El futuro es un muro y detrás de él nos espera el abismo

No somos la primera generación que se halla ante un porvenir material y emocionalmente truncado...

Por: Álvaro Claro
septiembre 16, 2020
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El futuro es un muro y detrás de él nos espera el abismo
Foto: Pixabay

Una somera mirada hacia el pasado comprueba que hemos atravesado épocas sesgadas por la disputa: la creación de las matemáticas, el auge de las ciencias físicas y el brote social de la ecología hasta llegar al día de hoy, época marcada por la tecnología del miedo. El miedo, observado por la crítica, no es una tecnología. Pero la tecnología es en cierto modo el origen de este miedo, porque sus más recientes conquistas la han llevado a contradecirse y ahora su perfeccionamiento amenaza con destruir por completo la vida de todos. Por otra parte, si bien es cierto que el miedo no puede en sí mismo ser considerado una tecnología, no hay duda de que es, a todas luces, una técnica.

En efecto, lo que brilla del estado en que nos encontramos es que, a lo largo y ancho del planeta, la mayoría de los humanos (a no ser aquellos creyentes con los sentidos vendados) estamos privados de futuro. No se puede llamar vida verdadera a ninguna experiencia si no hay proyección hacia adelante, sin la posibilidad de cambio y de progreso. Vivir en un cuarto oscuro y con una cadena sobre el pensamiento no es una vida humana. Así, los hombres y las mujeres del presente vivimos, y hemos arrastrado durante años, una vida más parecida al presidio que a la civilización.

Penosamente, no somos la primera generación que se halla ante un porvenir material y emocionalmente truncado. Pero antaño se contaba con la palabra y la rebeldía para superar el obstáculo. Se enarbolaban nuevos valores a donde se dirigía la esperanza. Ahora nadie habla (excepto los que desconocen los alcances temibles de lo que dicen) porque el mundo se muestra regido por reglas ciegas y sordas incapaces de atender los gritos de advertencia, las propuestas y las súplicas. Una puerta se ha cerrado en nosotros ante el espectáculo de la violencia que desbordan las noticias. Esa puerta nos conducía a la eterna confianza que nos hacía creer que se obtendrían reacciones humanas de otro hombre con hablarle directamente a su humanidad. Todos hemos sido, directa o indirectamente, objeto de mentiras, envilecimientos, asesinatos, deportaciones, torturas. Y cada vez que esto ocurre, es imposible persuadir a estos jueces sin cabeza para que abandonen el estrado, porque están convencidos de sí mismos y es imposible saltar la cerca abstracta de la ideología que los protege.

En consecuencia, el enigmático diálogo entre hombres y mujeres ha caído en un abismo. Estamos rodeados por mujeres y hombres incapaces de persuadir, lo cual los convierte en seres humanos que espantan. Naturalmente, junto a los no hablan porque lo juzgan una acción estéril, se desencadena la anónima conspiración del olvido, aceptada por los que tiemblan y se dan palmaditas de consolación para temblar por grupos. Entonces no se puede hablar del uso desmedido de la fuerza porque eso es llamar a la anarquía. No se debe hablar del titiritero oculto detrás de la democracia porque tal acto favorecería a las milicias… En fin, esta es la forma como el miedo se establece como técnica.

Dado que el debate público es imposible, nos hemos dejado arrastrar por la historia y no podemos recuperar esa parte de nosotros mismos que se despierta ante la belleza de la naturaleza y la energía de las palabras. Vivimos, pues, en la era de los horarios de oficina y la insensibilidad de las máquinas. El orden del día lo marcan las ideas absolutas y el mesianismo sin titubeos. Es imposible discriminar ya las razones acertadas. Y para aquellos que solo pueden vivir en diálogo con el conocimiento, este statu quo es el fin del mundo.

Para apalear este miedo, deberían crearse tiempos y espacios para la reflexión y la acción, cada cual según su criterio. Sin embargo, el miedo no es justamente una esfera saludable para la reflexión. Tampoco se trata de ocultarlo. Se trataría, mejor, de enlistarlo como uno de los primeros componentes de la ecuación y tratar de resolverlo. Esto debería ser esencial, porque están en juego los deseos de muchos ciudadanos, hartos de injusticias e hipocresías, que no aguantan más la idea de usar el fuego para convencer a sus semejantes, de la misma manera que el fuego los ha consumido a ellos. Ante esta ruptura se halla otra multitud de ciudadanos que no pertenecen a ningún partido o que no están en la misma línea de aquel al que pertenecen. Todos tienen el derecho de afirmarse en su verdad, esto es incunable, lo que tendría que evitarse es el derecho de imponerla por medio de la barbarie, ya sea intelectual, individual o colectiva.

Ante los lazos del miedo que nos envuelven nos hallamos sin fuerzas para abrir los brazos y solo podríamos hacer admitir otros puntos de vista, recuperando su legitimidad coartada, cuando aclaremos la conciencia de lo que queremos y lo digamos tan simple y precisamente que cada palabra pueda desatar un haz de energías. No obstante, como el miedo no es una esfera saludable para la reflexión, deberíamos, a manera de inicio, dar una pauta de resistencia nunca antes vista.

En este sentido, es preciso saber qué se busca y qué se rechaza. Se busca y se rechaza un fenómeno idéntico: un mundo en el que se legalizó la muerte y la vida pasó a ser una moneda sin valor adquisitivo. Tendremos que sacar a flote, lo más pronto posible, dos preguntas subterráneas: ¿Intelectual o materialmente estamos dispuestos a matar o violentar a nuestro vecino? ¿Intelectual o materialmente estamos dispuestos a ser violentados o asesinados por nuestro vecino? Al responder estas preguntas, quizás, surja la unidad a partir de lo negativo: todos los que contesten no a estas dos cuestiones se posicionan automáticamente en la responsabilidad de fortalecer el modo de señalar y plantear salidas para el problema. Aquí se podrían precisar algunas de estas consecuencias, sin embargo, el lector perspicaz puede interrogarse y plantear sus propias alternativas.

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