El drama del patrullero Zabala y su familia

Tras un fatídico accidente mientras ejercía sus deberes, se encuentra en estado vegetativo. Su familia pide consideración por parte del Estado y la Policía Nacional

Por: Wiliam Loaiza Amador
Marzo 21, 2018
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El drama del patrullero Zabala y su familia

El pasado domingo 11 de febrero, poco antes de las siete de la noche, la vida del patrullero de la Policía Nacional Luis Alberto Zabala Ortega y la de su familia dio un giro inusitado.

Este uniformado de 27 años de edad iba en la motocicleta Yamaha XTZ 250, con siglas 30-1524, realizando el tercer turno de vigilancia y en compañía del subteniente Samir Andrés Abdala Herrera, cuando en el cruce de la carrera 27 con calle 26 chocaron con una camioneta Toyota Hilux de placas IBZ 269.

Todo parece indicar que los policiales acudían a atender un caso de una riña cerca del sitio de los hechos y llevaban la moto con las luces y las sirenas encendidas. Sin embargo, el conductor del aparato perteneciente a la Policía Nacional no acató la señal de pare en el semáforo diagonal al Palacio de Justicia de Tuluá, por lo que los ocupantes de la moto fueron lanzados unos 20 metros. Esto a tal punto que la reja del edificio los recibió, generándoles no solo fracturas y heridas en diferentes partes del cuerpo por la violencia del impacto, sino que extrañamente una pistola de dotación se disparó causándole herida en la pierna derecha a Zabala Ortega.

Superando tragedias

Zabala, quien lleva siete años y medio en la Policía Nacional, nació en Armero Guayabal (Tolima), el 9 de julio de 1991 y es el tercero de cuatro hijos de Elsy y Joaquín.

Joaquín, padre del patrullero, es un campesino que por estar ordeñando unas vacas el miércoles 13 de noviembre de 1985 en Honda (Tolima) se salvó de la tragedia de Armero, suerte que no corrieron varios integrantes de la familia quienes fueron sepultados por la erupción del volcán Nevado del Ruíz.

Ya habían pasado seis años de esa catástrofe cuando nació el hoy patrullero Luis Alberto Zabala Ortega, quien cursó la primaria en la Escuela “Aura María Galindo”, en la zona rural que une a Armero Guayabal con Mariquita. De allí su familia se trasladó a San Bernardo en el departamento de Cundinamarca, ubicado en la Provincia del Sumapaz, a 100 kilómetros de Bogotá. En ese municipio de unos 12 mil habitantes, Zabala Ortega cursó sus estudios en la Institución Educativa San Bernardo y al termino de estos regresó al Tolima.

Lo que no alcanzó la naturaleza, casi lo logra el conflicto armado colombiano. Los Zabala Ortega estuvieron a punto de morir junto con todos los suyos a manos de delincuentes encabezados por el jefe paramilitar Ramón Isaza, comandante del grupo Bloque Tolima; los que asesinando y extorsionando a pequeños propietarios de fincas le causaron la muerte al esposo de una tía de los Zabala, amenazando a toda la familia con descuartizarlos y arrojarlos al río Magdalena sino abandonaban la zona.

Así con esta nueva tragedia y sin ningún tipo de ayuda por parte del Estado, ni por lo que vivió en Armero y menos por su desplazamiento como víctima de los “paras”, Joaquín Zabala apoyó a su hijo Luis Alberto para que cumpliera con el servicio militar en el municipio de Facatativá y tras dos años ahí decidió ingresar a la policía en la Escuela Nacional de Carabineros de la misma población.

Cuando Zabala Ortega patrullaba por las calles de Mosquera (Cundinamarca) fue informado de su traslado al comando del segundo distrito con sede en Tuluá. La última vez que los Zabala se reunieron fue en diciembre, en el centro del Valle, allí el patrullero se recuperaba de una fractura que sufrió en un operativo policial.

El paseo de la muerte

El caso del “paseo de la muerte” al que fue sometido el patrullero Zabala trascendió a raíz de que su papá determinara denunciar que después de ser atendido en Tuluá, su hijo fue remitido a la PoliClinica en Cali. Aun cuando su padre pidió que su tratamiento siguiera en la Clínica de la Policía en Bogotá, este no se dio. Lo llevaron a la casa de sus padres, donde les anunciaron que iban a recibir los beneficios del programa hospital en casa, lo que tampoco se cumplió. Después de visibilizada la situación, el uniformado fue trasladado al Hospital San Rafael en la “Ciudad Jardín de Colombia”.

Armando Vergara, veedor externo de salud, bienestar social y de derechos humanos de la Policía Nacional, quien se apersonó del caso, dijo que se hizo una visita de urgencia por parte de varios funcionarios de la Dirección Nacional de Sanidad en Bogotá y junto al comando de policía en Cundinamarca se verificó la condición médica del uniformado que será remitido a Bogotá, donde un grupo médico determinará el tratamiento a seguir para el beneficio del paciente.

Es posible que el policía deba permanecer durante mucho tiempo en su residencia, situación que su familia no puede asumir debido a que la casa de habitación donde pagan alquiler no tiene las condiciones mínimas para el manejo de un paciente en tan crítica situación.

“Además de esto yo debo de trabajar para obtener el sustento de la familia”, indicó telefónicamente el señor Joaquín Zabala, quien a la vez pidió que su hijo permanezca hospitalizado hasta tanto su recuperación sea total o se le brinde los elementos que se requieren para su manejo. Ni por ser damnificado de Armero y víctima de la violencia esta familia ha recibido algún beneficio del Estado al que pertenece su hijo.

El patrullero Luis Alberto Zabala Ortega se encuentra en estado vegetativo tras los golpes y las fracturas que recibió en el cráneo y en sus piernas. A raíz que su cerebro presentaba inflamación fue necesario preservarlo en su mismo estómago.

El suministro de alimentos para el patrullero Zabala Ortega es por intermedio de una sonda de gastrostomía endoscópica percutánea, es decir un tubo plástico fino que pone dentro de su estómago a través de la piel. También es tratado por una infección urinaria.

La situación del uniformado no solo generó expresión de acompañamiento a nivel nacional e internacional sino que además desató cuestionamientos al gobierno Santos de la forma cómo son atendidos los integrantes de las Fuerzas Armadas que resultan afectados en cumplimiento de su deber.

“Mi hijo está en las manos de Dios y en lo que puedan hacer los médicos”, dijo su padre quien asiste al centro misionero Bethesda, que le acompaña con las oraciones.

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