El legado de los Zapata Olivella

Antonio María Zapata Vásquez, hermano de Manuel Zapata Olivella, y su padre, propusieron una enseñanza crítica en el Caribe, basado en el libre pensamiento

Por: Carlos Manuel Zapata Carrascal
marzo 03, 2020
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El legado de los Zapata Olivella
Foto: Twitter: @DiarioPiragua

Quienes han leído la biografía de Manuel Zapata Olivella y en ella saben de su padre, Antonio María Zapata Vásquez, reconocen que él mismo fundó en Lorica y luego radicó en Cartagena, un establecimiento educativo de orientación filosófica positivista y libero-radical, esencia ideológica que trasladó a sus hijos.

Pocos por fuera de San Bernardo del Viento, incluyendo sus nuevas generaciones, distinguen que, en esa población del actual departamento de Córdoba, la tradición naturalista, humanista y libertaria del padre de los Zapata Olivella, germinó en el plantel dirigido por uno de sus hijos homónimo, Antonio María.

Tal vez por eso no existe claridad conceptual cuando en el conjunto del itinerario y presencia de los Zapata Olivella en el Caribe colombiano, las palabras fraternidad y universidad se asocian al mismo objeto educativo en donde padre e hijo se complementaron desde espacios diferentes (Lorica y Cartagena, por un lado; San Bernardo del Viento y Moñitos, por otro) con un estilo singular de proyectarse al contexto desde la escolaridad.

Fraternidad, uno de los conceptos fundamentales de la Revolución Francesa a tono con el movimiento filosófico de la ilustración, fue la denominación de lo que en aquella época, cuando aún no se había acuñado en las políticas educativas el rotulo institución, lo fue de verdad el plantel que el padre de los Zapata Olivella creó en Lorica y más adelante instalara como modelo en Cartagena.

Universidad, hace alusión a una famosa denominación popular que los residentes en San Bernardo del Viento, y es obvio el por qué, le asignaron merecidamente al plantel dirigido por el hermano de Manuel, Antonio María, por la Alta calidad académica, formativa y de extensión hacia la Comunidad.

Algunos argumentan que el nombre universidad fue una especie de ironía ideada por Antonio María Zapata Olivella, porque a diferencia de sus hermanos Manuel, Juan, Delia y Felipe, no llegó a un claustro universitario ni en Cartagena, ni Bogotá, en donde sus parientes estuvieron vinculados a centros de educación Superior.

Tampoco Antonio María, a diferencia de su Padre, se paseó con suficiencia académica por las aulas del alma máter cartagenera en condición de catedrático todero, gracias al dominio sistémico de varias áreas del saber.

Esa visión holística, ese interés por el conocimiento múltiple e integral del mundo, carencia que en contrapartida es una de las grandes falencias formativas de la escuela colombiana contemporánea, influyó mucho en Manuel Zapata Olivella, aunque también es notable en el Segundo Antonio María, que ejercer la docencia de manera paralela con estudiantes y áreas diferentes, incursionó en la literatura, periodismo, comercio y hasta en el micro mundo personal de las finanzas locales.

En el campo de la narrativa, dice Manuel Zapata Olivela en “Levantate Mulato”, Antonio María hijo fue segundo premio de un Concurso literario en Chile, con la novela “Tribios bajo el sol”.

Fraternidad y universidad, tanto para el padre como para el hijo, en el fondo significaron lo mismo, es decir, oportunidad para que todos los que quisieran y necesitaban educarse, lo hicieran, aportando con inmensa gratitud y en reconocimiento a la formación recibida, científico-natural, artístico-teatral y laica-anticlerical, frutos de las cosechas campesinas.

El interés educacional de los Zapata Olivella, fue sembrado en los hijos del viejo Antonio M. Zapata Vásquez desde la época inicial de residencia en Lorica, en donde era habitual encontrar la casa visitada por personas provenientes de diferentes partes de la región, quienes regularmente participaban de charlas en donde aquel fungía, como los griots africanos, en mediador entre el acumulado científico natural y social y la avidez de quienes apreciaban el saber.

Contrastaba esa bondadosa actitud de ilustrar, de multiplicar el saber para contagiar a los interesados con el libre pensamiento, las ideas liberales radicales y los logros de las ciencias naturales, con la tendencia al adoctrinamiento católico-conservador soportado por los gobernantes de la época.

Esa vocación paterna para interactuar con la gente, utilizando diversos canales de comunicación, desde la trasmisión oral hasta las representaciones dramáticas, pasando por el periodismo y la enseñanza en contextos escolares, se trasmutaría de diferentes formas en su prole, quienes asimilaron el legado y lo concretaron apoyados en los productos de la imprenta, por vía de la producción de textos literarios, la encuadernación o empastes de materiales impresos, la radio, la enseñanza,  investigación, divulgación y puesta en escena de manifestaciones folclóricas objeto de la marginación y prejuicio que las élites dominantes daban a las tradiciones culturales inmateriales y materiales populares.

En un contexto feudalezco situado en el Bajo Sinú desde comienzos y hasta mediados  del siglo XX, en una época en que la jerarquía católica tenía el control absoluto de la educación y por medio de ella de la instrucción religiosa, resulta paradójico analizar que libre pensadores, predicadores del enciclopedismo y defensores del evolucionismo, como lo fue ese dueto complementario de padre e hijo, fundaran y sostuvieran escuelas con sellos formativos liberales radicales y con visos de las influencias anárquicas que soplaban para entonces en el mundo.

Vale acotar, para retomar más adelante en el marco de una historia extensa de la educación y de la pedagogía en el Bajo Sinú, que a la experiencia escolar jalonada por los Zapata Olivella, le siguió el proyecto educativo y social de los franciscanos misioneros, lo cual identifica en la región un hilo conductor ideológico-político de vanguardia.

La micro historia del Bajo Sinú que está por escribirse, tiene elementos tradicionales de confrontación social asociada con la tenencia de la tierra y las tensiones ideológico-religiosas y políticas relacionadas con esa base económica, de lo cual no solo son muy dicientes las luchas en contra del gamonalismo y la desposesión violenta de los territorios que los campesinos supieron ganarle a condiciones geográficas inhóspitas en Los secos, que Manuel Zapata Olivella diera a conocer en Tierra mojada.

Esas contradicciones alrededor de la posesión de la tierra y la pobreza colateral generada por la ambición desmedida de terratenientes, continuaron en esos territorios después de la desviación técnica del Río Sinú, las cuales tuvieron las mismas motivaciones que el mencionado narrador identificó para iniciarse en la literatura realista-social, aunque con liderazgos opositores como los de los Franciscanos Misioneros, cuya presencia hacia los años sesenta en San Bernardo del Viento fue nutrida con la savia de la Teología De La Liberación.

Esa continuidad educativa libertaria, no solo se contrapuso a la ortodoxia religioso-conservadora, sino que influenció el crecimiento del pensamiento y práctica hacia el cambio social, en una región en donde el desarrollo comercial e industrial generado por el bullente tráfico fluvio-marino, se combinaba con la herencia del poder terrateniente y religioso- conservador.

Analizando personajes de Tierra mojada, lanzo la hipótesis de que entre los Zapata Olivella y sus descendientes, prevaleció, directa e indirectamente, con o sin el ejercicio de la docencia propiamente dicha, una tradición educadora que encaja en lo que hoy se denomina Pedagogía Critica.

Esa línea pedagógica, teniendo como referente inicial a Antonio María Zapata Vásquez, además de contagiar positivamente a su hijo homónimo, no dejó de reflejarse en Manuel y Delia, como quiera que el primero de estos dos últimos, transfirió a su opera prima narrativa y encarnado en Marco Oliveros, el interés socio educativo del gestor de La Fraternidad.

De igual manera, en eventos como las giras que ambos realizaron por Colombia y el exterior presentando, enseñando y divulgando manifestaciones folclóricas hacia las cuales las élites tomaban distancia, se pudieron comprobar las destrezas comunicativas y didácticas para hacer públicos los productos de investigaciones antropológicas en terreno y con los propios sabedores, cultores y artistas anónimos.

Mucho antes que el sombrero zenú fuese convertido en objeto del interés comercial globalizador neoliberal, Manuel Zapata Olivella lo lució con orgullo simbólico del folclor y de su ancestralidad mestiza, desafiando desde la corronchería campesina, la supuesta superioridad y finura de las formas de vestir de las élites urbanas.

El empleo de la irreverencia para destacar contrastes culturales y sociales, llamando la atención de la presencia del otro excluido, fue una herramienta pedagógica bien utilizada por Antonio María Zapata Vasquez, que manuel adaptó a sus relaciones sociales y en especial, a los eventos públicos en donde esgrimía sus oportunas críticas al establecimiento, ya sea valiéndose de sus cualidades para hacer uso de la palabra, desafiando las “buenas costumbres” y/o enfundándose en vestuarios de colores fuertes y discordantes.

En ese sentido, tal vez homenajeando a su padre, aunque otros califican al esclarecedor maestro de Tierra Mojada como su alter ego, Marco Olivares, es el faro orientador frente a las tensiones anudadas alrededor de la confrontación libero-conservadora y de la emersión internacional de las ideas socialistas.

Ese contexto, desde la segunda década del siglo XX y hasta mediado de esa centuria, serviría mucho al sociólogo Orlando Fals Borda y otros intelectuales cordobeses, para inspirar clásicos como Retorno a la tierra, en donde se puede leer el doble discurrir de las luchas populares y de su correspondiente teoría interpretativa.

La impronta socio-educativa, porque en el fondo fue un proyecto que a diferencia de la ascolaridad contemporánea, sí hizo contextualización, iniciada en Lorica por Antonio María Zapata Vásquez, fue seguida en San Bernardo, cuando el viento era el Viento, por su hijo no solo con iguales nombres, sino también con idéntica visión de mundo y similar estilo pedagógico.

Aunque vale enfatizar que esa continuidad de pensamiento y praxis social, a partir de la formación sembrada por el padre, también se aprecia en Manuel y sus hermanos, situación que debe recuperarse para la sociedad actual, en donde la problemática familiar de moda, caracterizada en parte por los desarreglos hogareños, no solo se evidencia en las separaciones físicas de sus  integrantes, sino también en las desconexiones dialógicas entre padres e hijos, porque se ignoran deberes educativos iniciales generadores de la desorientación con la cual crecen gran parte de las nuevas generaciones.

En el caso de Manuel Zapata Olivella, la convicción del naturalismo y evolucionismo divulgados por su padre, iría a determinar su pasión por el ambiente, enseñanza reforzada cuando su progenitor le aceptó estudiar medicina, “para que conociera al más grande de los animales, el hombre”.

Por esa influencia paterna es que también en la Obra literaria de Manuel se aprecia la amigabilidad con la naturaleza, adelantándose a los ambientalistas y ecologistas, pero ignorada, al igual que sus otras facetas investigativas y artísticas, en la mayor parte del sistema educativo colombiano.

Las biografías de Manuel Zapata Olivella, no profundizan en esa conexión Naturaleza-Cultura-Literatura, como tampoco de la manera como esa influencia paterna que enraizó en el hijo Antonio María en San Bernardo del Viento desde 1.945 aproximadamente, reproduce y continua toda una concepción y visión de mundo que debería enseñarse en los programas escolares actuales.

Retomando a Antonio María Zapata Olivella y su universidad en San Bernardo Del Viento, los diálogos con los integrantes del grupo de docentes y estudiantes que suministraron la información para originar este escrito, dan cuenta que inicialmente este centro educativo funcionó en la casa que actualmente es de la familia Vargas Genes, frente al palacio municipal, después se trasladó al Barrio La Cruz, al fondo de las calles de las piladoras, en la misma acera de la residencia de la familia Julio Hernández, donde hoy se encuentran los vestigios de un molino, y luego, trasladada frente del parque municipal de ese municipio, al lado de la vivienda del doctor Ernesto Mercado Marimón.

Se hace referencia aproximadamente a 20 años de servicio educativo de carácter privado, fundamentado en la férrea disciplina y la formación rigurosa en las Ciencias Naturales, al igual que en la fraternidad durante sus épocas en Lorica y Cartagena.

La metodología era muy especial, parecida a las recientes pedagogías de la Escuela Nueva, según la comparación efectuada por la profesora Miladis Niño Bitar, ya que Antonio María Zapata Olivella podía atender distintos grupos de manera simultánea, utilizando lo que en la actualidad se conocen como monitores y que igual en aquellos años, adquirían esa condición meritoria por ser los mejores estudiantes, los cuales inicialmente recibían las enseñanzas del maestro para luego multiplicar los conocimientos en los restantes alumnos seleccionados por conocimientos, no tanto por edad cronológica.

Esto no es otra cosa que el anticipo a lo que actualmente se propone como Pedagogía por ciclos, en donde los estudiantes son agrupados por afinidades relacionadas con las habilidades de pensamiento.

La escolaridad ofrecida por Antonio María Zapata Olivella, comprendía los grados de primero a quinto, pero era de tan alto nivel formativo el servicio ofrecido, que los estudiantes al terminar sus estudios y trasladarse a otras ciudades, podían ingresar a cursos más avanzados.

Esa formación escolar, en parte tiene que ver con las funciones de monitores realizadas entre otros por ayudantes como Diego Raúl Angulo, Andrés Díaz, El Yuya. Algunos de estos, hoy siguen dedicados a la educación, mientras que, en el caso de Diego Raúl Angulo, fundó un colegio con similares características a las de su maestro.

Ese sistema educativo fue copiado por la escuela de los Hermanos Pautt, “Carnaval” y Antonio, quienes paralelamente también ofrecían sus servicios educativos junto a la universidad, antes de la aparición del colegio de los Franciscanos.

Lo que sí es evidente al comparar la forma de ser y el ejercicio pedagógico del padre y del hijo, es la identidad en la formación ideológica, la postura frente a los problemas sociales y el estilo de enseñanza.

Indudablemente, se trató de una tendencia educativa que creó un hito en la historia de la educación en el Caribe colombiano, puesto que emergió en medio de la tradición clerical y conservadora, además de fortalecer la continuidad de la ilustración y el enciclopedismo, sintonizado la vertiente anticlerical, empirista, evolucionista y naturalista de ese movimiento filosófico europeo, con ambientes y contextos socio-económicos que por su diversidad y problemáticas, favorecían el desarrollo de una mentalidad proclive hacia las ciencias naturales y sociales.

No por casualidad, gran parte de la creación literaria de Manuel Zapata Olivella gira alrededor de la religiosidad popular, la confrontación de esta con el dogmatismo clerical, al menos, ello está muy claro en Tierra mojada y en Chima nace un santo, dos novelas ligadas entrañablemente a la geografía y condiciones de existencia social del Bajo Sinú y su zona lacustre estuarina.

Este aporte educativo se complementaba con la coherencia práctica y social con la cual Antonio M. Zapata Olivella concebía la educación, puesto que, al lado de la eficiencia en la didáctica de la enseñanza basada en las ciencias y la rectitud como principal norma ética, fue ejemplo, al igual que su padre y su hermano, Manuel Zapata Olivella, de su contundente y difundida preocupación por informar acontecimientos de interés público y corrupciones, que existían desde aquel momento.

Para ello, se valió de una especie de rota folio o papelógrafo[a1] colocado a la vista y manipulación del público, en donde la ciudadanía podía leer, entre una mezcla ingeniosa de humor y seriedad, los escritos que a diario hacía el maestro para llamar la atención sobre temas comunitarios.

Algunos dicen que ese estilo de escritura, sirvió a Juan Gossaín para fundamentar sus elogiadas columnas periodísticas.

Esta faceta periodística de Antonio María Zapata Olivella, guarda similitud con la edición de “Rojas Garrido”, el nombre del combativo periódico que su padre editara en Lorica en honor a otro insigne personaje liberal, como lo fue también el General José María Lugo, su amigo predilecto en el Sinú y por quien después de su muerte en 1.927, decidió viajar a Cartagena.

Manuel Zapata Olivella, al igual que su padre y su hermano, continuó esta tradición periodística, editando durante 20 años la revista Letras Nacionales, en donde divulgó los primeros trabajos de quienes más adelante serían grandes personajes de la literatura y artistas colombianos.

En lo antes manifestado, se amalgaman la vocación docente, basada en la necesidad de ilustrar y transformar el mundo, teniendo todo lo anterior como complementos para la concreción, la literatura, publicidad y hasta el teatro.

En buena hora, cuando es cada vez más frecuente la perdida de papel protagónico social de los educadores, al igual que en la creciente desconexión entre Escuela y transformación social, tratar de retomar el legado docente de los Zapata Olivella, para darle consistencia al precario Movimiento Pedagógico y de paso, introducir alguna alternativa de solución en los lamentables bajos índice de lectura y escritura que se registra en el Magisterio.

Esta proyección social de Antonio María Zapata Olivella, tenía en los vivos ejemplos que frecuentaba dar, el complemento perfecto, ya que, en cierta ocasión, para mostrar su posición en contra de las corralejas, prefirió que el kiosco donde vendía comestibles fuera destruido, antes de acceder voluntariamente a trasladarlo, argumentando que el servicio a la comunidad estaba por encima de una festividad violenta y asociada con el alcoholismo.

Casado con Zoila Villalobos, la primera de sus cuatro compañeras maritales, fue padre de Elí, Ever, Ibis, Iris e Isis. También, producto de otra relación conyugal nació Edelmira Zapata, hija de Cuya. De una tercera relación, son hijos Antonio María y Neftalí Zapata González. Igualmente, se reconocieron como hijos a Irún, Eric y Dalí Zapata Payares.

En el nombre de algunos de los nombrados, se identifican los fundamentos políticos y filosóficos tanto del Padre Antonio María Zapata Vásquez, como de las influencias ideológicas que el progenitor trasladó a sus hijos.

En efecto, Ibis, es el título de una de las obras de José María Vargas Vila, librepensador radical y anticlerical colombiano muy conocido por sus escritos en contra del poder Conservador y la Iglesia Católica.

La universidad suspendió sus funciones hacia finales del 1.960, como consecuencia de la decepción de su promotor, producto de un robo en el cual perdió documentos valores, situación que le llevo a decir que “si no tenía con que educar a sus hijos, tampoco podía encargarse de la educación de otros”.

La pérdida de estos títulos, está asociada con la posibilidad de que el hurto fuese organizado y ejecutado por los deudores y contradictores políticos, cuestión que condujo a Antonio María Zapata Olivella a idear una estrategia para recuperarlos.

Para asegurar la confianza en la actividad como prestamista y poder recuperar los documentos que en garantía entregaban sus clientes, comenzó a difundir la idea que la maleta hurtada, en donde guardaba los pagarés y listados de sus deudores, tenía un doble fondo en donde se encontraban los registros contables correspondientes, por lo cual no tenía ningún piso el rumor según el cual había quedado sin soportes para reembolsarse los dineros prestados.

Esa estrategia estuvo a punto de darle resultado, puesto que la valija fue encontrada en el área rural cercana a la cabecera municipal de San Bernardo del Viento, en las inmediaciones de Montero, mandando a informar que, al haber recuperado los nombres, letras y montos de las deudas, podía seguir con el negocio, reanudando infructuosamente los cobros, como quiera que quienes eran requeridos por sus deudas, argumentaban la demencia del Maestro con el fin de eludir los pagos.

Esta ingratitud le condujo a una crisis emocional que terminó por desmotivarle y suspender la exitosa experiencia educativa que había instalado en esta región.

Antes de ser maestro, Antonio María Zapata Olivella fue auditor del municipio, cuando San Bernardo del Viento tuvo bajo su administración territorial a Moñitos y Puerto Escondido.

Después de su experiencia educativa y antes de viajar a Cartagena a reunirse con sus familiares, se dedicó a la venta de gasolina en un terreno diagonal a la casa de la familia Behaine.

Antonio María Zapata Olivella nació el 16 de abril de 1908, siendo el segundo hijo de esa familia y falleció en Cartagena el 20 de noviembre de 1975. Después de salir de San Bernardo del Viento, la última y solitaria (rasgo común en los Zapata Olivella) etapa de su vida, transcurrió en la ciudad heroica, en un lote que ocupó sin permiso al frente de la Clínica Blas de Lezo.

En reconocimiento a sus aportes en el campo de la educación, aunque por poco tiempo, los hermanos Angulo; Beatriz, Alfonso y Abel, infructuosamente trataron de hacerle un homenaje permanente, denominando con su nombre a uno de los planteles que funcionaba en San Bernardo del Viento, pero la iniciativa no tardó mucho tiempo en ser desmontada por la integración de escuelas y colegios en el marco de la contra reforma neoliberal de 2002.

Algo parecido ocurrió en Lorica, cuando se lanzó y mantuvo efímeramente el nombre de Manuel Zapata Olivella para la Concentración educativa rebautizada hasta hoy con el invasivo rotulo neocolonial de Antonio de la Torre y Miranda.

[1] Escrito resultante de la indagación y diálogos efectuados  en la Institución educativa San Francisco de Asís de San Bernardo del Viento en el año 2014 por jóvenes de noveno grado ( Sandra M López, Luis D Ortega P, Angie Peña, María Fabra, María Arrieta, Mirledy Osorio); docentes ( Roberto Yances, Fulgencio Genes, Miladis Niño Bitar, Abel Angulo); Familiares de los Zapata Olivella ( Neftalí Zapata González) y el Poeta  campesino   Antenor de La Rosa;  en el marco del proceso que condujo a la realización del Encuentro de  estudiantes investigadores de la vida y obra de Manuel Zapata Olivella.

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