El cambio de enfoque sobre las lenguas nativas en el Instituto Caro y Cuervo reabre el debate sobre la memoria histórica y la narrativa oficial del país

- El intento del poeta y director del Caro y Cuervo por cambiar el sentido de las lenguas nativas
Texto escrito por: Carolina Chaves O'Flynn
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Una de las operaciones discursivas más hábiles del gobierno de Abelardo de la Espriella ha consistido en apropiarse del vocabulario e incluso de las genealogías de aquello que combate. Su llamada batalla cultural es quizá el ejemplo más evidente de ello. El concepto remite a Gramsci y a la disputa por la hegemonía cultural y, sin embargo, reaparece al servicio de un proyecto que se presenta como insurgente frente a una supuesta hegemonía progresista. La astucia entraña una paradoja aparentemente simple: la restauración adopta el lenguaje de la revolución. Pero el vaciamiento discursivo es mucho más complejo: conserva la fuerza de ciertos significantes mientras borra la historia que les dio sentido.

Algo semejante acaba de ocurrir en el Instituto Caro y Cuervo. Su director, Sergio Esteban Vélez, propuso reemplazar el eje “Lenguas nativas, justicia social y reparación” por “Lenguas amenazadas por el terrorismo”. Parecería una inocua sustitución de palabras. Pero entre justicia social, reparación y terrorismo caben varios siglos de historia de Colombia.

Reparación obliga a mirar hacia atrás. Supone un daño que anida en una injusticia social y exige preguntar quién lo produjo, mediante qué instituciones y sobre quiénes recayó. Vincular lenguas indígenas, justicia social y reparación conduce a una historia que no comienza con las guerrillas o el paramilitarismo: pasa por la evangelización, la castellanización, el despojo territorial, los genocidios políticos y el conflicto armado, pero también por la construcción de una nación que durante buena parte de su historia se imaginó blanca, católica y monolingüe.

Terrorismo, en cambio, desplaza las causas. Vélez ha responsabilizado a grupos criminales “de izquierda y de derecha” de masacres, secuestros, reclutamientos y desplazamientos de comunidades indígenas. Nada de esto es falso. Pero la eficacia ideológica no está en la falsedad de lo que se dice, sino en decretar que hay una historia que ya no hace falta contar. Si el terrorismo explica la amenaza contra las lenguas, siglos de historia pueden reducirse a la violencia de actores contemporáneos. Si quienes participaron en la imposición del monolingüismo salen del relato, tampoco queda nada que reparar: la evangelización desaparece de la historia del daño y el terrorismo ocupa su lugar como explicación del presente.

No es la primera vez que Vélez reescribe la cultura nacional desde su propia mirada. Desde las cuentas oficiales del Instituto ya había leído a autores colombianos con ojos católicos: Gonzalo Arango apareció como quien se alejó de la izquierda y regresó a la fe; el suicidio de Andrés Caicedo, como un “pliego de cargos morales” ligado a su rebeldía. Ambas lecturas comparten una lógica: apartarse conduce a la ruina; volver a la fe ofrece redención.

Esta vez, entre las víctimas enumeradas por Vélez aparecen los “sacerdotes y médicos” de las comunidades indígenas. La elección de sacerdotes resulta particularmente reveladora porque, para nombrar a las autoridades espirituales indígenas, Vélez recurre, ni más ni menos, al vocabulario de la Iglesia católica. Y así, una palabra deja expuesta una paradoja adicional: la Iglesia desaparece de la historia del daño, pero sus palabras permanecen para nombrar a las víctimas. El desplazamiento resulta todavía más significativo si se considera que muchas comunidades nombran en español a estas autoridades como sabedores, y que fue el propio Vélez quien eliminó la palabra saberes del nombre del encuentro. Ya no estamos solamente ante un cambio de nombre: lo que se mutila es el reconocimiento epistémico de otras formas de conocer y comprender el mundo. Los sabedores dejan de ser nombrados por aquello que saben para convertirse en “sacerdotes”, una categoría que los hace legibles dentro de una tradición religiosa que no es necesariamente la suya. Y para prolongar el cinismo de la metáfora evangélica, se les convierte al credo de quien los desnombra.

Quizá por eso esta batalla cultural sea también una batalla litúrgica. No se libra solamente decidiendo qué palabras prohibir, sino también cuáles conservar y qué episodios extraer del relato oficial, revistiendo la decisión política de una pátina de moralidad, como ocurrió recientemente en el Museo Nacional con el tarjetón de la Séptima Papeleta, el afiche de Pizarro o el bolígrafo de la firma del Acuerdo de Paz. La conversión se consuma cuando las palabras del adversario, empezando por la propia batalla cultural, regresan irreconocibles, profesando un credo contrario al que alguna vez nombraron.

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Por Nota Ciudadana

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