El infierno de Rafael Uribe Noguera en la cárcel La Tramacua

Condenado a 58 años, el asesino de Yuliana Sambony vive bajo 43 grados, ahogado por el pestilente olor de un basurero y amenazado de muerte las 24 horas del dia

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diciembre 04, 2020
El infierno de Rafael Uribe Noguera en la cárcel La Tramacua

Lo que más le costó a Rafael Uribe Noguera en sus primeros días en La Tramacúa no fue su conciencia sino la asfixia. Pasar del frío al calo siempre será traumático para un bogotano. Pero la Tramacúa era otro nivel de opresión. El sudor es espeso y queda como una cortina en el aire que es pesado, sofocante como una condena. El patio donde está Rafael Uribe Noguera es el más vigilado del país. Nada se mueve sin la orden de los guardias. Además Rafael Uribe Noguera ni siquiera aprovecha sus horas de sol. No juega al fútbol como los otros presos. En esta cárcel, cuyo cartel de entrada reza “Bienvenidos al infierno”, los violadores no pueden caminar solos sin que los sorprenda una puñalada.

Quedarse en la celda es una verdadera tortura debido a las condiciones del lugar. No solo no circula el viento como en toda la estructura de concreto y, en los mediodías calcinantes de Valledupar la temperatura rebase largamente los 43 grados, sino que por las rendijas se cuela el olor nauseabundo del basurero que está justo en la parte de atrás de la Tramacúa. Además está el agua, el tema del agua y la ausencia de ella. Estar en ese pasillo es lo más cerca de estar en las galeras de un barco medieval en medio del mar. Es infernal.

Y pensar que entre el 2018 y el 2019 Uribe Noguera pudo haber pasado su mejor época encerrado. En ese tiempo compartía un televisor con Oscar Alejandro Sandoval Arguello, alias Candado, el ex jefe de los Urabeños que, prácticamente, controlaba la cárcel y era su vecino de celda. Además tenía a Popeye, quien con su carisma diabólico se ganaba los favores de los cerca de 5.600 reclusos. Así que incluso Uribe Noguera llegó a recibir clientes que le mandaban a hacer maquetas por las que recibía sumas simbólicas que lo ayudaban a sobrellevar gastos del encierro. Ahí, en ese lugar, también era protegido Garavito, el monstruo que mató y violó a más de cien niños y se ganaba la vida tejiendo mochilas.

Hoy Rafael Uribe Noguera ya no tiene a esos amigos. Candado fue trasladado y está siendo el blanco de un escándalo en Santa Marta, Popeye murió en marzo de un cáncer de páncreas y Garavito fue trasladado a un centro de atención médica en donde difícilmente podrá recuperarse. Ha sido una muerte lenta de dolores atroces.

Cuatro años después de haber asesinado y violado a Yuliana Samboní, sometiéndola a torturas indecibles a una niña de 7 años, como mordeduras profundas en el cuello, Uribe Noguera sabe que el infierno apenas lo está consumiendo, que lo que le queda es toda la eternidad de su condena a 58 años para arrepentirse de la atrocidad que cometió el 4 de diciembre del 2016 en su apartamento Equus en Chapinero. El dolor apenas comienza. Otra de las condenas que lleva encima es no poder ver a su mamá, Maria Isabel Noguera Vidales, quien ha renunciado a verlo. Uno de sus últimos watsapp enviados a su hermana decía una frase lapidaria “me quiero morir”

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