Cuando leí por primera vez el cuento llamado “Hoy decidí vestirme de payaso”, entendí que eso de escribir no era tan fácil. No era poner una letra detrás de la otra, sin sentido alguno, sino que el objetivo era el de atrapar al lector y obligarlo a leer el texto hasta el último párrafo. Ni más ni menos.
Álvaro Cepeda Samudio, el protagonista de este texto, publicó dos volúmenes de relatos bajo los títulos de “Todos estábamos a la espera”, “Los cuentos de Juana” y una novela llamada “La casa grande”, considerada por unanimidad como su obra maestra. Varios de sus biógrafos coinciden al decir que el escritor, que hizo parte junto a Gabriel García Márquez, Alfonso Fuenmayor Campis y Germán Vargas Cantillo de lo que se conoció en el interior del país como el Grupo de Barranquilla, fueron quienes se encargaron de darle a la literatura colombiana el peso que hoy tiene en el ámbito universal.
Con grandes nexos con la población de Ciénaga, Magdalena, el autor nació en la ciudad de Barranquilla el martes 30 de marzo de 1926 y falleció en Nueva York el jueves 12 de octubre de 1972. En 1955 se casó con Teresita Manotas Llinás, de cuya unión nació Patricia Cepeda, quien murió en Estados Unidos el 22 de julio del 2013, a los 57 años de edad.
Cuentista y novelista, Álvaro Cepeda Samudio hizo los estudios secundarios en el Colegio Americano de Barranquilla y en 1949 viajó a Estados Unidos a estudiar periodismo en la Universidad de Columbia, en Nueva York. En 1951 regresó a Barranquilla y trabajó como corresponsal de The Sporting News. De ahí en adelante se dedicó a ejercer diversas actividades, todas ellas ligadas con lo que fue la pasión de su vida: el Periodismo.
Además de lo anterior, también desarrolló una gran pasión por los deportes y en esa condición cubrió eventos para el periódico El Nacional; en 1951 tuvo una columna en la página editorial de El Heraldo, titulada "La brújula de la cultura"; y de paso ocupó la dirección del Diario del Caribe. Participó, como guionista y actor, en el cortometraje La langosta azul, al igual que en otras películas cortas y en un noticiero de cine, y organizó el Cine Club de Barranquilla. Una anécdota contada por él mismo, lo presenta de cuerpo entero sobre el respeto que le tuvo a su profesión.
Resulta que para lograr el ingreso al estadio de Barranquilla, el equipo local, es decir, el Junior, les expedía a los periodistas su respectiva credencial, la cual nunca usó, sino que cancelaba de su propio bolsillo el valor de la entrada. Alguien le preguntó que por qué lo hacía y él se vino con esta respuesta: “Lo que pasa es que quiero tener plena libertad para criticar al equipo sin que nadie me saque en cara que lo hago a pesar de que me gorreo la entrada” y sanseacabó.
Dicho lo anterior, es bueno señalar que Cepeda Samudio también le hizo apuestas a su modo a la innovación, al incorporar nuevas técnicas a la escritura con un estilo que tenía claras influencias de algunos autores estadounidenses a los que él mismo tradujo, como William Faulkner o Truman Capote. Su máxima obra, “La casa grande”, es un texto que goza del nivel de una obra clásica contemporánea en Colombia. Cepeda fue, a menudo sin ser nombrado —una injusticia que el tiempo enmendará—, uno de los primeros impulsores del boom latinoamericano junto a García Márquez. Solo que su muerte, a los 46 años de edad, lo privó de aparecer junto a los grandes.
García Márquez y Cepeda Samudio cultivaron una gran amistad y prueba de ello es el texto que el primero escribió cuando le pidieron un concepto sobre la personalidad del escritor barranquillero. En aquel momento lo dijo con estas palabras:
“Quienes conocen a Álvaro Cepeda Samudio apenas superficialmente, no entienden cómo hace para escribir sus cuentos. Quienes lo conocen más a fondo lo entienden menos. Aunque en alguna parte del mundo haya vivido más de dos años consecutivos, Álvaro Cepeda Samudio no ha permanecido quieto más de una hora en toda su vida. Sus cuentos serían explicables si se demostrara que los ha ido escribiendo de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo en las paredes, en las mesas, detrás de las puertas”.
“Uno no puede entender que un día se haya sentado frente a una máquina y hubiera escrito y luego corregido y por fin puesto en su forma definitiva una cosa tan hermosa y lograda como ´Hoy decidí vestirme de payaso´. Pero el caso es que lo ha escrito –y ocho cuentos más– con el mismo cuidado con que ha leído, sin que nadie entienda cómo ni cuándo, a Saroyan y a Faulkner, a Joyce y a Hemingway, y a todo Pío Baroja y Arturo Barea y Benito Pérez Galdós, y a otros muchos escritores heterogéneos, algunos de los cuales tan extraños que parecen inventados por él mismo”.
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