El caso de Efromovich, una muestra del salvajismo del capitalismo

"Creyó que iba a convertirse en un cacao internacional, pero terminó estrellándose contra aquellos a los que quería emular"

Por: Jorge Ramírez Aljure
junio 07, 2019
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El caso de Efromovich, una muestra del salvajismo del capitalismo

El “despegue” de Efromovich, la caricatura de Matador en El Tiempo del miércoles 29, es la patética representación de lo que terminó siendo el capitalismo libertario para los más débiles, ocasión que debería llamar la atención de los dirigentes colombianos que aún le juegan de manera ingenua a salir del subdesarrollo, feriando importantes activos —algunos de ellos excepcionales, como los ecológicos— con los que cuentan países como el nuestro.

Continuar haciéndolo es negarse a lo evidente: que el capitalismo salvaje en su actual etapa no tiene otra opción que convertirse en escenario de la lucha a dentelladas de sus poseedores por absorberse o eliminarse como única forma de justificar la acumulación que constituye su razón de ser, más cuando ya debieron aceptar —ante la innegable crisis climática que precipitó la industrialización— que por los caminos que la habían logrado ya no es posible incrementarla.

Es lo que le ha pasado a Avianca y su último impulsor, el muy capitalista señor Efromovich, que creyó que inspirado en sus virtudes emprendedoras y la reglas de la libérrima competencia iba —montado en el prestigio mundial de la enseña aérea que alguna vez fue colombiana— a convertirse en un cacao no nacional sino internacional, que es lo ingenuamente anhelado, y terminó estrellándose precisamente contra aquellos a los que quería emular como si fueran cualquier hijo de vecino.

Aspiración imposible de lograr teniendo en cuenta que el capital jamás ha sido neutral y  que su expansión ha tenido, por su origen egoísta, el respaldo económico y político del poder institucional donde actúa. Por ello hay capitalistas gringos, ingleses, franceses, alemanes, rusos y todas sus combinaciones, pero no están solos, pues detrás de estos y sus empresas están sus gobiernos,  con sus ejércitos y sus armas.

Como hay pequeños capitales en los desperdigados países subdesarrollados que, ante la ausencia de un respaldo político creíble, deben luchar en condiciones imposibles, cuando deciden medírsele a una sombría competencia global en vía de extinción, pues quien más tiene dinero más acapara poder y quien lo tiene en exceso, gracias al carácter intimidante que le acompaña, se presenta como imbatible. Poder que finalmente, y más en estos momentos caóticos, se va a reflejar no solo en las inestables juntas directivas donde se creman a los más débiles sino en la desmesurada capacidad de decisión y fuerza letal del más poderoso, con las que termina sometiendo y liquidando a quienes no las tienen.

Una verdad histórica de apoyo y violencia para favorecer el capital que se quiso ocultar bajo el precepto teórico de la libre competencia, según el cual todas las partes que intervienen en un intercambio económico terminan ganando, hasta que los halcones de la economía estadounidense consideraron finalmente que, incluso amparados en aquella ficción, la voracidad de sus instintos no se daba por satisfecha y en vista de que otros se quedaban con alguna moneda, decidió radicalizarse y pasarles por encima.

Y ahí tenemos a un saltimbanqui como el irremediable señor Trump que ha decidido, trastornado su ego por los supremacistas enfermizos que le rodean, que el objeto del capitalismo ramplón no es competir y menos favorecer al consumidor con mejores productos y a más bajos precios, sino aterrorizar con un nacionalismo hirsuto a quienes le vienen quitando, según su pedestre sabiduría, parte de la marrana y está incluso dispuesto a recuperarla por la fuerza del  “terrible poder militar de su país”.

Ni la Unión Europea, sus más cercanos socios, que confiados en la  racionalidad montaron a tiempo su integración no solo para seguir siendo importantes en la economía sino continuar siendo actores de la historia, han salido indemnes de los atropellos del lenguaraz emperador, pues a los insultos a sus dirigentes, les ha aplicado, como a cualquier subyugado, aranceles a granel, e interviene con su poder incontrolable desde la Gran Bretaña para apoyar un Brexit a cualquier costo para los europeos, pero donde promete ayudar a quienes están provocando el caos.

Pero con su enemigo más odiado, que por ahora es China, al que le declaró una guerra comercial inédita dentro de las reglas de la civilización, que bien podría ser el preámbulo de la declinación definitiva de la era humana, estamos hablando de bombas atómicas por doquier.  Pues es imposible pensar que dentro de la profusa lluvia atómica que se vislumbra de progresar esta paranoia, y dado el estado de postración en que ya tenemos al planeta, pueda alguien sobrevivir a un Armagedón donde ninguno de los bandos en contienda alcanzaría a declararse como el bueno del desastre.

Una pequeña pero diciente lección para élites como la nuestra y de países subdesarrollados que recogidas en sus madrigueras se esconden de la historia y esperan que —de milagro, porque no hay otra opción— les lleguen  mejores tiempos a sus pueblos para aprovecharlos, o, que, como parece hoy más sensato, les toque salir de sus refugios a la palestra mundial con sus menguados haberes, a darle la batalla por pequeños intereses particulares a quienes, como van las cosas, ya no tendrán reglas de convivencia ni siquiera para tenerlos como cola de ratón.

Pues qué otro puede ser el escenario que recrean a diario nuestros dirigentes destruyendo los débiles vínculos que nos unen a los pueblos hermanos mientras prosiguen desarmando la casa familiar  para continuar vendiendo lo que no sean sus escombros. En tanto debajo de estos los organismos internacionales, encargados de maquillarnos la tragedia, deslizan los certificados que notifican que gracias a aquel desvalijamiento, Colombia ha ascendido en productividad, o en educación, o incluso en felicidad, algún cajón entre los países más vaciados de la Tierra. Al tiempo que afanosos nuestros economistas buscan, incluso debajo de la tierra, qué más encuentran para rematar, ya no para el desarrollo, concepto que ya no se estila por estos lares, sino para amortizar parte de las desmedidas deudas a los acreedores que nos embarcaron en semejante cuento.

Bien valdría recordar en estos dramáticos momentos el carácter del poder imperial que nos azota, anunciado desde 2004 en su obra Imperio por Michael Hardt y Antonio Negri, al estudiar la plataforma neoliberal de Monte Peregrino en 1947 presidida por Friedrich Hayek,  que dio paso al libre mercado y hoy a la imposición ideológica del hipercapitalismo, donde se destaca su carácter civilizado y eterno:

“Ante todo el concepto de imperio propone un régimen que efectivamente abarca la totalidad espacial, o que más precisamente gobierna todo el mundo “civilizado”. Ninguna frontera territorial limita su reino. En segundo lugar, el concepto de imperio no se presenta como un régimen histórico que se origina mediante la conquista, sino antes bien como un orden que suspende la historia, y en consecuencia, fija el estado existente de cosas por toda la eternidad… (pág.14).

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