¿Por qué nos cuesta tanto dejar el estigma y el rencor? 

Somos un país que vive encendido por el pasado. Desde sus fundacionales orígenes se da la particularidad de que los rencores pueden durar más allá de la vida

Por: Orlando Guerra Bonilla
mayo 19, 2022
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¿Por qué nos cuesta tanto dejar el estigma y el rencor? 
Foto: Pixabay

A raíz del debate electoral que se avecina hay que recordar que somos un país que vive encendido y con ardor por el pasado. En Colombia, desde sus fundacionales orígenes se da la particularidad de que el odio y los rencores pueden durar más allá de la vida.

Ese acentuado maniqueísmo es lo que ha predominado en nuestra historia por esa misma razón, inverosímil. Un país que vive permanentemente enamorado de sus ultrajes que no se olvidan, es el soporte y arsenal de nuestros odios permanentes y profundos como la superficie de nuestra nacionalidad.

Nos hemos acostumbrado a que la única manera de conocer es sospechar. Detrás o debajo del mundo hay cosas ocultas y simulaciones que requieren que las expongamos. El mundo debe escucharnos para que se de cuenta de que vive en un engaño y por eso el engañador rebota.

La paradoja resulta avasallante: pese a los avances y logros del mundo moderno, su falla principal, es el afán patológico de dominar, su obsesión por el poder. Dice Enrique Valiente Noailles que el señalamiento del otro sin fundamento es una forma del desprecio y esa es la patología del dominio.

Y el desprecio cumple también una secreta función: es el primer paso que se da con la finalidad de que la dignidad del otro sea destruida y que, por lo tanto, no se perciba como demasiado costosa su supresión.

El desprecio es la coartada inicial que torna menos doloroso suprimir al otro, nuevamente, en términos físicos, simbólicos o, sencillamente, en su derecho a la palabra y el efecto de resaltar una demencial superioridad propia. Y puede ser visto, en este sentido, como una modalidad de anestesia para quien lo lleva adelante, una vez más, que en nuestra turbulenta historia nacional el supremacismo del farsante preserva, intacto, su lugar protagónico.

Y esa farsa del supremacísmo su origen para Molière quien tiene actualidad “es la maldad y los vicios, cuando están de moda, pueden convertirse en una virtud y que el único respetable, porque nadie se atreve a criticarlo, es el de la hipocresía que “ofrece ventajas admirables.

Es un arte cuya impostura se respeta siempre, y aunque se descubra, nadie se atreve a criticarla. Todos los otros vicios están expuestos a la censura… pero la hipocresía es un vicio privilegiado”. De ello ha dado cuenta la clase política de entonces y de ahora.

Pero personas mediocres que sólo sobreviven en un medio poco exigente como la política de baja densidad social y de la peor estofa, idolatras de la solemnidad que es el traje de etiqueta de la mediocridad, usted los ve permanentemente incrustados en el Estado robando y dejando robar , manipulando el 10% del contrato, en esta época en la que actuar significa engolar la voz y desplazarse con pomposidad hacer señalamientos son los que más saben, determinan quien debe vivir y quien estudió; contamos con una sobrepoblación de este tipo considerados estafetas y sujetos que van tras el enriquecimiento, los que ven en lo público la oportunidad de acumular para sostener abolengos inexistentes y vanidad; la abundancia de este tipo llenaría páginas enteras.

Por imperativo categóricos si se quiere llegar a un pacto de convivencia es necesario señalar que la servidumbre de libre a los traquetos politiqueros, los portadores del rumor, los calumniadores y los criminales perseguidores de la gente decente, son más peligrosos que los genocidas, el genocida se enfrenta, pero el servilismo y lambonería son pasiones cobardes y vergonzosas, que nadie se atreve nunca a admitir.

En efecto, hacerlo equivaldría a admitir la propia inferioridad, ya que se trata de una práctica de connotaciones antisociales, las desplegadas porque supone la posibilidad de que un grupo cualquiera de personas se arrogue la facultad de convertirse en acusador de un ciudadano, y que lo condene públicamente, sin la mediación del juez.

La acción directa convierte potencialmente a una sociedad en una horda primitiva y la hace retroceder a sus niveles preorganizativos. En este sentido, cada descalificación de una persona o grupo hipertrofia la democracia cosa que tiene un efecto de señalamiento intimidatorio y vergonzante.

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