¡El millonario gorrero del carpintero arruinado!

A pesar de tener dinero, Salvador siempre se aprovechaba de Teodorito para que gastara la de whisky. Crónicas de nuestro pueblo

Por: RICARDO MEZAMELL
noviembre 03, 2020
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¡El millonario gorrero del carpintero arruinado!
Foto: Pixabay

Un anochecer de sábado del mes de diciembre de 1976 salí de mi casa para visitar a unas entrañables amigas; a mitad de camino me llamó don Salvador, quien estaba en la terraza de su residencia, sentado en una mecedora de mimbre momposina alrededor de una mesa licorera donde había una botella de whisky, conversando en amena velada con Pitirri, su ayudante de camión, y el carpintero conocido cariñosamente como Teodorito.

Llegué, saludé y acepté la invitación de quedarme a departir con ellos; cuando solo quedaban tres centímetros cúbicos para terminar la botella, don Salvador le ordenó al carpintero darle plata a Pitirri para que fuera a comprar dos litros más del fino licor, a lo cual respondió de inmediato el ebanista sacando dinero de su bolsillo.

Culminado el convite, de regreso para nuestras casas Pitirri me contó que momentos antes de yo llegar, don Salvador le había pagado al artesano la elaboración en madera de una carrocería para un chasis de vehículo que usaría en el transporte de bultos de algodón semilla para la desmotadora; que siempre le hacía lo mismo, citarlo los sábados en la noche a su casa para pagarle los trabajos que le hacía y, después de entregarle la plata, decirle que como estaba “encaletao” se mandara una de whiskey para celebrar y, con ese pretexto las demás que consumieran.

Teodoro se distinguía por su humildad, amabilidad y parquedad al hablar; era el carpintero que con gran finura elaboraba los muebles de madera de las familias del alrededor, así como los juguetes que en navidad nos traía el niño Dios.

Su catálogo de trabajo fue tan amplio que en su humilde taller fabricó las carrocerías, entre otros, de los buses de servicio público urbano: “Virgen del Carmen”, de Eliécer Cárcamo; “La Medio Paso”, de los hermanos Terra y Viravira Barrios; “La María Modelo”, de Leonardo Delgado; y, “La Toletuá”, de don Alirio Rendón.

El ebanista tenía un hermano también bajito como él, de nombre Enrique, quien manejaba un jeep Willys de servicio público y, siempre que se emborrachaba, todos los sábados por supuesto, si no peleaba con los compañeros de juerga, iba a provocar a su hermano, reclamándole dizque por la conchudez de vivir sin pagar arriendo en la casa de su madre, la señora Felicia.

En una de sus frecuentes riñas Enriquito dejó mal herido a su contendiente, quien al recuperarse, según el decir de algunas personas, le pagó a un brujo para que le pusiera un maleficio a aquel; pero fue Eney, la hija, quien desafortunadamente al salir temprano de la casa para comprar la leche, pisó la envoltura que desató el embrujo en su contra.

A partir de ese momento, un espíritu la asechaba a toda hora: echándole tierra en las comidas, rasgándole el vestido que tenía puesto, introduciéndole espinas de pescado en los oídos y, en las noches, zarandeándola y tirándola de la cama para no dejarla dormir. A la muchacha la llevaron adonde el sacerdote, quien, no obstante las innumerables oraciones y los baños con agua bendita, no pudo liberarla de la hechicería; fue, entonces, cuando por consejos de amigos buscaron a un brujo “bueno” para que le pusiera un espíritu protector, lo cual suscitó innumerables enfrentamientos entre los dos lémures en torno a la muchacha.

Como a las siete de la anoche de un día viernes del mes de julio de 1973, me encontraba en los billares Siglo XX cuando llegó mi amigo Arturo y me invitó a que fuéramos en mi bicicleta al barrio Santa Rita a “presenciar” en el patio de la casa donde vivía Eney con sus padres, lo que sería la pelea definitiva entre el mal y el bien.

Por puro miedo no me atreví a ir; es que yo había visto a la muchacha con la espina de pescado girándole dentro de un oído, por haber ocurrido ese suceso una tarde en la casa de su abuela, quien vivía enfrente de la mía, y me preocupaba que al salir de ella el espíritu atormentador, entrara a poseer al primero de los presentes que encontrara en su camino.

No obstante esa prevención, Arturo decidió ir solo, le facilité la bici y se fue a observar la contienda; cuando regresó eran como las diez de la noche y, por mi miedo confesado a los muertos, fantasmas, espantos y espíritus, no me interesé en que a esa hora me refiriera lo que había observado. Una semana después, Evelinda, tía de Eney, me contó que la reyerta la había ganado el espíritu bueno, el cual era el de un muchacho que había muerto tres años antes por una cornada de un toro en las fiestas de corraleja de Sincelejo.

Mucho años después, Arturo me contó que esa noche él llegó a una casa modesta, ubicada en las afueras del pueblo, en un paraje despoblado y con escasas bombillas de energía eléctrica, donde entraban y salían personas, con sus alrededores atestados de vecinos.

Allí oyó decir que un brujo estaba tratando, desde hacía dos días con sus noches, de expulsarle el espíritu maligno a la muchacha. Continuó, que cuando empezaba a enterarse de los detalles del exorcismo, se escuchó un aullido como de un ser de ultratumba y de inmediato muchos de los curiosos se retiraron despavoridos; luego, cuando se hizo más ensordecedor y acompañado de palabras inentendibles oyó decir que era el diablo, lo cual le causó tanto pánico que lo hizo salir del lugar a toda prisa, al igual que las pocas personas que aún estaban a su alrededor.

Retornando a nuestra crónica principal, por el malestar interior que me generaba el hecho que el ebanista fuera todos los sábados a la casa de don Salvador a gastarle el whisky de sus farras, mientras su familia vivía en precarias condiciones económicas, un día le pregunté si era consciente de por qué a aquel “le gustaba emborracharse con él”, como siempre se lo decía al calor de los tragos. Quedé sorprendido cuando me respondió: “Si, lo sé, pero me gusta más que sea así, y no lo contrario”. Entonces, le dije: Teodoro, no entiendo, y seguidamente agregó: “¡No te imaginas la inmensa alegría que me da el saber que la gente comenta que don Salvador, quien tiene plata y se jacta diciendo que es millonario, me gorrea a mí, que soy un pobre carpintero arruinado!”.

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