Él, ella, amigo, amiga, fiebre, cólico

El lenguaje simple es fácil pero peligroso en la sociedad y la medicina. Es mejor llamar a las cosas por su nombre.

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abril 21, 2019
Él, ella, amigo, amiga, fiebre, cólico

“El lenguaje social y político degenera hacia la simpleza” titula El País de España. Esto se demuestra en varias investigaciones de politólogos de reconocidas universidades que han estudiado el discurso político en muchos países por décadas.  No es una situación nueva pero se ha vuelto peligrosa en los últimos tiempos porque se favorecen así los populismos, nacionalismos o extremismos de izquierda y derecha.  Y en medicina el lenguaje simple, aunque a veces se nos acuse a los profesionales de la salud de usar palabras que nadie entiende, tiene también sus peligros.

Imaginemos por un momento que llamamos a una meningitis infantil por meningococo “la fiebre”  Los padres podrían pensar que controlada la fiebre está curada la enfermedad. O que a un adenocarcinoma de colon con obstrucción lo llamemos “el cólico”  Desaparecido el dolor tipo cólico el paciente puede pensar que sanó. A mí personalmente me da casi un dolor cólico cuando veo que se publicita en televisión un “remedio para todo tipo de dolor cólico” o “para toda molestia intestinal”  Sin saber la causa del problema quizás estamos calmando, simplificando y ocultando una posible apendicitis, un cálculo renal o tal vez un tumor intestinal. Seguramente el problema va a empeorar porque el lenguaje simple y elemental tiene sus peligros.  Sobre todo en nuestra sociedad donde es tan frecuente la automedicación.

Ahora bien, el diario español tiene mucha razón en llamar la atención al fenómeno pues la degeneración a lo simple y elemental en nuestras comunicaciones produce un pensamiento que rehúye lo complejo e incierto.  Y si hay algo complejo e incierto es nuestra situación actual global, local y aún personal. Por tuitear, wasapear y enviarnos mensajes de pocas palabras de no más de dos sílabas, añadiendo además emoticones jeroglíficos, nos estamos quedando sin instrumentos mentales para pensar con claridad nuestra complicada realidad.

Y voy a tocar un tema afectivo.  Desde hace unos años me irrita que nos tratemos de amigo y amiga sin usar nombres o apellidos.  El “amigo” y “amiga” son totalmente fríos e indefinidos. Puede ser cosa de mi tercera edad, no sé.  Además en estos días he estado hablando mucho con una persona que habitualmente sólo usa pronombres (él, ella, ellos, aquel,  aquella) y he querido interrumpirla varias veces porque no sé de quién me está hablando. En las relaciones de pareja cuando empiezan a hablar del otro usando el “aquel” algo va mal o por lo menos se ha enfriado el amor.  Por ejemplo, “aquel no me llamó” O “aquel me llevó serenata” ¿Para qué le llevó serenata si no se acuerda de su nombre digo yo? No sé, no soy ningún consejero sentimental pero algo va mal cuando sólo se usan pronombres sin nombres ni apodos o apelativos cariñosos casi siempre ridículos aunque personales.

En medicina es regla de buen trato al paciente usar su nombre.  Y no su número: “el de la cama 17” por ejemplo. Y peor aún el diagnóstico como nombre: “usted el de la dermatitis”  Si su médico no lo llama con su nombre o apellido ¡ojo al parche! A lo mejor no le importa personalmente su sufrimiento y esto puede ocurrir frecuentemente en una medicina burocratizada.  

Además hay que evitar el anonimato pues puede ser un error grave confundir nombres y pacientes distintos.  Ocurre en las clínicas más encopetadas y es una falla que todos los equipos de riesgo hospitalario procuran prevenir.  A mí personalmente al salir de un acreditado hospital de la capital colombiana me entregaron mi historia clínica, un mamotreto de más de cien páginas.  Y al leerlo me enteré sorpresivamente que había sufrido cardiopatía coronaria y falla renal que había requerido diálisis. Nada de eso me ha ocurrido hasta ahora y al reclamar se me dijo que se morían de la pena pero la impresora había traspapelado algunas páginas con otro nombre parecido.  Siendo Rovetto un apellido infrecuente en Colombia. No supe si creer la excusa pero salí para mi casa con una historia corregida antes que mi EPS o aseguradora se aprovecharan del error.

Es necesario entonces cuidar el lenguaje, los pronombres y los nombres en la práctica de la medicina.  Y a veces el lenguaje médico simple o abreviado puede llevar a errores. Hoy en el trabajo clínico IRA puede significar Injuria Renal Aguda o Infección Respiratoria Aguda.  No son lo mismo ni tienen el mismo tratamiento.

Relataré una anécdota absolutamente real de un amigo mío.  Había salido de una cirugía a la sala de cuidados post-operatorios y recuperaba por ratos la conciencia.  En un momento oyó una voz que decía “A éste le quedan dos horas” Al recuperar después conciencia plena hizo llamar a su esposa para indicarle donde estaba en su escritorio la póliza del seguro de vida.  Hizo llamar a media noche el capellán del hospital para confesarse. A pesar de todo esto seguía mostrando gran ansiedad. Se pidió una interconsulta a siquiatría y explicó entonces que él había oído que le quedaban dos horas de vida y su mujer y todos le estaban ocultando la verdad.  El especialista empezó a pensar en alucinaciones auditivas y trastornos sicóticos post-anestesia cuando la auxiliar de enfermería recordó que ella había dicho sobre la camilla de mi amigo que le quedaban dos horas, pero se refería a la bolsa de solución salina que goteaba en su acceso venoso no a su vida.  Aunque esto parezca un mal chiste de los que contamos los médicos la historia es verdadera.

En resumen, en el lenguaje político, la vida social, afectiva y la medicina es útil el lenguaje simple pero tiene sus peligros.  Cuando decimos él, ella, ellos, nosotros, ustedes, la fiebre, el cólico, no estamos llamando a las cosas por su nombre. Los resultados del lenguaje simple pueden ser catastróficos.  

Por último, con agridulce sarcasmo, dedico esta nota a quienes se me han quejado que uso palabras difíciles en mis textos.  Perdónenme, son necesarias. Para eso existen diccionarios o el popular “Dr. Google” dice una lectora habitual de estas notas, oftalmóloga.

 

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