El factor Claudia Elena en el éxito de Carlos Vives

Durante nueve años el samario ni sonó ni tronó como músico hasta que la estricta Claudia Elena lo forzó a poner a volar su talento

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agosto 05, 2015
El factor Claudia Elena en el éxito de Carlos Vives

Las mujeres que fueron en los primeros meses del 2010 al recién inaugurado Spa Chairama, en el norte de Bogotá, contenían la respiración al ver a ese atractivo personaje macizo, de rastas y sonrisa amplia que les recordaba a Carlos Vives. Y en efecto, era Carlos Vives quien no dudaba en recomendar cremas, jabones y tonificantes de piel a la sorprendida clientela. Sin prejuicio alguno atendía como uno más en el recién inaugurado Spa de Claudia Elena, la querida Miss Colombia con quien había formalizado su relación después de una pasión clandestina. Antes que cantante, era un entusiasta torero al que lo tenía sin cuidado su éxito prematuro: 12 millones de copias vendidas, 36 premios, siete Grammys latinos.

Entre el 2003 y el 2012 Carlos Vives decidió retirarse de los estudios de grabación para montar con su hermano Gaira, un restaurante de comida costeña en el norte de la capital; viajar con su grupo La Provincia para rememorar épocas gloriosas y tristemente pasadas, apoyar a nuevos músicos como Adriana Lucía, con la que consiguió su único Grammy como productor, y, sobre todo, concentrarse en la crianza de Elena y Pedro, los hijos que había tenido con Claudia Elena, la musa que le devolvió las ganas de volver a grabar un disco y estar aún en la vanguardia, a sus 53 años, de la música colombiana.

Cuando Claudia Elena Vásquez soñaba de niña con su príncipe azul se lo imaginaba como un hombre de saco y corbata que cumplía religiosamente un horario como gerente de banco. Un tipo serio, responsable que solo hablaba de números, al fin y al cabo ella era una paisa emprendedora que se había preparado como ingeniera química. La vida la vino a poner al lado de un poeta. Lo conoció mientras grababan el video de la canción Déjame Entrar. Quedaron flechados y poco importó que el cantante estuviera casado con Herlinda Gómez. Después de meses de romance a escondidas, la actriz puertorriqueña, con quien Carlos también tuvo dos hijos, contrató a un detective privado quien, con reveladoras fotos, demostró la infidelidad. Vives se divorció y casi al instante se comprometió con la exreina.

El relanzamiento de La Tierra del Olvido, uno de sus clásicos, se convirtió en un vídeo viral que en poco menos de una semana lleva casi cuatro millones de vistas en Youtube.

Ella nunca había estado con un artista y por eso se sorprendió al ver que Vives, a pesar de su estatus, era un niño grande que para ser feliz se conformaba con muy poco. Nueve años duró el retiro hasta que Claudia Elena entendió que tanto talento no podía desperdiciarse. Vives se lo pensó dos veces. Su regreso sería más difícil que su debut como baladista de rock en los bares de Chapinero a principios de los años ochenta. Sin embargo, en esa época, no contaba con una Claudia Elena. Ella curó las heridas. Literalmente le lavó el pelo, le limpió la cara, organizó comidas para él, reestableció su ego. Y entonces vino la explosión.

Primero fue Corazón Profundo, el disco que grabó entre los años 2012 y 2013, en donde el estricto rol de mánager de ingeniera que ejerció Claudia Elena fue fundamental para vender más de 400 mil copias en Colombia, recibiendo dos discos de platino. Canciones como 'Volví a nacer', una expresa declaración de amor a su esposa, se convirtieron en clásicos inmediatos. El éxito del disco, sumado a su participación como jurado en La Voz, lo situaron de nuevo en la primera línea del panorama artístico nacional. El buen momento se vio refrendado el año pasado al sacar Más Corazón Profundo. Las colaboraciones que hizo con Marc Anthony y Choquibtown hicieron que su voz sonara con fuerza en los escenarios del mundo.

Silenciosa, malgeniada, controladora, Claudia Elena es el polo a tierra de Charly, como cariñosamente le dice. Ella, como Mercedes Barcha, con ese otro loco genial de Gabo, es quien lleva las riendas de la casa, la que regaña y educa a los hijos mientras Carlos es solo el papa querido y juguetón que se sienta con ellos a pintar, a cantarle canciones, a leerles los cuentos antes de dormir. Ella le proporciona la estabilidad que necesita el genio para crear y es el secreto de por qué a sus 52 años sigue siendo el mismo joven hiperquinético y carismático que vimos en los ochenta en Pequeños Gigantes, sólo que más sabio y, sobre todo, más guapo.

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