El matarifismo (I)

Todo empezó entre 1990 y el 2000, cuando el mundo político del país se llenó de matarifes y cada uno se hizo dueño y amo absoluto de su región

Por: Emilio Lagos Cortés
enero 25, 2021
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El matarifismo (I)

Y como toda semilla, la del prematarifismo dio fruto, rápidamente Colombia pasó a los tiempos del matarifismo. Por matarifismo se entiende el dominio de la política colombiana por parte de personas que provienen del mundo de la criminalidad, especialmente del narcotráfico y el paramilitarismo; es decir, se refiere al dominio y control mafiosos sobre la sociedad.

Entre las décadas de 1990 y del 2000, el mundo político del país se llenó de matarifes; cada uno se hizo dueño y amo absoluto de una región. El narco de turno se apropió de la gobernación, muchas veces en su propia persona, otras veces mediante testaferros políticos. Su dominio se extendió a las distintas entidades del estado en el ámbito local, de manera que controlaron las alcaldías, los hospitales, las notarías y los juzgados. Por supuesto, también capturaron los entes de seguridad estatales, desde la Policía y el Ejército, hasta la Fiscalía y el aparato de inteligencia, el DAS. Todos al servicio del matarife local, un pequeño rey y señor. Quien se opusiese a tal poder, era asesinado por sicarios o encarcelado con base en montajes judiciales; no había escapatoria.

Consolidados los dominios territoriales en cabeza de una rosca de matarifes de provincia, el siguiente paso lógico fue la coordinación, a escala nacional, de esos poderes mafiosos territoriales. Cosa difícil, ningún matarife de provincia tenía el poder político suficiente para imponerse sobre sus congéneres, ni mucho menos sobre la elite política tradicional, dueña del país desde hace 200 años. Pero hubo uno de esos matarifes que sobrepasó a los demás; se impuso sobre ellos, no como uno entre iguales, sino como el número uno, a pesar de sus modestos inicios desde un opaco número 82 en la lista de narcotraficantes del Tío Sam. Él sería “Él Matarife”, con mayúscula, como Dios.

La clave de su ascenso político fue sincronizarse con el sentir de la opinión pública, que veía en el creciente fenómeno guerrillero la mayor amenaza para Colombia. En su meteórica carrera política construyó un discurso que integraba sus creencias de rezandero católico (otro rasgo característico de todo mafioso, que en un momento puede ordenar un asesinato y en el siguiente orar en el altar de una iglesia) y el discurso anticomunista. Así pasó rápidamente de ser un simple gobernador de provincia a ser presidente, con el apoyo abrumador de la población. Después explotaría con mayor refinamiento el miedo de los colombianos hacia el comunismo; para sus campañas políticas acuñaría términos como “castrochavismo”, “prechavismo” y “castrocomunismo”. Entendió que en la política la mejor manera para manipular a las masas es servirse de un prejuicio sembrado durante décadas. Luego los grandes medios de comunicación se plegaron a su poder, como siempre; son el aparato publicitario de quien quiera que tenga el poder político y, por tanto, el control de la pauta estatal en publicidad.

La más gigantesca campaña mediática pronto lo enalteció como el colombiano más importante de la historia. Claro, para ello se requirió de un gigantesco aparato de propaganda que ensalzara las virtudes del Matarife-presidente, y que echara tierra sobre sus andanzas en tiempos no muy lejanos, en tiempos de prematarifismo. Así, mientras se cerraban los ojos de los colombianos ante sus evidentes conexiones non sanctas, el matarifismo se convirtió en la religión dominante entre la sociedad. El Matarife se hizo el amo absoluto.

El sueño de Pablo Escobar, que un mafioso alcanzara la presidencia, por fin se había realizado. En adelante el aparato del Estado estaría completamente al servicio de la mafia en sus distintas expresiones y el Estado, al servicio de los bandidos. Los políticos ahora eran solo apéndices del poder de la mafia. El Congreso, tradicional nido de corrupción, se convirtió en nido de agentes políticos del narcotráfico y el paramilitarismo. A sus sesiones llevaron, y ovacionaron de pie y ante las cámaras de televisión, a la jefatura militar del aparato armado de la mafia. Solo unos pocos, entre ellos un joven senador oriundo de una de las provincias más empobrecidas de la costa norte, se levantaron y protestaron contra semejante ignominia. Pero, de momento, eran voces impotentes.

Aunque abstemio por naturaleza, alguna que otra vez caía bajo los efectos de unos tragos de aguardiente, el único licor que consumía. En esas raras ocasiones terminaba sentado, solo, en una de sus pesebreras; aunque se sentía orgulloso de sí mismo, no podía escapar a las acusaciones de su propia conciencia, ese juez implacable que a todos alcanza tarde o temprano. De los laberintos de su memoria llegaban los gritos de los torturados, las imágenes de los masacrados, los testigos asesinados. Pero lo que más le afectaba era el recuerdo del amigo de juventud que lo había traicionado; “Pedro Juan, perdóname” gritaba como poseso, unos gritos que infundían miedo hasta en sus más experimentados escoltas, veteranos de muchas batallas, que lo protegían a cierta distancia.

Esos momentos de debilidad solo eran episódicos en la vida del Matarife. Al día siguiente, con la seguridad en sí mismo que la sobriedad le procuraba, conjuraba sus miedos de la noche anterior ajustando cuentas con su amigo de juventud, “…quisiste pasarte de listo conmigo y te partí la cara, marica.”, pensaba silenciosamente mientras por radioteléfono le reclamaba resultados a sus generales; resultados que solo podían medirse en conteo de cuerpos, baldados de sangre y “masacres con contenido social”.

En la plenitud de su poder, El Matarife se deleitaba al contemplar su consagración. Había logrado lo que todo capo soñaría en el mejor de sus sueños. Era respetado socialmente, todos le temían, tenía prosperidad económica. Cuando no estaba en el palacio presidencial o en los distintos batallones, saltaba entre su hacienda de miles de hectáreas de ubérrimas tierras en la costa norte del país y su finca quinta al lado de Medellín, donde tenía sus pesebreras, era un gran caballista, como toco capo mafioso en Colombia. Uno de sus recursos para encantar a la opinión pública era montar uno de sus caballos de paso mientras sostenía un pocillo con tinto, sin derramar una sola gota; era todo un culebrero en relaciones públicas. Aunque le sobraban enemigos, en el mundo de la mafia es inevitable, se sentía seguro, 300 escoltas lo protegían día y noche, todo por cuenta del contribuyente, “…y el güevón del Escobar que tenía que pagarle a sus guardaespaldas”, pensaba mientras se iluminaba su cara de seminarista.

Se sentía realizado, pero al mismo tiempo le invadía un miedo instintivo a que su poder terminase en algún momento. Estaba convencido de que en el mundo de la mafia no existen los capos sin poder, o se es el jefe de jefes o se termina en una cárcel o con una bala en la cabeza. Estaba seguro de que en su vida solo existían las posibilidades del poder o la ruina personal. Por eso su obsesión era reformar un articulito en la constitución, de manera que pudiese ser designado presidente vitalicio del país.

Posdata. Resulta evidente la destrucción del aparato productivo nacional debido a la política económica neoliberal de libre impuesta desde los años 90. Apenas se deja de hablar de la crisis de los paperos, se comienza a hablar de la crisis de los arroceros, una de las razones: el arroz importado.

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