El día en que el fútbol se volvió panfleto

Tanto la Alemania de Hitler como la Italia de Mussolini, gustaban sobremanera del fútbol, de tal suerte que sus selecciones nacionales fueran codiciadas por la propaganda oficial.

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junio 16, 2014
El día en que el fútbol se volvió panfleto

Muchas sociedades contemporáneas tienen en el fútbol un punto de encuentro, un lugar de intercambio, que prácticamente funge como una nueva ágora. Y en tal condición cumple la misma función a la que terminaron sirviendo las viejas ágoras: el de escenario para procesos políticos. No es de extrañar, pues, que, cuando en medio de uno de esos procesos políticos surge la figura de un régimen autoritario, los estadios de fútbol terminen siendo auditorios empleados por maquinarias de propaganda. Es por ello que en este artículo quiero hacer un recorrido por un conjunto de casos en los que se usó al fútbol como vehículo de propaganda, como simple panfleto.

Dos de ellos tuvieron lugar en Europa en la primera mitad del siglo XX. Los otros dos, en Suramérica durante la otra mitad. Las profundas crisis políticas y económicas que tras la Primera Guerra Mundial atravesaron Europa tuvieron importantes consecuencias en dos países que, a pesar de que los tenemos por emblemáticos del viejo continente, eran naciones jóvenes para aquella época. Estamos hablando, por supuesto, de Italia y Alemania. Que la una fuera parte de los vencedores de la Gran Guerra y la otra uno de los vencidos a la larga les dio lo mismo a ambas. Se sumieron en dificultades que llevaron al desespero, y un clima de desesperación es donde los más radicales, para emplear palabras de fútbol, juegan de local.

Primero ocurrió en Italia, donde se hizo al poder el fascismo en cabeza de su líder, Benito Mussolini, en 1922. Once años después, el coletazo de la crisis financiera mundial abrió el camino para el ascenso de los nazis alemanes con Adolf Hitler como nuevo Canciller. Estos dos gobiernos coincidían en muchos puntos ideológicos (ambos eran de extrema derecha) y uno de ellos era el uso del deporte como herramienta para exaltar las bondades del régimen. Dado que el fútbol gustaba por igual al norte y al sur de los Alpes, era cuestión de tiempo para que las ligas locales y las selecciones nacionales fueran codiciadas por la propaganda oficial.

Año y medio después de la llegada de Hitler al poder, fue creada la Deutsche Reichsbund für Leibesübungen, institución oficial encargada de organizar y supervisar todo lo relacionado con el deporte en el Tercer Reich. Bajo la dirección de un señor de nombre rimbombante, Hans von Tschammer und Osten, todas las asociaciones deportivas alemanas perdieron su autonomía, siendo particularmente notable el caso de la federación de fútbol (DFB).

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En los partidos de Bundesliga se volvió obligatorio que los jugadores hicieran el saludo hitleriano, mientras que todo aquel que fuera reconocido como marxista o judío era obligado a dejar su equipo (y si el jugador era marxista Y judío, bien podía temer por su vida). Clubes como el Bayern München sufrieron el hostigamiento de los nazis al ser considerados Judenklubs (clubes judíos), y el presidente del equipo bávaro, Kurt Landauer, terminó siendo encerrado en Dachau. En medio de toda esta demencia, el país iniciaba los preparativos para los Olímpicos de Berlín de 1936, evento en el que Hitler esperaba que tuviera lugar la consagración de la supremacía de la raza germánica.

Hagamos una pausa ahí y vamos de momento unos kilómetros más al sur, donde la Italia de Mussolini tenía sus propios planes propagandísticos. La FIFA le había entregado la organización de la segunda Copa del Mundo de fútbol, la primera en territorio europeo, y el Duce, como se le llamaba al dictador italiano, quería hacer con ese campeonato mundial lo que Hitler pretendía lograr con los Olímpicos en suelo germano: convertirlo en una fiesta de exaltación nacionalista. Así, pues, hizo todo lo que estuvo a su alcance para que Italia saliera campeón.

El boicot de las naciones suramericanas, que muchos considerarían un revés, Mussolini lo convirtió en una oportunidad. Hizo nacionalizar a varios jugadores argentinos aduciendo su ancestro italiano, ofreciéndole a estos una gran suma de dinero a cambio. Al jugar a doble partido los cuartos de final contra España, Italia recibió varios jugadores “nuevos” para el segundo partido, y además pitó un árbitro sueco bastante permisivo.

 

Y, por si todas estas ayudas no eran suficientes, Mussolini les mandó decir a los jugadores el día de la final que, si ganaban, podían pedir cuanto capricho se les ocurriera, pero en caso de perder, la vida de todos estaría en riesgo. Entre favorecimientos, trampas y amenazas, Italia salió campeona del mundo. Con este prestigio a sus espaldas, la azzurra se dispuso a competir en los Olímpicos de Hitler. Si bien eran dos ejemplos de selecciones nacionales utilizadas con fines propagandísticos, la alemana y la italiana vivían situaciones muy disímiles. Mientras la Mannschaft estaba diezmada por las proscripciones de herr von Tschammer, el equipo de Mussolini venía fortalecido por sus refuerzos del otro lado del Atlántico.

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No es de extrañar, pues, que los teutones cayeran 0-2 ante Noruega en cuartos de final, mientras Italia ganaba el oro olímpico, justamente ante Austria, la otra “gran” nación germánica. Por si esto fuera poco, un atleta negro, Jesse Owens, derrumbaba las teorías raciales de los nazis al ganar cuatro medallas en atletismo. La debacle alemana era total. La diferencia entre los resultados que obtuvieron las dos naciones radica en la manera como cada gobierno entendió la finalidad de la propaganda. Los alemanes pensaron en que el deporte debía ser reflejo de esa “nueva sociedad” que querían construir. Para Mussolini, en cambio, lo importante no era el modelo de sociedad, sino la agitación populista de los colores de Italia en lo alto del podio. La aproximación alemana era más macabra, pero la italiana era más deshonesta. Que entre el diablo y escoja.

Y bueno, finalmente sobrevino la Segunda Guerra Mundial (no sin que antes Italia ganara otro Mundial, el del ’38 en Francia y de nuevo con artimañas y amenazas). Italia y Alemania esta vez fueron juntas a la guerra y juntas fueron derrotadas. Mussolini fue fusilado y su cadáver expuesto patas arriba mientras Hitler se suicidaba en el búnker de la Cancillería. Así llegaron a su fin los gobiernos totalitarios y caudillistas de derecha en Europa. No ocurriría lo mismo en Latinoamérica. La segunda mitad del siglo XX vio surgir dictaduras de izquierda y de derecha en toda la región. En el caso de Argentina, apenas se habían acallado los cañones de la guerra en Europa cuando subió al poder Juan Domingo Perón, quien durante nueve años ejerció el poder de manera legítima pero apelando al autoritarismo y al populismo, con consecuencias desastrosas que han perdurado hasta hoy en día (“right, Mrs. K?”).

Luego de ser expulsado en 1955, se exilió y regresó para importunar desde el gobierno una vez más en su último año de vida. Su viuda quedó como presidenta pero fue derrocada por un golpe militar en 1976. Sobrevino entonces el que ha sido uno de los períodos más oscuros en la historia argentina. La junta presidida por Jorge Rafael Videla, ante la amenaza de la guerrilla izquierdista de los Montoneros y la paranoia por tener enemigos escondidos entre la población civil, lanzó una campaña de terrorismo de Estado que incluyó desapariciones, torturas, robo de niños, confiscaciones y toda suerte de violaciones a los derechos humanos.

Todo esto fue acompañado (¿cómo no esperarlo de unos tiranos?) de una intensa propaganda nacionalista. Montañas de libros que “atentaban contra Dios, Patria y Hogar” fueron quemados. Se difundió el concepto de “ser nacional”, que representaba al supuesto argentino ideal, afín al ideario del régimen. Y por supuesto, el fútbol estaba ahí presente, sobre todo tratándose de Argentina. Videla, al igual que Borges, no gustaba del fútbol. Pero sabía del poder que éste (el fútbol, no Borges) tenía sobre las masas. Argentina había pedido la sede del Mundial del ’78 cuando Perón aún vivía.

Menotti y Videla

Menotti y Videla

Y el todopoderoso Joao Havelange se la otorgó, a pesar de que para muchos era el país que menos lo merecía dadas las circunstancias. Dicen las malas lenguas que el Mundial se otorgó a cambio de la libertad del hijo de un diplomático brasilero. Probablemente nunca lo sabremos. Videla, entonces, ordenó proseguir con la organización del Mundial “aunque costara cien millones”, según lo citaron algunos allegados. Hipnotizando a un pueblo en los estadios, buscaba conseguir que se olvidaran las ejecuciones y las torturas. Argentina acabó la primera ronda de segunda en su grupo, y en segunda ronda el no poder ganarle a Brasil los dejó con la necesidad de ganarle a Perú en la última fecha por muchos goles para poder acceder a la final.

Curiosamente derrotaron a los peruanos 6-0, lo que hasta el día de hoy sigue siendo uno de los resultados más sospechosos en la historia de los mundiales. Jugaron la final ante la gran Holanda de los 70s pero sin Cruyff, quien en protesta por las violaciones a los derechos humanos boicoteó el torneo. Fue un partido enredado, mañoso, con los argentinos quemando tiempo, cosa que les funcionó (y que un joven Fernando Niembro seguramente aplaudió).

Argentina ganó 3-1 y Videla, como Mussolini, lo convirtió en una exaltación de los valores de la patria.

Menotti, Passarella, Kempes y todos los demás se convirtieron en marionetas de la propaganda oficial que lograba condenar a la indiferencia las protestas de las Madres de Mayo. Este episodio de la historia es bien conocido y el triunfo argentino en el ’78 siempre ha sido minimizado por ello. Lo que muchos no saben es que un equipo al que muchos consideran no sólo justo campeón sino el más grande de todos los tiempos también fue juguete en manos de un gobierno militar.

 

Para hablar de esto tenemos que devolvernos unos años, hasta 1964, cuando los militares en Brasil dieron su propio golpe de Estado, bajo premisas similares a las que esgrimirían Videla y los suyos más tarde: conjurar la amenaza comunista que “buscaba subvertir los valores que hacían grande al país” (sí, hasta en los países subdesarrollados hay esos estúpidos delirios de grandeza). Por supuesto, la exaltación de estos valores implica un uso extensivo de maquinaria propagandística, y si hay un país donde el fútbol está aún más clavado en el corazón de la gente que en Argentina, ese es Brasil, donde pareciera haber una cancha en cada cuadra. Cuando los militares subieron al poder, resultó que la canarinha venía de ser dos veces seguidas campeona del mundo, como la Italia del Duce. En Suecia ’58 y luego en Chile ’62, el equipo comandado por Pelé y Garrincha se había convertido en la gran sensación.

En el ’66 los molieron a golpes, en uno de los mundiales más feos de la historia, así que el desquite lo buscarían cuatro años después. Se armó un gran equipo con Pelé, Tostao, Jairzinho, Rivelino, Clodoaldo…y efectivamente lograron hacer un torneo impecable. Sin trampas, sin manchas, sin amenazas, dieron una lección de fútbol y vencieron en la final a Italia (Mussolini se debió revolcar en la tumba). Pero estaba la dictadura esperando en la sombra. El presidente, general Emilio Garrastazu Médici, ya había intentado meter mano en la selección presionando para que convocaran a un favorito suyo, Darío, lo que supuestamente abocó el cambio del técnico José Saldanha, de quien ya se tenían sospechas de militancia comunista, por Mario Zagallo. Luego del éxito en México, Garrastazu convirtió el triunfo de la verdeamarela en un éxito de su gobierno, en la consagración de todo lo que era auténticamente brasilero contra “esas ideas alienantes” que defendían los comunistas.

Al igual que ocurriría en Buenos Aires 8 años después, todos en Brasil se olvidaron de las desapariciones, las persecuciones, la censura y demás horrores del régimen. La anestesia de la propaganda una vez más usada para el dolor de patria. Es difícil seguir llamando deporte al fútbol. “Pero… ¿cómo así? Ha enloquecido este señor”, probablemente esté diciendo usted mentalmente, apreciado lector. Sí, el fútbol es una actividad física. Claro, es de naturaleza competitiva. Por supuesto, se guía por reglas. Si a estas tres características nos ciñéramos, sería simplemente un deporte.

Pero han pasado décadas desde que el fútbol viajó más allá de esos límites. Como se vive se juega. O como se juega se vive. Y por eso las cuitas de la vida misma tienden a aterrizar en el campo de fútbol. Pero esto debe ser espontáneo, salido del alma de la gente. Es terrible cuando quienes quieren controlarlo todo usan algo tan bonito como el fútbol para enseñar cómo votar, a quien seguir, cómo pensar. O a no pensar. Así que, cuando un político con aires caudillistas fije sus ojos en el fútbol, anden con cuidado.

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