Opinión

El lenguaje contra Vicky: antesala de la violencia física

En las redes sociales, el lenguaje socialmente aceptado según la honra a ser destruida, como ocurrió contra Vicky Dávila, abre espacios para los gatilleros y quienes los contratan

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agosto 05, 2019
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El lenguaje contra Vicky: antesala de la violencia física

El lenguaje crea la violencia simbólica y legitima la física.  Es la antesala de crímenes, incluyendo asesinatos por antagonismos políticos, xenofobia, racismo, homofobia.

En los Estados Unidos, las recurrentes masacres, varias de ellas cometidas por individuos que se sienten empoderados por las vociferaciones racistas de Trump y movimientos de extrema derecha en auge, son una muestra del poder del lenguaje.

En Colombia, el uso violento del lenguaje en las redes sociales, socialmente aceptado según la honra a ser destruída, al estilo de lo ocurrido contra Vicky Dávila la semana pasada, abre espacios para los gatilleros y quienes los contratan. Los asesinatos de líderes sociales y de personas desmovilizadas son alentados con las palabras de algunos con capacidad de incidencia.   

En menos de 24 horas, en El Paso, Texas, y en Dayton, Ohio, Estados Unidos, fueron masacradas decenas de personas. El asesino, en el primer caso, había escrito antes, en redes sociales, que el ataque era “una respuesta a la invasión hispana en Texas”, que quería que los inmigrantes “regresaran a sus países de origen”. También escribió que los medios de comunicación, los que fabricaban las noticias falsas, no tenían por qué culpar a Trump.

No hace un mes que el presidente de los Estados Unidos agredió a cuatro representantes a la Cámara, Alexandria Ocasio-Cortez (Nueva York), Ayanna Pressley (Massachusetts),  Ilhan Omar (Minnesota) y Rashida Tlaib (Michigan). La primera, de origen puertorriqueño, la segunda afroamericana; Tlaib, hija de inmigrantes palestinos y Omar, la única nacida fuera de  los EEUU, en Somalia. Todas jóvenes, meritorias y demócratas.

En una nación cuya grandeza se asocia, justamente, a la inmigración, el bárbaro Trump, nieto y esposo a su vez, de inmigrantes, les pidió que regresaran a sus países y que mejor “contribuyeran a arreglar los lugares infestados de crímenes y en bancarrota de donde provienen”.

Lenguaje racista del gobernante más poderoso del planeta, inspirador del asesino de El Paso y de proyección internacional. En marzo pasado, el supremacista blanco que mató 50 personas en dos mezquitas en Nueva Zelandia, también escribió su credo en Facebook señalando a Trump como “el símbolo de una renovada identidad blanca...”

Masacres en el país en el que se adquieren las armas en los supermercados las ha habido durante décadas. Con Trump, sin embargo, van en aumento. Asaltos y asesinatos en mezquitas, sinagogas, en iglesias cristianas frecuentadas por afroamericanos o, como en Texas, en lugares que los asesinos suponen infestados de latinos.

Trump, que jamás se ha retractado, con su lenguaje ha dado vida nueva al racismo y la xenofobia para dicha de organizaciones e individuos extremistas de los Estados Unidos y del mundo entero.

En Colombia, el nivel de violencia del lenguaje utilizado en los debates
alrededor de los quehaceres de la política,
particularmente en las redes sociales, es aterrador

Por nuestro lado, en Colombia, el nivel de violencia del lenguaje utilizado en los debates alrededor de los quehaceres de la política, particularmente en las redes sociales, es aterrador. Está vivo, en la forma de los señalamientos, en el desprecio y la burla por el contrario, en la pretensión de atropellarlo, empequeñecerlo, deshumanizarlo, amenazarlo, etiquetarlo.

Perlas del pasado, vigentes: “No estarían recogiendo café”, una de las frases que pasarán a la historia, asociada a uno de los capítulos más oscuros, la de miles de asesinatos de jóvenes a manos de miembros de la fuerza pública. Si lo dice un presidente, ¿qué autorregulación se puede esperar de quienes siguieron cometiéndolos?

“Esa cosa con ojos”, decía Popeye, tan activo en política antes de su encarcelamiento, sin sutilezas en la deshumanización, un requisito para los asesinos en serie, que no pueden resistir que las víctimas sean personas.

Lo ocurrido la semana pasada con Vicky Dávila es muy grave. A raíz de lo sucedido en una manifestación en Ciénaga con Petro y Caicedo, en la que un grupo de personas lanzaron huevos a los dirigentes, se escaló un contrapunto de trinos entre la periodista y Petro, que culminaron con el “hashtag” #VickyNueraParaca, aparentemente ideado por seguidores de este último. Aunque Petro lo desautorizó, hasta medio día del domingo pasado seguía teniendo “adhirientes” y opinadores de lenguaje siniestro y amenazante.

Como plataforma de mensajes, Twitter opera en magnitudes exponenciales. La intimidación a una persona, el clima que se genera en minutos a través de unas cuantas frases, desata todo tipo de posibilidades. Desde la destrucción de la honra hasta la legitimación de un asesinato caben allí.

Bajo el supuesto de que alguna parentela política de Dávila haya estado asociado a actividades no-santas, ello no la convierte ni en paramilitar ni narcotraficante.  Es una meritoria periodista con el derecho de manifestar sus opiniones y de ser respetada.

No hay paz posible si algunos que dicen defenderla agreden a sus adversarios y contradictores con el lenguaje que sirve de antesala a lo mismo de siempre en este país, a saber, la supresión del otro.

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