El fantasma del Catatumbo

El horror de la toma de la Gabarra por los paramilitares de Mancuso sigue vivo. Iván Gallo estuvo en este pueblo vecino de Tibú y cuenta lo que encontró.

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julio 04, 2013
El fantasma del Catatumbo

Cincuenta y siete kilómetros separan a La Gabarra de Tibú. Recorrerlos es como caminar encima de un lagarto gigantesco. El carro se ladea, casi que se parte en dos. Solo los camperos más bravos o las camionetas de doble tracción pueden llegar. El camino estaba seco y medianamente transitable. Alrededor del camino los balancines yacían quietos como gigantes dormidos. Algún día estos aparatos monstruosos dejarán de funcionar cuando terminen de sacarle la última gota de sangre negra a este territorio exhuberantemente rico.

Después de tres horas dejamos descansar los huesos en una de las vetustas camas del Hotel Del Río.

"Esa noche se quedaron acá cinco raspachines, recuerdo que tenían unos bultos de plata tan grandes que jadeaban al cargarlos. Al otro día se iban, estaban nerviosos, no querían ni siquiera salir al parque, mucho menos a la esquina. No salieron ni siquiera cuando en la tarde se fue la luz"

No había energía eléctrica, en la madrugada la guerrilla habían volado dos torres en las inmediaciones del Tarra. Esto no había logrado sofocar el ambiente festivo que tenía el corregimiento. Se celebraba el VII festival de la vida. La gente de las veredas bajaba a escuchar un grupo musical o a jugar un partido de fútbol. El sol calcinante no era un impedimento para que los muchachos se revolcaran en la cancha. Sin embargo a las cuatro de la tarde ya comenzaban a preocuparse. Las actividades del Festival podrían cancelarse por culpa de las acciones de las FARC. Además quedarse sin luz en la noche evocaba malos recuerdos.

“Acá a todo el mundo le da miedo quedarse sin luz en la noche, ese recuerdo lo tenemos en la memoria como si fuera ayer. No hay día en que no pensemos en eso. Nos encerramos todos en un cuarto y afuera se escuchaba un susurro, un susurro que era como una oración recitada entre los dientes. Le juro que hasta los grillos se habían callado. Empecé a verle la carita a mi hija, creí que había llegado la luz pero no era así, eran las bengalas que lanzaba desde la base el ejército. Fue para lo único que sirvieron esos hijueputas, para iluminarle el camino a los paracos”

Poco antes de que las tinieblas volvieran a inundar las siete calles la energía eléctrica volvió. La gente que comenzaba a guardarse sacó la mecedora a la puerta de sus casas y volvió a poner los vallenatos de siempre a todo volumen. El sol dejaba morir sus últimos rayos en la espesura del río. Ese río ancho y caudaloso. Ni siquiera la más implacable de las sequías había logrado robarle algún centímetro.

Foto: Notimundo

Foto: Notimundo

“La gente se botaba al río desesperada. Era mejor que las rocas les reventaran las cabezas a que los hombres de Mancuso los sometieran a las vejaciones que acostumbraban hacer en otras regiones. En el puente se pararon una fila de hombres, desde mi casa yo veía las sombras, parecían caballeros malignos de las tinieblas. Les vi la cara cuando las ráfagas de sus metralletas los iluminaron. Los de abajo ni siquiera gritaban, yo creo que ya se habían ahogado”.

No le hicimos caso a ninguna norma de seguridad y caminamos sus calles hasta bien tarde. Había desaparecido la tensión que había cuando los Paramilitares asentaron su poder acá durante más de cinco años. Solo el río puede saber cuántos muertos tuvo que llorar el corregimiento. Durante esos cinco años la gente se fue dejando sus casas y a pesar de que volvieron porque se cansaron de ser tratados como limosneros en las ciudades más grandes del departamento, todavía se pueden ver las ruinas de las casas abandonadas.

“La Guerra (Nombre con el que denominan a La Guerrilla)  nos decía que nos iba a respaldar que si le asistíamos a las reuniones les iban a hacer frente a los paracos porque todo el mundo sabía que ellos un día iban a entrar. Apenas aparecieron en Tibú en Mayo del 99 nos traicionaron, agarraron sus millones, su puta coca y salieron corriendo como quinceañeras recién peinadas huyéndole a un aguacero. Nos alcanzaron a avisar y salimos en balsas para Venezuela río arriba. Era para el día de la madre del 99. No entraron porque casualmente un comando del EPL estaba por la zona, tal vez querían disputarle el territorio a las FARC. Los combates duraron casi tres meses. En Venezuela nos devolvieron y nos mandaron a Cúcuta y nos hacinaron en el coliseo Eustorgio Colmenares. Para eso es lo único que ha servido ese elefante blanco, para meter trescientos refugiados y desde allá entraban gentes de las autodefensas y de inteligencia del ejército para marcarnos y después darnos candela. En Cúcuta murieron muchos de nosotros, otros tuvimos que devolvernos para acá a presenciar la terrible noche del 21 de agosto de 1999”.

Una tormenta eléctrica hizo que todo el mundo se guardara en sus casas. Me metí al cuarto del hotel, las paredes ya no estaban manchadas de sangre.

“En el Hotel del Río mataron a cinco y acá al frente de la plaza tocaron la puerta con la culata del fusil. Decían que venían con listas pero eso es mentira, le daban a todo lo que se movieran en la calle. Acá vinieron a buscar a unos raspachines que tenían la costumbre de alquilar la habitación para pasar la noche, uno de mis huéspedes dijo que abriera porque eso igual el que nada debe nada teme. Abrí y el más joven entró e hizo que todo el mundo saliera pa fuera y ahí en la entrada los acostó boca abajo. Agarró el papel y comenzó a llamar a lista como si fuera un maestro. Eran siete muchachos los que estaban acostados, muchachos muy jóvenes casi tan jóvenes como los que estaban armados. Cuando uno de los paracos escuchó que había uno de los nombres que buscaban. Sacó del cinto una pistola plateada, muy bonita la hijuemadre pistola, le apuntó a uno de los muchachos y disparó. La cabeza le sonó como si fuera una papaya madura cayéndose al piso. Yo me vine corriendo a mi cuarto y me encerré. Desde allí escuché como los cuatro disparos retumbaban por toda la casa. Hay noches en que todavía escucho ese ruido sordo”.

La ley de víctimas que lanzó Santos en Tibú aún no se aplica en el Catatumbo. Foto: El Espectador

La ley de víctimas que lanzó Santos en Tibú aún no se aplica en el Catatumbo. Foto: El Espectador

En la mañana muy temprano fuimos a desayunar. Los comerciantes había vuelto a abrir sus tiendas y las motos, las cientos de motos que tiene La Gabarra paseaban de un lado para otro de la calle principal levantando una fenomenal nube de polvo. El lugar estaba atestado de gente pues ese día una decena de fiscales habían llegado de Bogotá para darle curso a las audiencias que buscaban afanosamente brindarle justicia a las miles de víctimas que había dejado la apocalíptica incursión paramilitar del último año del siglo XX. Señoras de mirada apagada hacían una fila interminable para escuchar lo que tenían que decir sobre sus víctimas en una teleconferencia emitida en Cúcuta. Esperan no tanto que los asesinos estén presos sino que les devuelvan lo que alguna vez fue de ellos. Además están las madres que quieren saber dónde están los restos de sus hijos. Algunas lideresas se acercaban a nosotros a contarnos sus historias. En este lugar apartado de la tierra el fin del mundo ya ha pasado. Pisamos suelo post-apocalíptico. Una niña dura quince minutos enteros contando como uno a uno los paramilitares fue matando a los integrantes de su familia.

“Había uno de ellos tan terrible, lo llamaban El Negro, era tan feroz que acostumbraba a colgar a sus víctimas de unos ganchos donde los carniceros suelen poner sus pedazos de res. Cuentan que le arrancaba el corazón a sus víctimas y dando un par de dentelladas se lo comía. Todas esas cosas tuvimos que vivirlas acá”

Hay casas que están marcadas, de uno a sesenta. Esas casas fueron quitadas a los gabarreros los paramilitares más importantes. Están marcadas porque esas casas según la  ley de víctimas van a ser devueltas a sus dueños originales. Son las casas más grandes del pueblo, ubicadas en sitios estratégicos. No quiero pensar la maldad que esas casas han venido guardando desde hace ya doce años.

“El comandante Camilo vivía en una casa a orillas del Catatumbo. Desde allí podía ver quien entraba o quien salía del corregimiento por el río. Era una casa amplia de un balcón inmenso donde el comandante solía poner los bafles de su equipo de sonido a todo volumen con el vallenato de moda. Las fiestas que hacía todavía son recordadas. En esta otra casa vivía el comandante Cordillera. Era un tipo muy malgeniado, sobre todo con la mujer a la que acostumbraba cascarle. Ya Camilo lo había amenazado, le dijo:

-Usted le vuelve a pegar a la pelada y le juro por Dios que lo pico con mis propias manos.

Una noche llegó borracho y ella le habrá hecho algún reclamo, el caso es que le pegó un cachazo en la cabeza y la mujer quedó inconsciente. Cordillera trató de reanimarla pero fue inútil, creyó que la había matado, se asustó, pensó en la represalia que le esperaba. Ahí al lado del cuerpo tendido de ella Cordillera se pegó un tiro en la sien. Imagino la impresión que habrá tenido la mujer cuando se despertó y vio a su marido con la tapa de los sesos levantada”.

Las casas están habitadas por familias Gabarrenses que han vuelto pero no son sus verdaderos dueños. Ellos según la ley volverán pronto. No se podrán borrar las huellas tan fácilmente como algunos creen. Eres un extraño con una cámara. Las calles todavía guardan los secretos, los ríos de sangre desembocando en el Catatumbo.

“A las seis de la mañana me levanté al otro día y lo único que se escuchaban eran lamentos. La sangre huele, todo te queda impregnado con ese olor. En las calles se revolcaban los agonizantes, por toda la calle principal se regaban los muertos, ¿Cuántos dijeron que eran los muertos de esa noche?

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-No, eran más, yo los vi. Eran muchos más. Yo estuve esa mañana. El ejército llegó a las siete a preguntar que había pasado. Según ellos no habían escuchado nada a pesar de que usted vio lo cerquita que está la base del pueblo. En volquetas como si fueran costales de basura los fueron apilando. Era horroroso.”

En el Colegio Agropecuario La Gabarra comenzaron a llegar los equipos para transmitir la audiencia. Las víctimas se hacían en grupo y trataban de vencer el calor haciendo un improvisado abanico con el programa del día. Algunos venían de muy lejos, Catatumbo arriba, fueron los de las veredas los que más sufrieron.

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Los paramilitares contaron con todo el tiempo para recorrerse el pueblo sin que autoridad alguna apareciera.

“El Osito era avaro. El decía que las balas no había que malgastarlas en la gente que uno pudiera ejecutar. Así que le ordenaba a uno que usara una piedra muy grande y le aplastara con ella la cabeza al insurgente. Usted viera la cara que hacía, eso era mucho gustarle”.

En la estación de policía de La Gabarra descansan los restos de lo que fue la última lágrima “Era una camioneta verde que pasaba a cualquier hora del día y se iba llevando sospechosos hasta Puente Barco en el Kilómetro sesenta. Allá tenían un cuarto de tortura, a veces metían en ese pequeño espacio a más de ochenta personas. Las tenían sin darles nada de comer después las sacaban al patio y las iban cortando con una sierra eléctrica como si fueran pollos”.

El cuarto todavía guarda la humedad del sudor y de la sangre. En el centro de una de las paredes del cuarto de tortura descansa el fatídico nombre de “Omega” y abajo una inscripción en un burdo inglés “For Even” después se riegan sobre la paredes los nombres de los que estuvieron allí encerrados esperando que alguien les hiciera el favor de que les pegara un tiro en la nuca y que cesara por fin el sufrimiento y que dejaron plasmados sus apellidos sus apodos sus plegarias en el cemento de las paredes “Se ve que usaban cualquier cosa para escribir, una piedrita, sus mismas uñas” En medio de la pared otra inscripción “Dios es amor”. Al cuarto de al lado la selva se lo está comiendo. Pasamos el patio y está la casa donde ahora vive una familia, un hombre sin muelas y con los ojos desorbitados dice “Casi no podemos dormir, se escucha a gente lamentarse en el patio y como si escarbaran tierra. A los niños les jalan las patas. El ambiente es sofocante. Toca vivir acá porque sino pa donde más agarro”.

A pocos metros de la sala de tortura están las ruinas de Corpoyuca, una iniciativa del pequeño industrial Gabarrense que iba a revolucionar las corporativas del Catatumbo. Después de que los Paracos se hicieron con Puente Barco, Corpoyuca dejó de existir, ahora solo queda un galpón al que se lo está carcomiendo la selva y la humedad. “Los paracos se llevaron todo, hasta el último tornillo, los baños, eran aves de rapiña”.

Cuando se fueron de la noche a finales del 2004 se llevaron todo. No solo los costales de cocaína que eran la razón principal de su estadía en La Gabarra. Controlar el monopolio que habían impuesto las Farc. Dicen que al lado del Río se sentaba el comandante guerrillero y vendía en cuatro meses más de 25 millones de dólares de ese alcaloide. Era una tajada muy jugosa que una fuerza como las AUC no podía desaprovechar. EN 1998 Carlos Castaño había dicho que para antes del fin del milenio él iba a montar su hamaca al lado de río Catatumbo. Una vez mas los paramilitares habían cumplido su promesa.

Las muertes fueron incalculables. Lo que han quedado son las víctimas esperando por ser atendidas, amparadas en una Ley  que busca devolverles su dignidad pero que se ha quedado sin recursos económicos para respaldar esa iniciativa. Por ahora deben conformarse con las fiestas que se hacen como el festival de la vida, conformarse con que algunos de los victimarios estén presos.

Por eso aunque esa noche bailaron carranga y tomaron las cervezas de rigor, al otro día volverá a aparecer el escepticismo e incluso el temor de que la barbarie vuelva. Lo que hay en La Gabarra no es una paz duradera sino una calma chicha y eso lamentablemente se siente, flota en el ambiente, se pega en la piel. Es una sensación tan incisiva como el olor de la sangre.

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