El maestro en esta pandemia

La educación es un engranaje de muchos procesos y no puede definirse ni redefinirse de un momento a otro, menos cuando se trata de cambiar paradigmas o esquemaa

Por: Álvaro Ramírez Anichiárico
mayo 19, 2020
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El maestro en esta pandemia
Foto: PxFuel

Este 15 de mayo se celebró el Día del Maestro en Colombia. Igual que el día de las madres, fue una conmemoración atípica, si es que de celebración se puede hablar. En las actuales circunstancias de aislamiento social y virtualización forzada de clases, aprendizajes y orientación escolar en general, es pertinente una reflexión sobre lo que viven muchos maestros en estos momentos y la percepción que existe en el país sobre su trabajo.

La pandemia que vivimos, aun con toda la crisis, el pánico y la incertidumbre que ha generado, ha permitido conocer los lados oscuros y mezquinos del ser humano. Las principales víctimas son los trabajadores de la salud, desde auxiliares hasta prominentes médicos y científicos, quienes son rechazados, discriminados, humillados y hasta agredidos por personas que han sido y serán muy probablemente sus pacientes futuros, es contradictorio y triste; no se entiende cómo se actúa así con un profesional al que todos necesitamos permanentemente, y muchas veces, nuestra propia vida depende de ellos. Lamentable, incomprensible y peligrosamente inexplicable. Situaciones similares viven otros profesionales o trabajadores de diversos oficios, desde vigilantes hasta servidores públicos.

Después de los profesionales o trabajadores de la salud, a mi juicio, los maestros son los más incomprendidos, si bien no rechazados; especialmente los que laboran con niños de la primera infancia hasta la educación media. Aunque la mayor parte de la ciudadanía valora el esfuerzo que hacen en las actuales circunstancias, otro sector de esta sociedad les muestra su cara poco amable, su insolidaridad, su mezquindad, y hasta empiezan a culparlo de los problemas que históricamente vive el sistema educativo colombiano, público y privado. La emergencia trajo consigo la suspensión inmediata de actividades escolares, estudiantes y maestros pasaron a un repentino aislamiento necesario y prudente, sin oportunidad para preparar o diseñar nuevas estrategias, o un sistema basado en la virtualidad, aunque en muchas instituciones se viene implementando el trabajo en ambientes de aprendizaje virtuales y el uso de herramientas de alta tecnología desde tiempo atrás.

Un análisis aparte merece la situación de los maestros rurales y de sectores urbanos marginales, quienes siempre han trabajado en condiciones menos que básicas y elementales, por no decir rudimentarias. Esa es otra historia para un análisis posterior.

Esta reflexión tiene otra dirección, lo que sucede en la mayoría de los sectores educativos públicos y privados con capacidad para pagar un servicio y donde se cuenta con recursos para poder trabajar aprendizajes a través de herramientas virtuales. Aquí encontramos toda clase de historias, anécdotas, absurdos, insensateces, también aplausos y reconocimiento. Mientras un gran porcentaje de la comunidad de padres de familia reconoce la labor de los maestros en esta pandemia, otro porcentaje, menor pero altamente nocivo, sobresale por su desconsideración, descalificación, crítica insana, irrespeto a la intimidad de las instituciones y hasta por utilizar con frecuencia la consabida frase amenazante de “yo soy el que le pago” o “para eso pago”, que suele esgrimirse como argumento grosero y arrogante a la hora de reclamar un derecho.

Hoy, todos los padres saben de educación, de procesos pedagógicos y didácticos, de estrategias de aprendizaje, de clases y ambientes virtuales, de rúbricas, de logros, etc. Los maestros no saben qué hacer ante tantas sugerencias, indicaciones, inconformidades, quejas y reclamos de los padres de familia, lo cual hace que se sientan desmotivados, inseguros y algunos con ganas de renunciar. Sí. Renunciar. Es la verdad. Pero infortunadamente tienen necesidades básicas familiares. Muchos padres de familia no logran entender, y menos aceptar, que los profesores están trabajando en unas condiciones para las cuales no estaban preparados, están laborando jornadas de más de doce horas porque ellos los llaman por la noche cuando llegan del trabajo y quieren hacer las tareas con los hijos; esos maestros trabajan desde la intimidad de su hogar, en sus espacios familiares, con sus propios recursos o asumiendo el costo que genera tener Internet de calidad y permanente, planes de minutos para llamar a estudiantes y padres, consumo adicional de energía, usan sus equipos de cómputo, mientras sus hijos lo necesita para sus clases, porque también son estudiantes. Todo esto sin contar que el fluido eléctrico se va con frecuencia y la conexión de Internet es mala en muchos sectores de las grandes ciudades, en municipios y corregimientos del país.

Adicionalmente a lo anterior, la inmensa mayoría de estos maestros no recibe puntualmente su salario, o simplemente no lo ha recibido en los últimos meses, ni recibirán primas, y no porque la institución tenga la intención de no hacerlo, es porque muchos padres no están cumpliendo con el pago de las pensiones, unos porque quedaron sin empleo, otros porque viven de actividades económicas que están paralizadas, y unos últimos porque, como sus hijos no están recibiendo clases presenciales, el colegio no tiene gastos y es un abuso cobrar la pensión o exigir la totalidad de la misma, con lo cual se desconoce que los gastos mayores de una institución están los salarios de su planta docente y el arriendo de las instalaciones. Sin embargo es evaluable aquello en disminuir el costo de la pensión para aliviar un poco a las familias. De todas maneras es lo que dice, lo que se argumenta y lo que circula en las redes sociales. Hay que adentrarse en el corazón de la situación, revisar con mayor objetividad y solidaridad la labor que en estos momentos está haciendo el maestro de Colombia, del estrato que sea y en cualquier región.

También hay algo curioso en toda esta situación: los padres que ahora están todo el día en la casa y ayudan a los hijos en los quehaceres escolares, se asombran por lo que sus hijos deben hacer, por una actividad, por un examen, por una tarea, es decir, por lo que sus hijos suelen hacer en condiciones normales en el colegio, con autonomía y cierto nivel de responsabilidad, sólo que tal vez algunos no acostumbraban a acompañarlos tan de cerca. Además, desconocen las habilidades del hijo que, como estudiante, es capaz de sacar adelante actividades de alta complejidad en las diferentes asignaturas. Hay padres para quienes Educación Física, Ética y Artística, por ejemplo, nunca tuvieron importancia o valor cognitivo, hoy las exigen aunque sea virtualmente. Para reflexionar, sin decir que no es válida la petición.

De todas maneras hay aspectos que mejorar, capacitaciones que hacer y seguramente cada institución hará un rediseño de su proyecto educativo para adaptarse a las nuevas condiciones y retos que plantea la actual circunstancia de aislamiento social. Pero es necesario tiempo. La educación es un engranaje de muchos procesos y no puede definirse ni redefinirse de un momento a otro, y menos cuando se trata de cambiar paradigmas o esquemas de trabajo, tanto para el colegio-maestro como para el estudiante-padre de familia. Se necesita rodear a los maestros, tenerles fe, confianza, ayudarlos constructivamente y entender que se necesita tiempo.

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