un porcentaje de cada peso pagado en impuestos se destine por siempre a mantener su vanidad.

Pero no hay como ilusionarse. Esto no sucederá. El arribismo incrustado al ADN de una buena parte de esta sociedad disfruta el brillo de vivir envueltos por gendarmes. Y los dueños del negocio, los proveedores de todo ese servicio que representa mantener escoltas, carros, vigilantes, perros, armas, municiones o blindajes en la gran empresa del miedo, harán cuanto se requiera para que el rumor de la criminalidad se mantenga en sus “justas proporciones”.

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