El Festival Vallenato: la gloria de Uribe y el infierno de Santos

"El vallenato, que alguna vez fue música, comprueba una vez más su carácter panfletario y propagandístico y su peso en la vida política"

Por: Gonzalo Ramírez
mayo 02, 2016
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El Festival Vallenato: la gloria de Uribe y el infierno de Santos

Se acercaba la media noche del sábado y el festival vallenato 2016 moría. Poncho Zuleta, visiblemente borracho, interrumpió su presentación para gritar ¡Vivas! Al Centro Democrático y a Álvaro Uribe. La gente respondió con una ovación atronadora.

Parte del fervor que despierta Zuleta en el César se lo debe al respaldo irrestricto que le ha dado el cantante a la derecha más radical de este país. A mediados de la década pasada, cuando los paramilitares hablaban en el Senado, Poncho cantó una canción que pronto se transformó en un himno: ¡Viva la tierra paramilitar!. Todos en Valledupar sabían de las rumbas pantagruélicas que tenía el cantante vallenato con el Mono Mancuso. Y todos lo amaban por eso. Las Farc, con sus abusos, con su torpeza, no alcanzaron a hacer bases sociales en esa región de Colombia y los ganaderos, despiadados, usaron a los juglares vallenatos para transmitir su mensaje anti-subversivo.

El festival vallenato no sólo es un evento cultural sino también político. Se lo inventó el entonces gobernador López Michelsen con el propósito de convertir al vallenato en la música oficial del país. Desde entonces, en los primeros días de abril, Valledupar se convierte en la sede oficial de la política colombiana. La oposición y el gobierno se dan cita allí y pulsean. Juan Manuel Santos inauguró el festival el jueves en la noche y el abucheo fue cerrado y total. Su mensaje, enviado por video ya que el presidente estaba atendiendo al embajador de Inglaterra, fue considerado un insulto por los miles de asistentes que atiborraban el parque de la leyenda vallenata.

Valledupar volvió a dejar sentir su fervor uribista y Poncho comprobó que parece un emisario del Centro Democrático. El vallenato, que alguna vez fue música, comprueba una vez más su carácter panfletario y propagandístico. Ojalá que en la Nueva Colombia, lejos del influjo paramilitar y uribista, vuelvan los juglares, la gente que como Leandro Díaz le sacaba el quite al hambre con unos versos divertidos. Lo de ahora sólo son letras misóginas y odas a políticos corruptos, a presidentes cuestionados y a ex comandantes paramilitares.

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