El gigante dormido: el problema del poder constituyente y la legalidad

El gigante dormido: el problema del poder constituyente y la legalidad

Por qué la metáfora que ayuda a entender los problemas del poder constituyente, a propósito de la propuesta del presidente Petro, es la del gigante dormido

Por: David Fernando Cruz Gutierrez
marzo 27, 2024
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El gigante dormido: el problema del poder constituyente y la legalidad
Fotografía: Canva

Una metáfora que ayuda a entender los problemas del poder constituyente, tan sonado últimamente por la propuesta del Presidente Petro de convocar una asamblea constituyente, es que funciona como una especie de gigante dormido. Siempre está ahí, es la base de legalidad y, sin embargo, nunca está consciente. Sobre el gigante, como si fuera su base, está el derecho -la Constitución, las leyes y demás normas que lo integran– , que funcionan como un encantamiento que lo mantiene dormido. Como es la base del derecho, una vez el gigante despierta, la legalidad se rompe y con esto se desatan todos los nudos que ajustaban el poder a ciertos límites. Mientras este despierto, el gigante es capaz de reevaluar la legalidad y, hasta que le da una nueva forma, no cae de nuevo en sueño.

Por la capacidad de darle forma a lo jurídico es que Tony Negri describía al poder constituyente como un traficante de sueños. Un poder capaz de transformar, de inmediato, la política en derecho. De darle, en una especie de alquimia, fuerza y obligatoriedad a los sueños.  El problema es que los sueños de unos son las pesadillas de otros y siempre que se utiliza este poder para una imponer una visión política sobre todas las demás, sin mediar, el sueño y la pesadilla harán presencia por igual. La legalidad se vuelve, para algunos, únicamente un acto de dominación y poder sin sentido, ni legitimidad. Lo que queda, en estos casos, es volver a despertar el gigante como una forma para refundar la legalidad.

Esta visión del poder constituyente ha dominado la imaginación legal y política. Se utilizó inicialmente para fundamentar a las revoluciones del siglo XVIII y XIX. Estas eran, por supuesto, momentos de violencia política que buscaban acabar de un tajo con los regímenes monárquicos que regían en Europa y que colonizaron el mundo. El gigante, en esa medida, se despertaba furioso y dejaba tras sí, sin ambages, las cenizas del antiguo régimen. Desde ahí, una vez la legalidad se instalaba buscaba a toda costa minimizar el riesgo de que el gigante despertara de nuevo. La gran critica a esta visión es que el poder constituyente queda relegado a una excepción, inmóvil la mayor parte del tiempo; y, aún peor, se vuelve enemigo de legalidad ya que, al depender del gigante, simplemente no puede sujetarlo. Es una desafortunada oposición porque el gigante solo sirve para patear el tablero.

El constitucionalismo contemporáneo asocia la figura del poder constituyente a una movilización del pueblo. Es el pueblo el gran gigante que se despierta para sacudir todos los actos que los gobiernos y las instituciones hacen en su nombre. Y ese es precisamente el problema, que el pueblo al ser el poder constituyente se le condena a estar siempre dormido, como telón de fondo de la política “ordinaria”, invisible y sujeto a que lo interpreten y hablen en su nombre. Se le condena a ser ilegal. Por esto es, a la vez, útil y peligroso.

Útil para quienes ven en la legalidad misma el problema que se debe superar y lo que se debe reformar; y peligroso para quienes, por el contrario, valoran la legalidad y la seguridad que entraña. Estas posiciones, por supuesto, son dinámicas y para quien es útil la legalidad hoy, de seguro, mañana la desprecia, lo que ubica al poder constituyente, y con esto al pueblo mismo, entre la radicalidad de la renovación y la insignificancia de la inmovilidad. Son dos polos que sacrifican la posibilidad de que pueblo deje de ser un gigante dormido y se convierta, más bien, en el gran partícipe de nuestras conversaciones nacionales.

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