No todas las muertes agotan la vida. Algunas obligan a evaluar la vigencia de una obra que continúa actuando por su propia fuerza. A once años de la muerte de Carlos Gaviria Díaz, su legado no se reduce a la evocación personal, sino que puede rastrearse en decisiones judiciales, debates públicos y formas de argumentar que siguen influyendo —muchas veces sin referencia explícita— en la vida institucional del país.
No conocí a Carlos Gaviria. Cuando murió, en 2015, el país aún se me presentaba como una realidad distante. Con el tiempo, su nombre dejó de ser una referencia abstracta y empezó a aparecer en fallos, en debates y en ciertas discusiones sobre libertad individual donde, sin advertirlo, alguien repetía su argumento. Así ocurre con algunos juristas; pues, desaparecen como personas y permanecen como criterio.
Su paso por la Corte Constitucional coincidió con un momento de expansión interpretativa abierto por la Constitución de 1991. Allí participó en decisiones sobre la despenalización de la dosis mínima, la eutanasia y la protección de comunidades indígenas frente a intereses económicos. No fueron pronunciamientos aislados ni gestos de audacia personal. Respondían a la idea consistente de que el Estado no puede invadir el ámbito de decisión individual sin una justificación estricta, y de que la dignidad humana no es una fórmula retórica sino un límite jurídico exigible. Esa posición dialogaba con la tradición de Immanuel Kant, en cuanto afirmaba que el ser humano debe ser tratado como un fin en sí mismo.
Es, a decir verdad, el magistrado constitucional más importante de la historia de Colombia. Formado en la teoría jurídica de Hans Kelsen, defendió la autonomía del Derecho frente a sistemas morales cerrados. Sin embargo, su trabajo muestra que esa autonomía no implica neutralidad vacía. En sus decisiones hay una línea constante de evitar que el juez sustituya la conciencia del individuo, pero también de impedir que la ley se convierta en instrumento de imposición mayoritaria. Esa tensión —entre la forma jurídica y la protección efectiva de la persona— definió su manera de entender el oficio.
En la docencia, especialmente en la Universidad de Antioquia, su influencia no fue ostentosa, pero sí duradera. Quienes lo trataron, quienes pasaron por sus clases e incluso quienes lo hemos leído después de su muerte podríamos coincidir en su característica exigencia en el uso del lenguaje. No era una preocupación formal, sino una condición del pensamiento, en la línea de Ludwig Wittgenstein —el conocido filósofo austriaco—, de quien extrajo la consigna de que «los límites del lenguaje son los límites del mundo»; así, más que enseñar teorías, Carlos Gaviria Díaz formaba en un método donde cada palabra debía poder sostenerse y cada afirmación responder por su alcance.
Su incursión en la política no alteró esa tesis. Como fundador del Polo Democrático y candidato presidencial, intentó trasladar al debate público una ética de la oposición basada en argumentos y no en descalificaciones. Allí apareció su eje constante en defensa de la soberanía nacional. No en un sentido retórico o declamatorio, sino como condición jurídica y política para que el país decidiese su destino sin interferencias indebidas. Para él, la autonomía individual que defendía en los estrados tenía su correlato en la soberanía de los pueblos, siendo que, a su juicio, «la soberanía es a los pueblos lo que la dignidad a las personas». En otras palabras, Gaviria entendía que un Estado que renuncia a su autonomía, o la negocia sin límites, termina debilitando la dignidad de quienes lo integran.
En ese escenario, sus contradicciones fueron también su grandeza. Fue maestro de Álvaro Uribe Vélez y, más tarde, su contradictor más severo. Entre ambos existió una relación casi borgiana, la del discípulo que encarna una versión opuesta del maestro, cual caso de Séneca con Nerón. Se respetaron en la discrepancia, a sabiendas de que el pensamiento, para ser auténtico, debe resistir la tentación del afecto. Gaviria vio en el uribismo una deriva peligrosa hacia la intensificación de la guerra, y no dudó en advertirlo cuando hacerlo implicaba nadar contra la corriente.
Con Gustavo Petro compartió, en cambio, la orilla movediza de la izquierda. Militó con él en un proyecto que aspiraba a construir una alternativa democrática, pero no dejó de señalar sus concesiones a la política tradicional; pues, para las elecciones presidenciales de 2010, tras los acercamientos del hoy presidente con el candidato uribista, Juan Manuel Santos, Gaviria denunció los riesgos de sacrificar la coherencia programática en función de la eficacia electoral. La relación entre ellos se rompió, digamos, en un acto de consecuencia política, porque «poner los intereses propios sobre los del partido era una actitud de Petro que Gaviria no lograba entender, ni frenar ni soportar», según explica la periodista antioqueña Ana Cristina Restrepo Jiménez, en el libro El hereje: Carlos Gaviria.
Un humanista liberal, y de izquierda, de gran transcendencia para el debate académico, jurídico y político del país. Murió en un momento en que la Corte Constitucional atravesaba tensiones internas que muchos interpretaron como un síntoma de desgaste institucional. Su ausencia no produjo un vacío inmediato, pero sí hizo más evidente la carencia de rigor argumentativo, de independencia frente a presiones externas y de una concepción del derecho como límite del poder.
Lo que permanece de Carlos Gaviria Díaz no es un conjunto de frases ni una imagen ejemplar. Es, más bien, una forma de trabajo: leer con cuidado, decidir con argumentos y asumir las consecuencias sin buscar refugio en la popularidad. También, la idea —cada vez más discutida— de que la soberanía no es un atributo abstracto del Estado, sino una garantía concreta para que la libertad no dependa de voluntades ajenas. Y en este país en que la ley suele adaptarse a las circunstancias, esa forma de proceder sigue siendo excepcional.
Por eso la muerte no ha clausurado su vida. No porque persista en la memoria, que es un consuelo frágil, sino porque su ejemplo sigue planteando una exigencia que Colombia aún no resuelve. Hay hombres que dejan obras; otros, más raros, como Carlos Emilio Gaviria Díaz, dejan medidas.
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