El Gabo de Netflix, ¿magia o una trampa editorial?

La producción Cien Años de Soledad de Netflix puede ser una adaptación lejana del libro, sino una estrategia de mercado que beneficia a terceros

Por: LUIGI ALDANA
marzo 13, 2020
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El Gabo de Netflix, ¿magia o una trampa editorial?
Foto: Twitter @NetflixLAT

Gabo, la magia de lo real, un documental de corte sociocultural que rescata, desde los testimonios de sus amigos, colegas y lectores, la vida personal, intelectual y política del escritor Gabriel García Márquez. Con esto, Netflix plasma su cuota en la inercia documental del compromiso histórico hispánico al descubrir los orígenes locales de un escritor Caribe ya universalizado. A pesar de ello, es oportuno revelar cuáles pueden ser las tretas mediáticas y los vericuetos magros del marketing editorial tras todo esto. Y que, por sorpresa, no serían a favor del legado de Gabo.

El documental inicia con la robustez del gran dios Magdalena, la imagen de esa serpiente marrón; ceñida e imprescindible en la simbología narrativa de Gabo. Luego, aparece un brillante cruce de comentarios entre personajes contrastados, que van desde pobladores mulatos y comunes hasta un Bill Clinton que nos dice sobre Nobel: “trazó de mil maneras el sinsentido de negarle la primacía al espíritu humano en todo”. Caramba, al estilo Netflix, excelente.

Imponente aparece el inglés Gerald Martin, excelso biógrafo de Gabo, con sus aportes pormenorizados que bien reposan en su obra de más de setecientas páginas sobre el escritor, subtitulada Una vida, obra plausible en reseñas como la The Boston Globe: “la mejor biografía que nos llegará del autor”. Por demás, recomendada.

Antes de ello, altísona una voz en off de melodía “cachaca” o rola que nos hace intuir que todo ser vivo, por ser vivo, puede hablar del folclor Caribe, aunque no todos con diáfana intensión. Y es que para algunos este tema puede ser una propulsión divina, como lo ha sido para algunos europeos. Para coterráneos, quizá una manía espectral que va de ignorar a ultrajar a la Costa y a la sabana en una milenaria discordia regional.  Y, para conciliadores superfluos, acaso con brote pendenciero, puede ser un abordaje oportunista en el marco de una demagogia sociocultural.

En fin, aparece el cronista, el presentador bogotano, el encargado “rolo” de llevarnos por la ruta mágica de Macondo, el dueño de esa voz “Juampi’s”, el escritor colombiano de trazo impecable: Juan Gabriel Vásquez. Aunque aquí yo me pregunto si en él se cumplirán los relatos de la tesis doctoral del francés Jacques Gilard de los 80s, cuando nos narró, desde su estudio sobre la literatura y cultura del Caribe colombiano, que fue Próspero Morales Padilla, el primer “cachaco” (hombre del nacido en el interior de Colombia) que habló maravillas de los escritores caribeños a la altura de la mitad del siglo pasado.  Para esa época, Morales Pradilla, escribía en el diario la Vanguardia de Bucaramanga y marcó los primeros indicios de lo que se conoció tiempo después como “El grupo Barranquilla”, grupo de Gabo y sus amigos. Palabras más, palabras menos, puso el Caribe en alto muy a pesar de esa discordia perenne de lucha de regiones. Hoy sabemos que Morales Pradilla, autor de “Los pecados de Inés de Hinojosa”, mantenía vínculos profesionales y amistosos con los escritores del Caribe y quizás por ello, el bombo mutuo de la época. Sin embargo, al sol de hoy y cosa que poco importa, literatos colombianos vigentes no evidencian eso, y esos vínculos están ahogados en un silencio tan tranquilo como infinito.

En todo caso, continuando con la secuencia del documental de Netflix, el célebre Juan Gabriel Vásquez prosigue su narración con un atuendo suelto, costero, apto para la brisa ribereña, pero denotando una postura incomoda como la del niño mal criado que no quiere salir en la foto de la primera comunión, obligado por la amenaza rotunda de un coscorrón descomunal por parte de su abuela desalmada. Aquí me detengo, pues se prenden las alarmas de divina envergadura y pienso que el “casting” se vino a pique en una confección irremediable y es que el cuerpo desde la comunicación no verbal es como los números, no miente. Se devela que, quizás, es un tema de encargo editorial para posicionar su cara, un embeleco promocional, aunque su subconsciente visceral lo contradiga en la proyección de todas sus expresiones.  Esto no es precisamente por las buenas habilidades narrativas, comprobadas y bien premiadas de Vásquez, sino más bien que –para los que no lo conocen– no saben que el señor Vásquez ha trazado de mil maneras el sinsentido de negarle la primacía a la narrativa de los caribeños –incluido Gabo– en todo.  En este sentido, sería un contrasentido que él sea embajador retórico del quehacer Caribe.  Y, más bien se cumple nuestra máxima sospecha en todo esto; es a lo mejor una estrategia de marketing editorial a favor de Vásquez que se denomina: marketing de contenidos o “Branded content”, una vieja práctica publicitaria que viene de la época de Popeye, personaje del cómic, donde su trasfondo siempre fue la campaña estatal de promoción del consumo de espinaca. A decir verdad, esta maniobra consiste en generar contenidos relevantes, llámese documentales, vídeos, historias, etc., para luego, ser asociados de forma indirecta a lo que se quiere promover y donde, usando conectores emocionales, estos puedan quedar coligados a una marca o producto.  Para este caso, la pretensión sería que el nombre o la obra de Juan Gabriel Vásquez quedara vinculada a la de Gabo. Algo así como: “ganar indulgencias con camándulas ajenas”.

Todo ello, esto sí a ciencia cierta, con los fines propios de la dictadura centralista e intelectual que a él y a su colega paisa Héctor Abad Faciolince los caracteriza con gran cobijo editorial.  Pues, han pretendido, desde sus finas formas ruinosas, y el ruido de sus objetos al caer, hacer creer a un tramo del público que la literatura colombiana es como el ping-pong presidencial; donde se disputa la presidencia del país –a nivel histórico–  solo entre paisas y cachacos y nunca, pero nunca con un ser Caribe o costeño, amazónico, choquano, entre otros. Bonita cosa que, sin parafrasear a Steiner, bien sus ideas nos decían: “los estudios humanísticos no nos hacen más humanos”. Para reflexionar queridos lectores.

En últimas, en este tipo de maniobra lo que prima es la plataforma. O sea, el medio de difusión; es el medio de comunicación la primera potencia en esta, la guerra de las marcas y sobretodo, de las ideas. A esto, pondré mi mejor ejemplo, recordemos: ¿qué nos dice el nombre de Carlo Lorenzo Filippo Giovanni Lorenzini? Pues bien, bastante que batalló el hombre para sacar sus cuenticos al aire a la altura del siglo antepasado. No obstante, mucho tiempo después cuando esos cuentos cayeron en las manos de Disney, Pinocho, fue Pinocho, aquí y en la Patagonia.

Hoy por hoy, el Disney es Netflix. Ahora bien, esto no quiere decir que J.G. Vásquez sea Pinocho, que le crece la nariz por mentiroso, o más bien, se lo dejo a su imaginación querido lector.

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