El furioso regreso de Peláez y Gardeazábal

Miles de fans los forzaron a volver al aire y esta vez, sin dueños, y a punta de tweets, se proponen no dejar títere con cabeza en su programa virtual: La Pega

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marzo 17, 2016
El furioso regreso de Peláez y Gardeazábal

La única preocupación que tenía Hernán Peláez de llevar a Gustavo Álvarez Gardeazabal, a mediados del 2003, a La Luciérnaga, era su radicalismo gay. El exgobernador del Valle, quien por esos días tenía un espacio llamado Conversatorio con Gardeazabal en Noticinco de Telepacífico, le respondió “Hernán, no te preocupes, yo voy a hablar en el programa con mi voz, no con el culo”. Impredecible, el escritor y político, ahora convertido en locutor, apoyó en más de una ocasión al Procurador en la cacería de gays que había emprendido, defendió la reelección de Santos porque le pareció una equivocación de Uribe la escogencia de Oscar Iván Zuluaga como candidato y, cuando todos arrinconaban al expresidente, él recordaba los logros que había obtenido en sus ocho años de gobierno.

El escritor, famoso desde que tenía 26 años por la publicación del clásico de la literatura colombiana Cóndores no entierran todos los días, fue de las primeras figuras públicas a las que no les importó salir del clóset. Sin embargo, nunca marcharía en un desfile, ni defiende la adopción de parejas homosexuales o el matrimonio gay. No se siente especial por su condición sexual y lo único que quiere es que lo respeten, que lo dejen en paz.

Pertenecer al equipo de La Luciérnaga lo convirtió no sólo en el periodista más informado del país, sino que su finca, El Porce, en Tuluá, Valle, se transformó en un lugar de peregrinación adonde no sólo iban ministros e industriales sino que hasta Álvaro Uribe y su esposa Lina, iban a sentarse a su comedor de mantel de plástico a probar la lengua en salsa o el sancocho de pecho, especialidades de la casa. Fue tanta la afluencia de personalidades de la vida nacional que iban a visitarlo, que el aeropuerto del municipio tuvo que ser rehabilitado.

Peláez no se equivocó al llevar en el 2003 a Gustavo Álvarez Gardeazabal –desahuciado después de los escándalos de corrupción que lo llevaron a la cárcel– al programa con más audiencia en la radio colombiana. A diferencia de Hernán, a Gustavo no le gusta el bolero. Sus preferencias van por el lado de la música carrilera, la clásica y toda música que venga en un idioma que él no entienda para poder sentarse plácidamente a leer. Por estos días termina Las esquinas del nobel Mario Vargas Llosa y se entretiene leyendo los insultos que le mandan vía mail por su última novela, El resucitado, en donde, entre otras cosas, le dicen que un marica no está capacitado para hablar de teología.

Antes de que Gardeazabal  ingresara  a la Luciérnaga este par de provocadores se habían conocido personalmente en una entrega de premios a vallecaucanos destacados. Peláez no necesitaba conocerlo a fondo para saber que la lengua afilada del escritor le vendría muy bien a su programa radial. Todo lo que decía  Gustavo despertaba urticaria en las altas esferas del poder. Pero no sólo contra los dos presidentes que le tocaron mientras estuvo en el programa apuntó sus misiles. Sus colegas, los escritores de turno, tuvieron que soportar sus ataques: La carroza de Bolívar de Evelio Rosero fue una decepción absoluta a la que le dedicó varias cantaletas, El ruido de las cosas al caer, como  toda la obra de Juan Gabriel Vásquez, exceptuando su último libro,  le pareció sobrevalorada. Hasta el admirado Fernando Vallejo no escapó de sus críticas y dijo en su momento que El cuervo blanco, la biografía de Rufino José Cuervo, era una excusa del escritor antioqueño para cantaletear impunemente.

Su cardiopatía, la misma que lo hace comer puré de papa mientras sus comensales despachan jugosos churrascos, lo obligó a hacer el programa en Tuluá, lejos de la para él mortal altura bogotana. Los encuentros con Peláez se espaciaban durante años y eran las intensas llamadas diarias las que mantenían viva la amistad. En las conversaciones recordaban la Cali de los cincuenta que ambos vivieron, los abarrajados de los que ya no pueden atrabancarse, la discoteca Éxtasis en el centro, cuando la salsa ya empezaba a ser escuchada por blancos. Y, por supuesto, la coyuntura nacional.

En los nueve años que estuvo en el programa hubo fuerzas del uribismo, y después del santismo, que le pidieron la cabeza de Álvarez Gardeazabal a Hernán Peláez. Los métodos de este para obtener información fueron duramente cuestionados por algunos de sus compañeros de programa. Héctor Rincón fue de los pocos que se atrevió a expresarle a Peláez la furia que le daba escuchar lo que él consideraba “inquinas malsanas o exaltaciones gratuitas” que hacía el ex gobernador, le parecía irresponsable y peligroso para la credibilidad del programa. Peláez sabía que una vez dejara de ser director de La Luciérnaga irían por el autor de El divino. Y así fue.

La polémica se esparció por los medios en enero del año pasado. A Gustavo Gómez, quien asumió la dirección del programa, se le acusó hasta de homofóbico por haber sacado a a Gardeazabal y de haber obedecido sin más, órdenes con acento español desde el alto gobierno. Los meses pasaron y aunque La Luciérnaga logró mantener su sintonía, los fans del tándem Peláez-Gardeazabal los siguieron extrañando. Fieles seguidores que, desde el pasado martes pueden escucharlos renovados a través de la plataforma digital Spreaker. Libres para decir y hacer lo que quieran, los viejos amigos hablaron en ese primer programa sobre Ányelo Palacios y le dieron durísimo, como era de esperarse, al gobierno Santos.

Lo verdaderamente refrescante fue ver cómo el par de amigos setenteañeros, mantienen la irreverencia y el desparpajo intactos.

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