El libro que Alejandro Gaviria le envió a su hermano Pascual, secuestrado por las Farc

Cayó en una pesca milagrosa en la carretera de Medellín a la costa y estuvo un mes en la selva. Esta es la historia contada con la gracia de Pascual Gaviria

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septiembre 06, 2021
El libro que Alejandro Gaviria le envió a su hermano Pascual, secuestrado por las Farc

Acababa de terminar el mundial de Francia 1998, era julio y Pascual Gaviria tenía 26 años y un grupo de amigos por los que le gustaba andar en carretera en un Trooper, rojo, poderoso y andariego. Para celebrar la vida se fueron con cuatro parceros de Medellín a Cartagena. Habían recorrido 151 kilómetros hasta la cima del Alto de Ventanas cuando se nubló el horizonte.

Entre la neblina espesa de la cima alcanzaron a divisar una fila larguísima de carros; creyeron que se trataba de un derrumbe. Se les olvidó en qué país estaban, cuál era esa Colombia en la vuelta del siglo pasado.

Pascual, en alpargatas, se bajó del campero. Caminó unos 500 metros hasta que vio a dos guerrilleros del frente 36 de las Farc. Eran unos muchachos de cara chamuscada por el sol, silenciosos y desconfiados como cualquier campesino. Pascual, el abogado de Los Andes que soñaba con ser escritor, siempre abierto a la aventura, le preguntó una obviedad. Le respondieron con un monosílabo cualquiera y una carta membretada que tenía en su cabecera la imagen del Che Guevara.

Pronto las horas impacientaron al grupo. Con preocupación veían cómo la tarde iba avanzando y todo quedaba paralizado. La calma la rompió un helicóptero del ejército sobrevolando la zona. Entonces los guerrilleros se inquietaron. Caminaron de un lado para otro y tomaron decisiones. Con la cédula de Pascual en mano, creyendo que podía ser familiar del narcotraficante Pablo Escobar Gaviria, se llevaron en la Pesca Milagrosa al joven abogado mientras encendían decenas de carros atrapados en esa pesca.

La caminata, para los doce secuestrados y, sobre todo, para Pascual, fue una tortura. Tenía alpargatas y entre las piedras y la gruesa hierba del monte se le abrieron los pies. La primera noche, después de diez horas caminando, la pasaron en un trapiche abandonado. La cama eran dos bolsas de basura pegadas con cinta y puesta encima de la superficie ondulada de la caña descartada y rebosante de cucarachas. Esa noche, debido al acoso del ejército, las FARC tomó la determinación de liberar a ocho de los secuestrados. Pascual no estaba entre ellos.

Una de las pocas alegrías que tuvo el aspirante escritor fue cuando le llegó El espejo del mar, el libro de Joseph Conrad, uno de los escritores más admirados por su hermano Alejandro. Lo abrió con la desesperación de un ahogado que vuelve a vivir. Creía que iba a tener entre sus páginas un mensaje cifrado, ojalá un saludo de amor, de esperanza. Pero en cambio sólo tenía estas escuetas palabras “Favor entregar a Pascual”. La Fundación País Libre en ese año había impuesto a rajatabla una norma entre los secuestrados y sus familias: no mandar mensajes que expresaran emociones. Cualquier resquicio de afecto, de información personal, podría ser usado por los captores para manipular o presionar. Había que ser duro, y Pascual lo fue, por eso, a diferencia de otros compañeros suyos, no estableció ningún contacto con sus captores. Se encerró en sí mismo.

La guardia que lo vigilaba no podría ser más dispar, cuatro niños y Yuri, una durísima guerrillera que vivía con un rostro tan adusto como el cañón de un rifle. Yuri era quien lo despertaba cada mañana con un tazón de café cerrero y lo resguardaba hasta “la chonta” para iniciar el día, uno más del mes que pasó en la montaña  en el que ni siquiera tuvo cabeza para leer el libro de Conrad enviado por su hermano.

Con Yuri se reencontró veinte años después, ella sin armas en el Espacio Territorial de Riosucio y él con el lápiz de reportero para escribir una nota junto a la periodista Andrea Aldana para Universo Centro. Se rieron. Hubo tiempo para recordar lo menos peor.

*Datos tomados de artículo Universo Centro.

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