El infierno es posible: ha sucedido y puede volver a suceder

"El gobierno de Duque, que a su vez es el de Uribe, es la bestialidad más horrenda que nos haya llegado en los últimos veinte años"

Por: John Jairo León Muñoz
septiembre 10, 2020
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El infierno es posible: ha sucedido y puede volver a suceder

Y en Colombia ese infierno es la constante, sucede todos los días. El martes 8 de agosto, Javier Ordóñez, un abogado de cuarenta y seis años, fue asesinado en Bogotá por la policía nacional con una pistola taser, lo que ha provocado la rabia de una sociedad cansada, hastiada de la bestialidad del Estado y sus políticas mezquinas. Su muerte generó indignación, por lo que una multitud de estudiantes, de amas de casa, de trabajadores, de obreros y de profesionales salió a decir con una rabia represada: paren ya este genocidio. Y en medio de gritos pidiendo justicia al cuerpo policial por sus políticas represivas, producto de un Estado fascista, como respuesta la policía ha asesinado seis jóvenes más. Una masacre más, de las 52 ocurridas en menos de dos años en este narcogobierno duquista.

La muerte ese otro lugar del que sabemos tan poco y a veces queriendo que sea un lugar lejano para llegar y que se vuelve tan cercano y tan sorpresivo para cualquier colombiano. En algunos lugares de Latinoamérica y del mundo, la muerte (antes del Coronavirus) era esquiva, se acercaba uno, a ese Estado, por los años que iban desgastando el cuerpo con el trabajo, como en Uruguay y en Suiza. Y así debería ser, la vejez digna y la muerte digna como premio de la vida.

En Colombia el virus ya estaba instalado y se llama Policía Nacional. Se llama Ejército Nacional de Colombia. Se llama Álvaro Uribe Vélez, Centro Democrático, Falsos Positivos, Agro Ingreso Seguro, Chuzadas del Das, Masacre del Aro, Yidispolítica. Se llama corrupción, Hidroituango, Ruta del Sol. Se llama Sarmiento Ángulo. Se llama periodistas arrodillados y voceros de las mentiras del Estado. Se llama repetir información sin analizar su fondo. Se llama ministerio de justicia que su finalidad es proporcionar injusticia. Se llama ministerio de educación que como política tiene volver más difícil acceder a ella. Se llama borrar la paz y sus acuerdos. Frente a ese virus ya hay vacuna, se llama educación a la población y Colombia está lejos de querer aplicar su antídoto.

El riesgo en Colombia es que quieras protestar frente a la opresión. El riesgo es que quieras generar un discurso crítico frente al gobierno. El riesgo es que hagas periodismo serio, denuncias argumentadas. El riesgo es que quieras defender la tierra, defender las ideas que deben resistir a la tragedia de la muerte en vida. El riesgo es querer proteger los indígenas. El riesgo es luchar por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres y buscar una política incluyente en la diversidad. El riesgo es querer colocar el agua primero que el fracking y el glifosato. Si eso ocurre, si se alza la voz, las posibilidades de desaparición en Colombia se vuelven mayores. Y, después de la tragedia, de la masacre, de la usurpación, se viene el discurso del gobierno frente a las cámaras de los noticieros: “Se están haciendo todas las investigaciones y caerá todo el peso de la ley frente a los culpables”. O “la policía es una institución de respeto y una o dos manzanas podridas no deben empañar el buen funcionamiento de sus integrantes”. O “los protestantes son vándalos, infiltrados del ELN y disidencias de las Farc”. O a las masacres se les llama en vez de masacres: “homicidios colectivos”.

Jorge Ordóñez compartía con algunos amigos y se tomaba unas cervezas, y entre chorro y chorro se contaban seguramente lo que ha significado tanto encierro, tanto despido masivo en las empresas, tanta hambre en las calles, tanta improvisación del estado, tanto antibacterial e hipoclorito que reseca las manos, tanta deuda pendiente. Y, sí, seguro estaba violando esa “nueva normalidad” de la que se ha venido hablando con la pandemia, hasta que llegó la policía a inmovilizarlo y causarle la muerte: once veces descargó la pistola taser sobre Jorge quien pedía con el último aire que le permitían la fuerza de sus pulmones: "Por favor suéltenme. Por favor. Por favor". ¿Qué tenía que decirles para que lo soltaran? ¿Lo mataron por estar borracho? ¿Cuál fue su agresión a la policía? ¿Fue una muerte premeditada para hacer olvidar a este país que Uribe está en la cárcel y que Salvatore Mancuso quiere declarar y que Jorge Cuarenta también? ¿Qué será que quieren que olvidemos? Que nos gobierna la nada, el inútil en un poder vitalicio.

Y, en medio de tantas preguntas, a las que seguro el encuentro de sus respuestas no justifican la muerte de un ser humano, también se pregunta la gente: ¿Y qué será la "nueva normalidad"? ¿Volverá la “vieja normalidad”? ¿Qué es lo que ya se puede hacer y lo que no? ¿Cada cuánto cambian el pico y placa? Se anuncian las políticas y las nuevas reglamentaciones para vivir en esta permanente pandemia que no es solo un virus, sino muchos en forma de muertes discriminadas y a quemarropa de líderes sociales y de una juventud que se cansa de vivir en un país que todos los días da vergüenza hacer parte de él. ¿Cómo tomar en serio a una alcaldesa? unos días dice Claudia López: cerremos aeropuertos y otros días abramos aeropuertos. Otros días dice no al TransMilenio por la séptima y otros días hagamos TransMilenio por la Séptima. Otros días cerremos el comercio y otros abramos el comercio. Unos días habla del Plan Marshall para activar la economía en Bogotá y otro día retira el proyecto y no lo presenta frente al Concejo de Bogotá. Otros días dice que la policía de su alcaldía está para contribuir al orden y, ella como jefe de la policía no contribuye a ese orden, al contrario aparece el caos: la bala perdida, la juventud ensangrentada. La gente pide una “nueva normalidad” con trabajo, salud, educación, dignidad. ¿Cómo tomar en serio un presidente que gobierna para los intereses de un expresidente y no para el de todos los colombianos?

La frase “El infierno es posible. Ha sucedido y puede volver a suceder” es de la alemana Hannah Arendt, el fascismo puede volver a suceder. Y ha sucedido, y en Colombia en este narcoestado está sucediendo. El gobierno de Duque, que a su vez es el de Uribe, es la bestialidad más horrenda que nos haya llegado en los últimos veinte años, incluso está superando lo que fue la seguridad democrática liderada en sus años de gobierno por el mal llamado Álvaro Uribe Vélez. Aprendieron cómo robarse todo, cómo adueñarse de todo y esta vez vienen a apropiarse de la Procuraduría, de la Fiscalía, de la Defensoría del Pueblo, de las empresas públicas, del agua y de la tierra y de lo que da la tierra, del Congreso y, pronto, su jaque mate estará entre peones y reinas, directo a la Corte Suprema de Justicia.

Lo vivido en Colombia los últimos días es un ejemplo fehaciente de que estamos frente a un Estado fallido. El narcotráfico se ha tomado el poder y camuflado bajo una democracia ha instaurado el fascismo al mejor estilo de Hitler o Mussolini: quien no está conmigo, está contra mí. Bajo esa premisa persigue y calla a los líderes de la oposición, crea decretos que favorece a los banqueros, apoya empresas extranjeras como Avianca, legisla para que se acepte trabajar por horas en condiciones cada vez más miserables, le quita el presupuesto al arte, a la educación, al deporte y redobla estrategias para volver a la guerra. Y mientras todo avanza, mientras centramos nuestra atención frente a la sangre en el asfalto y que también tiñe el amarillo de los campos de girasoles, se viene, seguro y certero, el anuncio del fiscal “amiguis” sobre la inocencia de Uribe. Antes de que eso pase vendrá otra masacre tan atroz que nos hará olvidar que se dejó en libertad al expresidente. Así operan, así hacen sus vueltas. En ese momento el agua ya será de una multinacional, la justicia estará a merced del Clan del Golfo y el derecho sobre la vida de los jóvenes estará en potestad de la policía.

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