El ejemplo de Hacienda Cañas Gordas en Cali... ¿para qué debiera servir nuestro patrimonio?

El guía hacía referencia a la campaña libertadora, y dijo que los indígenas de la región no “habían querido” unirse y que “ahora sí vienen a Cali a dar bala” (...)

Por: Marta Leticia Espinosa
mayo 23, 2022
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El ejemplo de Hacienda Cañas Gordas en Cali... ¿para qué debiera servir nuestro patrimonio?
Foto: Cortesía

La Hacienda Cañas Gordas ubicada en el municipio de Cali, fue durante el siglo XVIII, la más grande y poderosa hacienda esclavista del suroccidente del Virreinato de Nueva Granada, en manos de su propietario el Alferez Real, Manuel Cayzedo y Tenorio.

Su historia se hizo famosa gracias a la novela romántica y costumbrista de José Eustaquio Palacios que lleva su nombre. La hacienda, declarada Monumento Nacional y Patrimonio Histórico en 1980, inicia su restauración de la mano del gobierno Nacional y de la Fundación Cañas Gordas Eusebio Velasco Borrero, nombre de quien adquiriera la propiedad en el año 1895.

Atraídas por la importancia histórica del lugar, una amiga antropóloga y yo nos acercamos a la hacienda el 8 de mayo pasado, aprovechando una de las visitas dominicales ampliamente promocionadas por la Fundación que, según uno de sus objetivos, busca “fomentar el conocimiento de la historia, las tradiciones, la flora y la fauna del Valle del Cauca”.

Iniciamos el recorrido de la casa principal como parte de un grupo de visitantes conducidos por un guía designado por la Fundación, de profesión arquitecto, según nos enteramos más tarde.

En un momento dado, mientras el guía hacía referencia a la campaña libertadora, comentó que los pueblos indígenas de la región no “habían querido” unirse a esta gesta, y que “ahora sí vienen a Cali a dar bala”, en clara alusión a la participación de las organizaciones indígenas en el paro nacional del 28 de abril de 2021 en la ciudad de Cali.

En abierta oposición a lo narrado por el arquitecto, durante estas protestas, varias personas residentes en barrios del sur de la ciudad (autodenominadas “gente de bien”) salieron armadas a disparar contra los integrantes de la minga indígena que transitaban por la zona.

Ocho indígenas fueron heridos durante este ataque, algunos de gravedad, según comunicados de la Alcaldía de Cali y del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC).

Como era de esperar, esta afrenta generó una fuerte y amplia reacción de censura de parte de la ciudadanía caleña, que asistió sorprendida a lo que muchos reconocieron como la perpetuación violenta de los prejuicios racistas y clasistas, propios de las clases herederas de los propietarios de las haciendas esclavistas de la colonia.

De otra parte, la afirmación del guía que señalaba que los indígenas “no habían querido” participar en la gesta libertadora quedó completamente descontextualizada, prestándose a interpretaciones erróneas.

En el momento de la independencia –según explicó mi amiga- varias de las comunidades indígenas habitaban tierras que estaban respaldadas con títulos a su favor expedidos por la corona española, y temían perderlas a manos de los criollos una vez se declarara la independencia (como efectivamente sucedió).

El grupo de visitantes se dispersó a raíz de la reacción lógica que tuvimos mi amiga y yo ante tales exabruptos del guía (que no supo justificarse), pero con toda seguridad otros grupos seguirán recibiendo una versión de la historia, que no solo niega y subvalora la importancia del legado indígena para nuestra nación, sino que perpetúa a través de la alteración prejuiciosa de nuestra historia, las divisiones y los odios que siguen alimentando nuestras guerras fratricidas.

Estos son los enormes peligros del uso tergiversado de nuestro patrimonio, que debería por el contrario servir para restaurar la dignidad de aquellos despreciados por la historia oficial, entre los cuales ocupan un lugar principal las comunidades étnicas y de afrodescendientes.

Debemos rechazar con vehemencia cualquier propuesta “educativa” de éste tipo. En la Hacienda Cañas Gordas reciben grupos de estudiantes de colegio y universitarios, además de población general, lo cual reviste una enorme responsabilidad.

Ha llegado el tiempo de mirarnos a la cara, de reconocernos en las diferencias, de unirnos en el propósito común de crear una comunidad en la que podamos todos y todas vivir con dignidad.

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