El cruel carcelero de Íngrid Betancourt que anda libre

Martín Sombra humillaba a los secuestrados y mantuvo a los militares en jaulas de púas. Logró la libertad por cuenta de la JEP después de delatar a sus excompañeros

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Abril 24, 2018
El cruel carcelero de Íngrid Betancourt que anda libre
Fotos: archivo Semana.com

La primera vez que Ely Mejía Mendoza mató a una persona tenía diez años. Vivía con su familia en Herrera, su pueblo, el cual era asolado por Golo, un bandolero temible. Era negro y medía casi dos metros. En sus asesinatos era violento y se solazaba cortando orejas, las asaba y las atesoraba como joyas.

Todo esto fue así hasta que el negro comenzó a meterse con los suyos. Y un día no titubeó, citó a Golo cerca de una cascada. Desde detrás de una roca el pequeño Ely le apuntó a la cabeza con una escopeta y disparó. Golo cayó al suelo sin emitir una sola queja de dolor. Desde esa época a Ely le pusieron Sombra, Martín Sombra.

Con ese nombre lo conoció Manuel Marulanda Vélez, el único hombre por el que ha llorado, al que quiso, según dice, más que a su papá. Durante 40 años estuvo cerca suyo en las Farc, le rendía cuentas. De Sombra se sabe por los relatos, llenos de dolor, de Íngrid Betancourt en cautiverio, los cuales recuerda en sus memorias No hay silencio que no termine, y de su propia voz por las entrevistas que le dio al programa La Noche de NTN 24 cuando estaba detenido en La Picota.

De Martín Sombra se supo cuando el 1 de septiembre del 2003 recibió por orden de Manuel Marulanda y de la mano del comandante del Bloque Sur, Joaquín Gómez, a los secuestrados más valiosos para las Farc: Íngrid Betancourt, Luis Heladio Pérez, el general Mendieta, Clara Rojas y el grueso de políticos. Debía cuidarlos.

Había demostrado su tenacidad en la selva: escapó sin rasguño a cuarenta operaciones del Ejército; sobrevivió los bombardeos más terroríficos de la Fuerza Aérea sobre el Bloque Oriental, como fueron los de Yarumo, Cárcel Segura, Arenales, La Bula, Aguas Muertas y la Virgen. Don Manuel confiaba en él un momento crítico de la guerra, cuando tenían a las fuerzas militares encima por órdenes del presidente Álvaro Uribe Vélez.

A Íngrid Betancourt le impresionó de Sombra, a quien conoció al lado de un gran río, sus brazos cortos, su barriga prominente y “sus manos de carnicero”. Vivía rodeado de mujeres, mucho más jóvenes que él. Al principio era atento, comedido, casi que amable. Luego su crueldad se volvió incontenible. Era como el monstruo de la noche.

Un día se le dio por darle una serenata a Íngrid y a Clara Rojas, a quienes en ese entonces mantenía juntas. Se rasuró la barba crecida, se quitó el camuflado y se vistió con una camisa caqui de botones templados, a punto de estallar. Era su traje de gala.

Ordenó traer unos cilindros de gas para que se sentaran los secuestrados. Lo acompañaba alias Milton, uno de sus guerrilleros de confianza a quien le ordenó empezarla a tocar. El muchacho, alto, huesudo, lo hacía bien, así el miedo se le notara en la palidez en la cara.

Sombra lo siguió en una de esas carrileras revolucionarias, mal construidas y torpes con las que querían emular a la nueva trova cubana. Sin sentido del ritmo su voz ahuyentaba incluso a las criaturas del bosque. Sin embargo, cuando Milton terminó su recital la reacción fue otra, recibió unos aplausos que desataron la furia de Sombra.

Fue idea de Martín Sombra mantener en una jaula de alambra de púas en el monte a los militares y policías secuestrados

Era temible, en palabras de Íngrid en su libro No hay silencio que no termine: “Detrás del ogro que le producía miedo a todo el mundo, descubría a un hombre que me inspiraba compasión, tal vez porque era incapaz de tomarlo en serio. No podía tenerlo miedo ni mucho menos odiarlo. Claro, comprendía que este hombre era capaz de una gran maldad, pero esa maldad era su escudo. Era malo para que no lo creyeran un imbécil”.

Despiadado. De hecho, fue suya la idea de las jaulas de alambres de púas, a donde fueron confinados decenas de policías y militares secuestrados, cuyas imágenes recordaban los campos de Treblinka y Auschwitz.

Al mes de estar bajo poder de Sombra, el Mono Jojoy en persona le entregó la joya de la corona: los norteamericanos Thomas Howes, Keith Stansell y Marc Gonsalves.

No obstante, el cerco de Uribe los fue asfixiando. Los seis meses de caminata los fueron agotando: un niño, Emanuel, llorando; Íngrid enferma de una crisis hepática cargada en una hamaca; el odio concentrado de 150 guerrilleros obligados a cuidar a unos secuestrados inermes a quienes no podían dejar morir y mucho menos recatar por unos militares que cerraban el cerco en su recorrido hacia Chiribiquete, la reserva natural enclavada entre Vaupés y Putumayo. Era noviembre de 2004.

Sombra siguió en el monte hasta mediados de 2008. Lo detuvieron en una salida a Saboyá en Boyacá en la mitad del segundo gobierno de Álvaro Uribe. Permaneció nueve años preso. Traicionó a la guerrilla en la que permaneció 41 años. Delató y contó secretos de guerra que las autoridades guardan. No solo se acogió a la Justicia Especial para la Paz (el tribunal de la JEP), sino que se declaró víctima de la guerrilla y así salió libre el año pasado. Anda por ahí, sin dejarse ver, enfermo y derrotado en algún lugar del Tolima, su tierra, entregado al olvido, pero libre.

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