El espíritu del tiempo

Bien parece que cortinas de humo ocultaran la realidad, haciendo que se fije la atención hacia cualquier cosa para que no se dé cuenta de otra

Por: Silvio E. Avendaño C
marzo 03, 2021
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El espíritu del tiempo
Foto: Leonel Cordero

En la pantalla del televisor, el titular del día no es otro que la historia de los ladrones que intentaban robarse una caja fuerte. Sorprendidos los bandidos por la policía iniciaron la persecución a pie. Como los ladrones tienen alma de escaladores, los tejados fueron la pista de huida, aunque el helicóptero de la policía los perseguía. Por la radio, el apuñalamiento de un hombre, a quien le roban la bicicleta… Y en el periódico virtual, una estrella nacional en el fútbol internacional dejará de jugar por unos meses, dada la lesión que sufrió en una de sus canillas...

Y en mi mente surge la pregunta de cómo se hace la noticia. ¿Está hecha la noticia para distraer y desviar la atención de los verdaderos problemas? Bien parece que cortinas de humo ocultaran la realidad, haciendo que se fije la atención o el interés de alguien hacia cualquier cosa para que no se dé cuenta de otra. O mejor la realidad no existe…

Mas ante el COVID-19 bien parece que el deseo ha sido “¡qué se mueran!". Y pronto comenzó el relato, difundido por los medios, sobre la negociación de la vacuna. Pedaleo y pedaleo en la bicicleta estática, en otros términos, la simulación de la confidencialidad con la esperanza de la inmunidad de rebaño. “Es verdad que van a morir muchos, pero la peste pasará y los más aptos sobrevivirán al asunto”.

Así, ante la ¿incapacidad? del sistema de salud para enfrentar la pandemia se recurrió al cuento que no se podía saber cómo iba la negociación de la vacuna. Y como resultado de tanto hermetismo no se consiguió ni una ampolleta y, lo cierto, es que no hubo ninguna negociación. Igualmente, es significativo que la vacuna no se pueda producir por estos lares, pues cuando se impuso el neoliberalismo, la moda de los años noventa del siglo XX, es decir, la economía de mercado y la apertura de mercados, el Instituto Nacional de Vacunas se clausuró, es decir, se borró.

Como era una institución estatal, con la majadería de que el Estado regula, pero no produce, se acordó: que no era función del Estado el instituto. En caso de necesidad lo mejor era importarlas las vacunas, comprándolas a las grandes farmacéuticas. Además, como el país se encontraba instalado en el optimismo de bienvenidos al futuro. Se consideró que grandes males no se presentarían en estas tierras, a pesar de que otras epidemias se hallaban en distintos lugares del país.

Pero la farsa sigue su curso, pues igual que en la pandemia de 1918 se extiende la resignación: “convivir con el miedo a la muerte, porque esta puede aparecer en cualquier momento”, y acogerse a la esperanza los efectos bajos y la despreocupación cuando el contagio disminuye.

Aunque pensándolo bien, la salida sería comprar la vacuna y revenderla. ¡Eso sí, quien manda a ser pobre y no tener money!

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