"El nuevo pliego se hizo para romper cualquier mesa de diálogo y sumir a la nación en la anarquía"

 - El descaro del comité del paro: pasaron de 13 a 104 exigencias

Uno no puede menos que cuestionar la seriedad del llamado Comité del Paro Nacional y su interés en llegar a acuerdos con el gobierno nacional y la sociedad colombiana a través de un diálogo incluyente con todos los sectores políticos, económicos y sociales que se ven afectados por el paro y las acciones adelantadas desde el 21 de noviembre.

Pasar de 13 puntos del llamado pliego nacional a 104 exigencias, muchas de ellas de imposible negociación por no ser del resorte del gobierno o por implicar políticas de defensa y seguridad nacional, indicaría que lo que subyace realmente es una intención desestabilizadora y caótica, que ni el mismo Comité comparte íntegramente.

Peticiones como replantear y modificar la doctrina militar, no pueden ser del resorte de negociaciones con sectores que no representan a la totalidad de la nación, en tanto conllevan la integralidad y la existencia misma del Estado; no obedecen a ninguna necesidad básica de los habitantes o al desarrollo de oportunidades sociales, económicas o culturales. Sin duda, tras esta propuesta, que viene desde las negociaciones del anterior gobierno con las Farc en La Habana, se mueven intereses de grupos armados ilegales y de la delincuencia organizada, que serían los únicos “perjudicados” por la acción de las fuerzas militares y de policía.

Es falso que la doctrina militar o de policía contemplen la práctica de conductas ilícitas para alcanzar los fines de las Fuerzas Militares o de Policía; quienes han incurrido en ellas están siendo objeto de procesos penales por violación de la ley. Si un sector político se abroga la facultad de determinar, sin conocimiento y sin experticia, la estrategia y las tácticas militares, nos abocaríamos a unas instituciones castrenses inanes y al servicio de intereses particulares o de partido y no a la seguridad y la defensa de toda la nación.

Plantear el retiro de cualquier propuesta que busque regular la protesta social es un sofisma de distracción, en tanto no existen propuestas de ese tipo; la protesta social es un derecho consagrado en la Constitución y en la Carta de las Naciones, cuyo único límite cierto son los derechos de los demás ciudadanos. Lo que se ha planteado y con razón, es incorporar en una norma específica las regulaciones ya existentes en el Código Civil Colombiano sobre la responsabilidad civil frente a los daños y perjuicios que a terceros que no hacen parte de la protesta se puedan derivar, es lo que corresponde a un estado de derecho; no hacerlo, sería incentivar de manera irresponsable la anarquía y la violencia que reducidos grupos suelen manifestar con ocasión de esa protesta.

Habría que preguntarle a los propietarios y empleados de pequeños establecimientos de comercio, o de un vehículo, o de un inmueble, si les parece justo que la destrucción de sus bienes sea considerada una actividad lícita y conexa a la protesta; a los cientos de miles de ciudadanos que deben invertir cuatro y más horas en sus desplazamientos rutinarios porque se taponaron las vías y se obstruyó el transporte público, a los que pierden una cita de negocios o una cita médica porque no pudieron llegar a tiempo para cumplirla. Una cosa es el derecho a la protesta y otra muy distinta que su ejercicio conlleve hacer nugatorios los derechos de los demás.

Si un ciudadano sin ánimo ideológico se da a la tarea de leer los 104 puntos de las exigencias del Comité de Paro, se encontrará sin duda ante una reedición de la agenda de discusión de La Habana ampliada a las eternas exigencias del ELN y los narcotraficantes (Acuerdo de El Catatumbo); una constituyente de facto para cambiar el modelo de Estado y abrazar la propuesta del Foro de Sao Paulo del socialismo del siglo XXI, que ha fracasado en toda Latinoamérica.

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Si se mira quiénes conforman el llamado Comité de Paro, se encontrará con los mismos personajes que conforman la oposición política al gobierno y los representantes de los negociantes del corrupto proceso de La Habana; no hay representación de la sociedad civil a cuyo nombre se extorsiona al gobierno. Por el contrario, ese 69% de colombianos que piden el cese de manifestaciones y actividades que alteran la convivencia y el normal desarrollo de la vida de los ciudadanos, es silenciado y marginado y ese Comité exige que no se le tenga en cuenta so pena de arreciar las acciones de presión.

10.373.080 colombianos votamos por Iván Duque y un programa de gobierno; las demás propuestas no fueron aceptadas y por eso perdieron las elecciones. En ninguna parte del mundo se elige un gobernante para que adopte los programas políticos derrotados, mucho menos en el llamado socialismo, progresismo o bolivarianismo; Colombia, no tiene porque ser la excepción donde los derrotados en las urnas impongan su doctrina mediante la amenaza y el terror, mediante la presión callejera y en los órganos del poder público. Tanto democraterismo es el que nos anquilosa como nación.

Muy bien lo retrata hoy una caricatura en el diario El Tiempo; el pliego de las 104 exigencias se hizo para romper cualquier mesa de diálogo y sumir a la nación en la anarquía y la inviabilidad como república y tras ese objetivo están sin duda, los promotores del narcosocialismo que solo subsiste mediante la represión criminal en Cuba, Nicaragua y Venezuela.

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