Tres horas y veinticinco muertos: la masacre de Barranca

Hace 20 años, en medio de un bazar, los paras irrumpieron en el puerto con toda la crudeza. Jaime Peña sigue esperando encontrar a su hijo

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Octubre 07, 2013
Tres horas y veinticinco muertos: la masacre de Barranca

El  5 de julio del 2013 la fiscalía entregó los restos de Melquisedec, Carlos Arturo y Juan Jesús, tres de las 25 personas que los paramilitares se llevarían para siempre aquel infausto 16 de mayo de 1998 en Barrancabermeja. Con la entrega de estas tres personas son apenas ocho los cuerpos que han aparecido y es inevitable que exista, dentro de los familiares de las víctimas, impaciencia. “A este paso pareciera que lo máximo que podemos esperar es que en otros 15 años nos devuelvan otros 8 restos óseos. O… morirnos de viejos esperando”. Declara Jaime Peña, el padre de Yesid, un joven de 16 años que ese día se subió en una camioneta para no volver jamás. “La angustiosa lentitud de estas entregas contrasta con la rapidez que el paramilitarismo desplegó para llevarse a nuestro seres queridos y luego tomarse a Barrancabemeja. En una ciudad totalmente copada y unas autoridades displicentes y cómplices, debemos mantener nuestra lucha hasta encontrarlos sin el respaldo de quienes están para proteger la vida y honra de todos los ciudadanos” Dice con rabia este hombre que motivado por el dolor se ha convertido en uno de los más aguerridos líderes de víctimas de este golpeado municipio.

Una sola noche le bastó a los paramilitares para apoderarse del puerto petrolero. A pesar de que han transcurrido 17 años desde el genocidio, el recuerdo permanece aún fresco en la mente de los que impotentes, vieron como las Autodefensas les arrancaban de un solo tajo lo que ellos más querían.

Era un sábado cualquiera en la comuna 7. La gente había sacado sus grabadoras a la calle y ahí, debajo de los árboles se guarnecían del asfixiante calor barramejo. En los alrededores de la cancha el campín se había organizado un bazar. A las cinco de la tarde el ambiente era de fiesta. “ Lo único raro que recuerdo de ese día es que la policía estaban haciendo redadas desde temprano” recuerda  Jaime,. “Lo que dicen es que lo que estaba haciendo la policía era una labor de inteligencia, despejándoles el camino a los paracos.”

En esta cancha de fútbol llamada El Campín de la Comuna 7 en Barrancabermeja, los paramilitares se llevaron 25 jóvenes ante la mirada impotente de los asistentes a un bazar.

En esta cancha de fútbol llamada El Campín de la Comuna 7 en Barrancabermeja, los paramilitares se llevaron 25 jóvenes ante la mirada impotente de los asistentes a un bazar.

Desde hacía meses el rumor circulaba en la ciudad. Decían que Barranca sería un objetivo de ellos “Pero nosotros no creíamos y ellos sabían que no creíamos, por eso entraron golpeando duro y donde más nos duele” Susurra Don Jaime. “Hernando Hernández quien en ese entonces era presidente de la USO hizo la denuncia el 1 de marzo del 98 de que los paracos iban a entrar. Ninguna autoridad le hizo caso”.

Era ya de noche cuando llegaron al barrio El Campín tres camionetas atestadas de hombres, algunos vestidos de militares, otros con chalecos del Das “Pensábamos que era una redada del ejército, acá como siempre nos han tildado de guerrilleros estábamos acostumbrados a ese tipo de provocaciones” los hombres se dispersaron por la cancha, fueron al bazar y pusieron boca abajo, contra el piso  a  cinco de los muchachos que estaban allí.

“Yo estaba en mi casa, eran como las nueve de la noche, me acuerdo porque a esa hora siempre pasan un partido de fútbol. Como había tanto ruido afuera yo decido meter el televisor en el cuarto, Yesid, mi hijo menor estaba afuera. A él le gustaba organizar coreografías y esas cosas y como al otro día era el día de la madre pues él estaba preparando una”.

Don Jaime disfrutaba del partido mientras  afuera un perro había empezado a ladrar.

“Me levanté y por la ventana vi como un tipo, con un uniforme del ejército y encapuchado le apuntaba con un fusil. No me alarmé, como le digo acá las redadas eran comunes, eso sí, me parecía extraño que el hombre estuviera encapuchado, pero seguí tranquilo, incluso alcancé a gritarle

-Tranquilo Yesid que ahora te sueltan

Pero el muchacho no me respondió nada, se veía muy asustado. El encapuchado si se volteó y recuerdo que me gritó

–          De malas viejo hijueputa nos lo vamos a llevar”.

Entonces Jaime Peña vio como antes de subirlo a la camioneta el encapuchado agarraba a patadas al muchacho. Maltrecho lo echaron atrás “Como si fuera un costal de papas”.

Sin perder la calma, la misma que tiene para soportar el aburrido discurso del juez que está entregando a tres de los desaparecidos de esa noche , Jaime empezó a darse cuenta que lo que sucedía esa noche no tenía nada que ver con una redada del ejército. Entró a la casa y vio que su esposa dormía “Pensé en despertarla pero me parecía una bobada, eso mañana dejarían libre al muchacho, no había porque preocuparse. El ejército también era golpeador”. Pero su tranquilidad se terminó cuando la gente empezó a gritar que había un muerto en la cancha.

Jaime salió de la casa y corrió hasta el lugar. Allí vio a un hombre de unos veinticinco años tendido boca arriba en el suelo. Tenía un tajo en la garganta. “El muchacho les dijo a los hombres que querían subirlo en la camioneta que prefería que lo mataran ahí mismo a que lo desaparecieran. Los hombres le hicieron caso.

“Corrí hasta la casa y desperté a mi esposa. Ya se escuchaban ráfagas de metralleta en el barrio. Buscamos las camionetas. Yo pude identificar la que se había llevado a Yesid. Apenas la vi perdí de vista a mi esposa, yo corrí detrás de la camioneta. Iba lento, como si quisiera esperarme. Se mete en un sector muy destapado y oscuro, yo continúo corriendo y un vecino sale de su casa y me grita que no siga, que me pueden joder. No le hice caso, la camioneta continuó. Desde la oscuridad me gritaron

–          Se van a morir todos estos guerrilleros!

“Del cansancio paré, puse las manos en las rodillas y tomé aire. Escuché unos pasos que venían de la oscuridad, era mi esposa que con valentía siguió corriendo

–          Alcancé a tocar la camioneta pero no vi a Yesid- Me decía angustiada- no lo alcancé a ver”

En la cancha la gente del barrio comenzó a percibir la magnitud de la tragedia. Estaban devastados, confundidos. Una fuerza oscura había entrado a sus casas y les había arrancado lo que más quería.  Madres que lloraban, hijos que buscaban a sus padres, gente que gritaba. Una de esas señoras que desesperadas buscaban a sus hijos era Marina López .

Diego Fernando y Alexandra María Ochoa López son los hijos de Marina López, que esa tarde del 16 de mayo fueron subidos a empujones por los paramilitares a una camioneta para no regresar.

Diego Fernando y Alexandra María Ochoa López son los hijos de Marina López, que esa tarde del 16 de mayo fueron subidos a empujones por los paramilitares a una camioneta para no regresar.

“Mis dos hijos se llamaban Diego Fernando y Alexandra María. Eran mellizos. Diego le llevaba unas horas a Alexandra. Eran muy unidos, como si entre ellos nunca se hubiera roto el cordón de carne que los unía”.

Marina mira las manos del juez moverse en el aire. El tipo trata de explicar las ventajas que le ha traído a las víctimas Justicia y Paz. A decir verdad Marina no entiende nada. Tiene la cabeza en otra parte, en otra época. Pocas veces puede dejar de recordar la noche del 16 de mayo.

“Estaba en la casa cuando una vecina me tocó y me dijo que se habían llevado a Diego Fernando en una redada. Él tenía la manía de dejar sus papeles encima de la nevera. Fui hasta allá y vi que los papeles no estaban. Si tenía los papeles ¿Por qué se lo iban a llevar?”

Marina salió y vio como sus dos hijos se subían a una de esas camionetas.

Alexandra trabajaba en un almacén como vendedora de ropa. Los fines de semana se cuadraba unos pesos más trabajando en el Oasis, un balneario a pocas cuadras de su casa.

Le gustaba bailar, soñaba con tener su propio almacén y darle el estudio que merecía Jefferson, su niño de dos años.

“En la mañana de ese sábado me acuerdo mucho que ella me había dicho que no iba a quedarse acá porque el domingo tenía que madrugar para estar bien temprano en el Oasis. Me sorprendió verla llegar a las ocho de la noche. Me dijo que se iba a dar un baño y se iba a acostar porque tenía que madrugar. El niño estaba dormido y ella lo despertó. Le estaba dando el tetero cuando apareció una amiga y le dijo que se fueran al bazar que estaba como bueno. Yo no sé porque, debe ser porque ella tenía una cita con el destino pero le dijo que si. Y se fue con ella.”

Eran las nueve de la noche. Alexandra vio como un encapuchado montaba en una de las camionetas a su hermano mientras lo golpeaba, sin ningún tipo de miedo encaró al hombre

–          Si se lo llevan a él me tienen que llevar a mi.

El encapuchado le obedeció. Doña Marina nunca más volvería a ver sus gemelos. “Yo no pierdo la fe de poder enterrar a mis hijos. Me da miedo es que hayan sido uno de esos con los que el Panadero o Camilo Morantes daba de comer a sus caimanes. Eso no lo quiero ni pensar”.

Muchos familiares de los desaparecidos manejan esa hipótesis, de que la razón por la cual no han podido encontrar los restos de sus hijos es porque los jefes de los paramilitares se los entregaban vivos a los caimanes “He escuchado esas historias. Los paras les decían a sus caimanes los niños y los tenían acostumbrados a la carne humana. Yo no quiero pensar eso… eso no es de humanos ¿Cierto? ¿cierto que nadie puede caer en una maldad tan grande? ¿Cierto que no?” La verdad no sé qué responderle. Me quedo mirando hipnotizado la bandera de Colombia que reposa encima de una de las cajitas.

Marina López sentada afuera de su tienda, señala al horizonte el lugar donde por última vez sus vecinos le dijeron haber visto a sus hijos Alexandra y Diego Fernando.

Marina López sentada afuera de su tienda, señala al horizonte el lugar donde por última vez sus vecinos le dijeron haber visto a sus hijos Alexandra y Diego Fernando.

Eran las once de la noche y Jaime Peña fue a la policía “Me acuerdo que estaban enrumbados, incluso uno bastante alicorado, al escuchar el relato del secuestro de mi hijo me dijo

–          Mañana va a haber carne fresca La Foronda.

La foronda es la funeraria más famosa de Barrancabermeja. Desilusionado ante la respuesta de la policía fue hasta el Das “Pero allá también estaban enrumbados. Hasta prostitutas tenían. No nos dieron respuesta. Uno no puede pensar sino que estaban celebrando la arremetida paramilitar”.

A las tres de la mañana y todavía con la respiración agitada Don Jaime se sienta en la entrada de su casa. Ante sus ojos un torrencial aguacero amenaza con borrar Barranca. “Descansé… no sé cuánto descansé. Mi señora me decía que me fuera a acostar y a mí me hubiera gustado eso, me hubiera gustado acostarme y dormir y despertarme pensando que todo fue una pesadilla. Pero no pude”.

Desafiando la lluvia sale a buscar a su hijo. Va a la morgue, otras personas están allí, esperando saber algo de sus familiares. Acababan de llegar cuatro cuerpos “Los habían encontrado en Patio Bonito, estaban cubiertos por una sábana, tirados en un mesón que tenían ahí en el anfiteatro. Le hice una señal al médico para que los descubriera. Cruzaba los dedos para que no fuera Yesid” y no estaba él.  Jaime se fijó en que los cuatro jóvenes tenían heridas de bala en las piernas.

Con el firme convencimiento de rescatar a su hijo Jaime tomó un taxi y se fue al sector de Patiobonito, a escasos kilómetros de Barranca. Allí vio el charco de sangre de los muchachos acribillados y un cassete  de música“Muchos años después en una indagatoria el Panadero dijo que habían bajado a estas personas y los había acribillado. Eso es mentira, yo lo que creo es que una de las camionetas estaba tan atestadas de gente que se les volteó en una curva. Los pelados aprovecharon el descuido para salir corriendo y por eso les dispararon en las piernas”.

Esa madrugada lluviosa del 17 de mayo fue el primer día sin Yesid. Don Jaime y los familiares de las 25 personas que se llevaron los paramilitares no sospechaban los duros años que vendrían para ellos. Tan solo ocho cuerpos han sido entregados, tres lo están haciendo esta tarde, en una improvisada ceremonia en el auditorio de la USO.

De las ocho personas que se han encontrado cinco fueron halladas gracias al DAS y las otras tres a Justicia y Paz.

“Los paramilitares siguen diciendo que ellos entraron con listas al barrio. Mi hijo tenía 16 años, hacía coreografías en el colegio, era un muchacho normal…¿Digame que tenía él de guerrillero? Se llevaron a la gente a la loca, por puras ganas de matar, de desaparecer, de sembrar terror”.

Un brillo de indignación se le refleja en sus ojos.

“Nosotros estamos convencidos de que la mayoría de cuerpos están en Sábana de Torres. Camilo Morantes los ordenó ejecutar allá. Nos hemos cansado de decir que busquen por ese lado, pero no nos ayudan, no les interesa ayudarnos”. Jaime Peña como tantas otras víctimas del conflicto son escépticos con el gobierno. “A veces pareciera que el gobierno está a favor de los victimarios”.

A pesar de que se ha acusado a El panadero y a Camilo Morantes como autores de la masacre, es evidente que hay mucha más gente implicada en este aterrador hecho, entre ellos varios comandantes de la policía, del ejército y hasta Ecopetrol. Hay quienes se atreven a decir que “el entonces jefe de seguridad de Ecopetrol fue el contacto que tuvieron los paramilitares acá en Barranca. Fue él el que presentó en sociedad a El Panadero”.

Don Jaime quien se ha constituido en la voz de las víctimas se queja del trato que siguen sufriendo los familiares de los desaparecidos “Nos han amenazado, nos han golpeado, han asesinado a tres integrantes del colectivo en las más extrañas circunstancias, estos crímenes aún permanecen impunes .Hay algo muy doloroso para los familiares y es la apatía y la negligencia de funcionarios públicos que decidieron mirar para otra parte y ser cómplices con su silencio”. Denuncia sin ningún tipo de reparo Jaime Peña, igual ¿ya que pueden hacerle? La desaparición de Yesid le ha dado la valentía del que no tiene ya nada que perder.

Nada va impedir que la búsqueda de los familiares de las otras 17 víctimas que aún permanecen desaparecidas continúe. Ni las amenazas, ni la incompetencia de los funcionarios, ni el olvido. Ellos continuarán en la dolorosa lucha de saber que ya no los encontrarán con vida, que el premio , el triste premio de esa agotadora búsqueda, será una bolsa de polietileno llena de huesos de lo que alguna vez fueron sus padres, sus hijos, sus amigos. Los pobres restos de los que alguna vez tuvieron nombre.

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