El Cristo de Bojayá sigue en pena

Tras diecisiete años se concluyó la identificación de las víctimas que murieron durante la explosión en el templo. Tal vez así se pueda hacer el duelo que tanto falta hace

Por: Fernando Alexis Jiménez
noviembre 05, 2019
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El Cristo de Bojayá sigue en pena
Foto: María Paula Durán - CNMH

Nadie recuerda cuándo lo trajeron ni de dónde. La historia se remonta a muchas generaciones, cuando, además de adquirir el terreno, la iglesia católica decidió construir un templo para la incipiente comunidad de creyentes en Bojayá. Y trajeron el Cristo. Llegó por el río. Sorteó las inclemencias del tiempo, los aguaceros que no avisan en el territorio húmedo del Chocó y llegado al caserío, el monumento se convirtió en el orgullo de todos. Hubo alegría, procesión, misa y uno que otro aguardiente furtivo que circuló después de la ceremonia.

Sin embargo, esa imagen desmembrada en la masacre del 2 de mayo de 2002, sigue en pena. No la han reconstruido pese a que muchos insisten en acondicionarla para que pueda conservarse en el nuevo asentamiento. Otros, por el contrario, alegan que se debe mantener así, como testimonio de la brutalidad de la guerra, la misma que enfrentó a paramilitares y guerrilleros del frente 58 de las Farc, infausto suceso en el que murieron 119 personas que se refugiaron en el lugar equivocado.

“Creímos que ir a la iglesia, era una buena idea. Ni los unos ni los otros iban a ir hasta allá. Respetarían, porque, al fin y al cabo, era la casa de Dios”. Dioselina Mosquera rememoró el día de la tragedia. Por muchas horas escucharon disparos de fusil, que son más duros, secos y contundentes. Como un tote decembrino, quemado a pocos metros. Las ráfagas se oyen a kilómetros. Y poco a poco se percibían más cerca. Fue entonces cuando tomaron la decisión.

Macaria Allín Chaverra es una de las sobrevivientes de aquella tragedia, junto con sus dos hijas. Lo único que recuerda del instante en que todo se vino abajo, es el ruido de la explosión del cilindro o tatuco. Creyó que sus oídos estallaban con el estruendo. Luego y por varios segundos, humo y una densa nube de fino ladrillo volando en partículas, cubrió el lugar.

“A mi niña pequeña, que en ese momento tenía dos años, se le desprendió parte de la piel de la espalda y aún tiene las cicatrices. A mi otra hija, que tiene problemas de retraso mental, se le abrió la pierna y perdió tres dedos del pie izquierdo. A mí, una esquirla me abrió la pierna, me afectó la clavícula y la columna vertebral del mismo golpe que generó la onda explosiva. A mi hermana se le reventaron los oídos por la detonación”, recuerda al explicar que todo aquello fue un infierno.

Uno de los más grandes equívocos

La guerrilla creyó a pie juntillas que allí, en el templo, estaban más de cien paramilitares y acudió a la fórmula de "tierra arrasada" para acabar con su vestigio. Pero se equivocaron, y mucho, tanto así que la historia no olvida este hecho que empañó de dolor a Colombia y los corazones de todos aquellos que, en cualquier lugar del mundo, tuvieran sensibilidad humana.

De hecho, los moradores habían alertado con antelación sobre estos enfrentamientos de la insurgencia y los paras, pero las autoridades se hicieron de los oídos sordos. Por este motivo, recientemente el Tribunal Administrativo del Chocó ratificó en segunda instancia, un fallo que condena a la nación a reparar a víctimas de desplazamiento forzado Bojayá. Según el fallo, Procuraduría, Ejército y Policía deben responder por su "omisión" al no atender los llamados de la comunidad.

¿Por qué el Cristo de Bojayá sigue en pena?

La pregunta que rodea todo este incidente, uno de los más graves en la historia de Colombia, es si se ha hecho justicia. Y la respuesta debe ser contundente: Definitivamente no.

Si bien es cierto se produjo el traslado de buena parte de los familiares de los muertos hasta Bellavista Nuevo, el nombre que adoptó Bojayá en procura de olvidar su pasado, un terreno y una casa no reviven a los muertos. Y menos en esa forma tan aleve como cayeron, encerrados en las cuatro paredes del templo, que para muchos era un refugio, un lugar que respetarían los actores de la guerra. Pero no lo hicieron, como tampoco han respetado escuelas, hospitales o casetas comunales transgrediendo arbitrariamente los postulados del DIH.

La situación era de tal magnitud, que Domingo Chalá, el eterno sepulturero del caserío, relata que arrojaban los cadáveres a las fosas, sin que nadie los rezara, que es uno de los mayores dolores para ellos, que guardan tradiciones desde sus ancestros que incluyen velorio y cantos para despedir al difunto. Sin discriminación, adultos y niños, en bolsas plásticas, sobre un costado del río Bojayá.

El padre Antún Ramos lideró el traslado de los heridos a Vigía del Fuerte. Otra odisea, porque tenían que gritar a cuanto parroquiano veían, que ellos eran civiles. Lo hacían enarbolando trapos blancos, embargados por la incertidumbre, sin saber si se trataba de paramilitares o guerrilleros a quienes encontraban a su paso. Y en ese instante, la prioridad era salvar la vida de muchos de los agonizantes.

Un asomo de esperanza

Cuando sepultaron a sus muertos, no pudieron identificarlos en su gran mayoría. Estaban desmembrados o desfigurados. De tal magnitud fue el bombazo que les cayó encima.

Ahora tienen un asomo de esperanza aun cuando no resuelve todo. A través de muestras de ADN de las víctimas y familiares fueron identificados plenamente 54 cuerpos —con nombres y apellidos— y en otros 12 se logró la identificación genética y del grupo familiar. En ocho casos, por el deterioro de los tejidos, no ha sido posible obtener el perfil genético.

La ceremonia se cumplirá el 17 de noviembre próximo en Bellavista Nuevo, el nombre con el que se ha pretendido que renazca Bojayá, en ese rincón olvidado del Chocó. Les permitirá hacer parte del duelo que tanto esperado por 17 años, pero coinciden en asegurar que no es suficiente. Nada podrá suplir a quienes no están ni llenar el vacío que los acompaña. Por eso, el Cristo de Bojayá sigue en pena.

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